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Reportaje:61º Festival de Cannes

El guionista que quiere dirigir

Kaufman debuta como realizador con una película atractiva, pero irregular

Desde hace más de una década existen determinadas películas firmadas por directores variados y pertenecientes al cine independiente norteamericano que te incitan a conocer el nombre del guionista, ya que esas historias insólitas, imaginativas, retorcidas, líricas, delirantes y complejas llevan una transparente marca de fábrica, la sensación de que han salido del mismo cerebro, de que se las ha inventado la misma persona. Los cinéfilos, los profesionales y la industria saben quién es este hombre, pero sospecho que incluso los espectadores virginales y sin referencias se dan cuenta de la hermandad que existe entre esas historias, que tienen que haber salido del cerebro de ese exclusivo autor. Se llama Charlie Kaufman y era el guionista, entre otros títulos, de Cómo ser John Malkovich, El ladrón de orquídeas y Human nature, dirigidas por Spike Jonze y Michael Gondry.

Kaufman ya no se conforma con la certidumbre de los fans de que sus guiones son las verdaderas estrellas de esas películas de culto y ha decidido ponerse detrás de la cámara y controlar absolutamente el desarrollo de su criatura en su tardía ópera prima como director, Synecdoche, New York. El resultado es atractivo, pero también irregular. La imaginación de este hombre permanece torrencial y su sensibilidad muy afilada, pero al disponer de la autoría absoluta corre el peligro de desbocarse, de caer en la confusión, el exceso o la autocomplacencia por pretender contar tantas cosas a la vez y sin que nadie le recuerde que por intentar ser sublime sin interrupción se puede caer en lo patético.

Durante los 30 minutos iniciales de esta alternativamente fascinante, enrevesada y repetitiva película, Charlie Kaufman te mantiene hipnotizado. Está hablando con fuerza expositiva, humor, talento y pesadumbre de cosas que tememos o con las que nos podemos identificar. Un director de teatro cuya existencia familiar y profesional parece plácida descubre una mañana que no quiere levantarse de la cama, que la hipocondría se le dispara, que la depresión le ronda, que tiene mucho miedo a la enfermedad, a la muerte, a la pérdida, a la soledad, al rechazo, al fracaso. Esos intolerables fantasmas se le van a materializar parcialmente, poco después, al sufrir el abandono de su mujer y la pérdida de su hija.

Llega el lío

A partir de este arranque tan brillante como emotivo, Charlie Kaufman se lía y nos lía en el desarrollo de la historia. Al comprobar que su existencia se está difuminando trágicamente, este hombre intentará exorcizar a sus demonios psíquicos y físicos montando una obra de teatro en un decorado gigantesco en el que los actores deberán construir artificialmente la vida del autor como él hubiera deseado que transcurriera. Es el imperio de eso tan difícil de que funcione y de que sea clarificador consistente en jugar con el espacio y el tiempo, mezclar la realidad con la ficción, los sueños con la cotidianeidad.

Como Kaufman no es un impostor y posee una inteligencia extrema, Synecdoche, New York combina la diarrea mental con momentos emocionantes, los delirios vacuos con la lucidez, los pasotes absurdos y los sentimientos en carne viva. También dispone de ese inaudito actor cuyas composiciones son siempre impecables llamado Philip Seymour Hoffman, alguien que dota de autenticidad, comprensión y vida a su enfermizo, alucinado, apesadumbrado y muy humano personaje. Y le arropan varias actrices que son más que solventes, como Dianne Wiest, Emily Watson, Catherine Keener, Samantha Morton, Michelle Williams y Sarah Jessica Parker. Si algo queda claro es que Charlie Kaufman sabe un montón de escribir historias y de los intérpretes adecuados para encarnar a sus criaturas. Lo que resulta dudoso es su futuro camino como director. Es capaz en la misma película de lo mejor y de lo peor.

El director italiano Paolo Sorrentino utiliza el esperpento y una provocadora e impactante imaginería visual para describir a un personaje tan turbio como siniestro llamado Giulio Andreotti en Il divo. Maneja de forma agresiva el guiñol para analizar la obsesión de este temible profesional de la política en el mantenimiento del poder durante toda su vida, su maquiavelismo, su cinismo glacial, sus pavorosas alianzas con la Mafia, su implacabilidad con todo lo que pudiera amenazar a su trono. El estilo desaforado de Sorrentino funciona, acaba siendo corrosivo, hace aún más inquietante y verdadero a un fulano demoniaco, experto en cloacas y disimulos, dispuesto a ejercer permanentemente el mal en nombre del ficticio bien común.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de mayo de 2008