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COLUMNA

Bush felicita el cumpleaños

En noviembre pasado, a salvo de algunos recalcitrantes de las malas noticias, la prensa mundial practicó, con mayor o menor convicción, lo que la crítica literaria inglesa ha llamado suspensión de la incredulidad, con que saludar las eventuales posibilidades de una reanudación -o de un comienzo- en serio de las conversaciones israelo-palestinas para la firma de la paz y su correlato, la fundación de un Estado palestino independiente.

En el puerto norteamericano de Annapolis, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, y el primer ministro israelí, Ehud Olmert, se comprometían en esa fecha a encontrar la piedra filosofal en lo que restaba de presidencia de George W. Bush: hasta mediados de enero o, más propiamente, fin de año, cuando ya hubiera nuevo presidente electo. El ocupante de la Casa Blanca se juramentaba, además, con entusiasmo, a hacer de alma máter del intento, a mediar, sugerir, aupar a los negociadores hasta la avenencia; exactamente, aquello que había sido imposible durante los siete años anteriores del mandato del líder republicano y casi otros tantos de su antecesor, el demócrata Bill Clinton.

Mientras se habla, Israel no cesa de alimentar de nuevos colonos la tierra cuyo destino negocia

Y el presidente norteamericano confirmaba apenas indirectamente la semana pasada que aún se está, como siempre, en la casilla número uno de la negociación. El segundo de los Bush visitaba oficialmente Jerusalén los días en torno a la celebración del 60º aniversario de la proclamación del Estado sionista; ratificaba el carácter mundialmente especial de las relaciones entre los dos países; ignoraba al pueblo palestino, y, beatamente, hacía los mejores votos para la consecución de la paz, que aseguraba que era muy factible en el plazo previsto. Como tuvo que reconocer uno de sus acompañantes, sin embargo, habría sido prematuro mencionar progresos concretos. La Autoridad Palestina, sin visitante alguno del cual presumir, se daba, en cambio, a todos los demonios por lo que calificaba de trato humillante de Bush; pero que, en realidad, había sido falta de trato.

Parece difícil que pueda haber un reconocimiento mayor de que hoy, ya más que mediado el plazo de espera, poco es lo que hay que esperar; Israel, que no ha presentado públicamente jamás un mapa de la retirada que está dispuesta a consentir o negociar, introducía, sin embargo, una cierta medida de precioso realismo en toda esta extravagancia, al afirmarse desde la oficina del primer ministro que más que firmar un acuerdo para la creación del Estado palestino, a lo que se aspiraba era a sentar las bases programáticas de ese futuro acuerdo; o sea a negociar únicamente sobre cómo y qué se negocia. Y a la vista de lo cual, lo menos que cabe decir de la posición de Israel es que prisa no tiene ninguna por firmar nada, porque mientras se habla, el Gobierno de Jerusalén no cesa de alimentar de nuevos colonos la misma tierra cuyo destino está negociando. Asimismo, en otro momento de candor poco común, un alto portavoz israelí matizaba también la semana pasada que ese apilar residentes en Cisjordania no podía perjudicar las negociaciones, porque se colonizaban únicamente aquellas áreas de las que en modo alguno Israel va a retirarse.

A todo esto, ¿qué es lo que explica el pertinaz empeño de Abbas de seguir compartiendo sesiones de trabajo con Olmert? Como acabó por admitir recientemente a EL PAÍS el ministro de Exteriores de la AP, Riad Maliki, se reduce a la esperanza de que la opinión pública mundial se percate, cuando menos, de quién tiene y quién no tiene interés en negociar la retirada y eche ahí sus cuentas. Pero ocurre que esas cuentas están ya hechas y amortizadas, y nadie puede ni quiere en el ancho mundo tratar de sacar las castañas del fuego al Gobierno palestino, cuya impotencia raya hoy en el misticismo. Eso explica, aunque no justifica, el crecimiento que no cesa de Hamás y la negativa de los terroristas a aceptar la existencia del Estado de Israel. Y ése es el gran y sólido argumento en defensa del maniobreo sionista; ¿para qué esforzarse en negociar, mientras una parte sustancial del pueblo palestino no se muestra dispuesto a reconocer su derecho a existir? Por todo ello, los 60 años, que se cumplieron el pasado día 14 desde la fundación de Israel, son sólo el comienzo de un conflicto que hoy parece más que nunca interminable. Déjese, por tanto, de suspender cualquier incredulidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de mayo de 2008