Reportaje:

Baile visceral con la cámara

Lección de cine con Cristopher Doyle, uno de los grandes directores de fotografía

Visceral e intuitivo, Christopher Doyle asegura que baila con su cámara. Prefiere no marcar a los actores porque el cine que le interesa es fruto de una experiencia física, real, y que, bailando, filmar deja de ser un proceso mecánico. El cine, dice, es la expresión visual de una emoción y por eso no fotografía un beso sino el "espacio de un beso". "Algunos encuentran la estética que buscan estudiando a maestros de la luz y del color. Pero yo no. Yo entro en un bar y allí busco la tristeza del azul".

"La vida es un proceso, y mi trabajo es el placer de mirarlo"
"Soy el anti-Storaro. No creo en la simbología del color. No intelectualizo"

Doyle -el cámara de 2046, Deseando amar, Chungking Express o Happy together, todas de Won Kar-Wai, de Paranoid Park, de Gus Van Sant, y de la última película de Jim Jarmush, The limits of control- impartió el lunes un taller de cine en La Casa Encendida de Madrid. El día anterior se presentó una retrospectiva de su filmografía en la Filmoteca, donde se están proyectando sus trabajos. Uno de los escasos directores de fotografía con rango de estrella, cuyo nombre en los créditos de una película ya es un reclamo, es fiel a su leyenda de hombre al límite. Con las botas de montañero desabrochadas, pero sin pisarse los cordones, proclama: "El reto no es hacer arte, el reto es ser artista".

Durante tres horas, y ante medio centenar de estudiantes y profesionales de cine, Doyle interpretó su histriónico personaje con tanta fuerza que los asistentes acabaron de pie, vitoreándole, mientras él con una mano alzaba una lata de cerveza y con la otra se golpeaba el pecho. La sala de La Casa Encendida fue por unas horas karaoke, plató de una película porno o una barra de bar. Doyle, cantando, saltando entre las sillas, respondiendo a cualquier pregunta, se movía entre imágenes abstractas para explicar su manera de filmar, que en su caso es hablar de su manera de vivir. "Sólo puedo trabajar, si no estoy filmando me vuelvo loco".

Doyle nació en Australia en 1952, pero emigró con 18 años. Fue marino mercante en un barco noruego, cuidó ganado en un kibutz en Israel y trabajó en un pozo de petróleo. Hasta que llegó a China para convertirse, según Gus Van Sant, en "el Jack Kerouac asiático". Doyle vive desde hace 30 años en Hong Kong. Allí es Du Ke Feng, que significa "como el viento". "Llegué tarde a lo que hago pero soy lo que soy gracias a lo que fui antes. Creo que no se puede aprender cine en el cine, que el cine está en la vida y los grandes cineastas encuentran ahí sus referencias. Para mí es difícil la comunicación con directores como Tarantino, que sólo saben hablar de películas".

Para Doyle las películas pertenecen al lugar donde se hacen, y por eso la última de Jim Jarmusch es una película española. The limits of control, que se ha rodado entre Madrid y Andalucía, apenas contaba con 20 páginas de guión. Inspirada en la estética de A quemarropa, filme de los setenta interpretado por Lee Marvin, Jarmusch repetía en el rodaje una y otra vez "venga, eso es muy a quemarropa". "Pero el largometraje de Jim ha bebido del espacio que ocupaba. Un filme es su gente y el propósito común que les mueve. Cada película es un viaje, pero no es el viaje de Hollywood o el de la pequeña industria de turno. No. Es tu propio viaje. Pienso que es algo muy parecido a la meditación, esa búsqueda de armonía en el espacio. Buscar una respuesta simple y sencilla en un espacio enorme. La vida es un proceso y nuestro trabajo es el placer de mirar ese proceso".

Doyle insiste en que el actor no se comunica con un objeto sino con él, y que esa energía compartida llega al espectador. "Soy un médium", afirma con otra cerveza en la mano. "No puedo repetir la fotografía que hice en Deseando amar o en Chungking Express porque esos filmes éramos nosotros en aquel momento. Además, es peligroso repetirse. Si me llaman y me piden que una película se parezca a otra siempre digo lo mismo: 'No puedo hacerlo".

Doyle proyecta en la pantalla de la sala donde imparte el taller imágenes de Happy together, la película que él y Wong Kar-Wai rodaron en Argentina. "No puedo explicar cómo he llegado hasta aquí, puedo compartir mi energía y mi placer, aunque no puedo dar consejos. La fotografía es misterio, perspectiva y espacio. Yo soy el anti Storaro [mítico director de fotografía]. No creo en la simbología del color. No intelectualizo. El blanco es muerte en Oriente y pureza en Occidente". "Cuando una actriz me pregunta cuál es su mejor lado no sé qué responder. ¿Qué más da su mejor lado? Lo importante es que se sienta bien conmigo. Si es una actriz preciosa, yo pondré un filtro sin que ella se dé cuenta; si es una actriz insegura, le haré notar que pongo los medios para que no salga mal".

"Ahora más que nunca, cuando se puede hacer una película con este teléfono que llevo en el bolsillo, hay que proteger la integridad, la luz y la belleza de lo que contamos". Doyle muestra entonces una película que tomó en la habitación de un hotel. Una amiga suya se baña desnuda. Está fumada y canturrea una canción. El agua es verde y le sube y baja por la cara. En apenas unos segundos todo es tristeza. "Ahí está su soledad, en la luz y en el agua. Y ahí está mi compromiso con ella".

Christopher Doyle, el lunes en La Casa Encendida.
Christopher Doyle, el lunes en La Casa Encendida.SANTI BURGOS
TRES MIRADAS. De izquierda a derecha, fotogramas de <i>Deseando amar,</i>de Wong Kar-Wai; <i>La joven del agua, </i>de M. Night Shyamalan, y <i>Paranoid Park,</i> de Gus Van Sant.
TRES MIRADAS. De izquierda a derecha, fotogramas de <i>Deseando amar,</i>de Wong Kar-Wai; <i>La joven del agua, </i>de M. Night Shyamalan, y <i>Paranoid Park,</i> de Gus Van Sant.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 30 de abril de 2008.

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