ÍDOLOS DE LA CUEVA
Columna
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Frágil memoria del mundo

El poeta Archibald MacLeish, que llegó a ser un gran director de la Library of Congress gracias al empeño personal de Roosevelt y a pesar de la oposición del influyente gremio de bibliotecarios profesionales, solía decir que "lo que en una biblioteca es más importante que cualquier otra cosa es el hecho de que exista". La Biblioteca del Congreso, de la que MacLeish ha sido una de sus "caras" más populares, es uno de los grandes santuarios de la memoria de la humanidad, uno de esos lugares cuya eventual destrucción constituiría una tragedia cultural de proporciones inimaginables. Con un catálogo en el que figuran más de 30 millones de libros e impresos en cerca de 500 lenguas, y unos 60 millones de manuscritos de todo tipo (además de ingentes cantidades de material en otros soportes), su existencia, protección y conservación debería afectarnos a todos.

No es el único. En estas semanas en que tanto se ha escrito —incluyendo pormenorizados análisis sobre la desastrosa situación del país— acerca del quinto aniversario de la invasión de Irak por la coalición internacional que secundó a Estados Unidos, se ha recordado muy poco la destrucción y el saqueo de los fondos de la Biblioteca Nacional de Bagdad, que se inició el 11 de abril de 2003 y que en sólo tres o cuatro días dio cuenta de buena parte del patrimonio escrito de un pueblo milenario.

Acerca de la responsabilidad de aquellos actos se habló mucho en su momento. La "pasividad selectiva" de las tropas ocupantes, que se negaron a intervenir "como policías" (una política que, sin embargo, no siguieron en otros lugares más "estratégicos") para impedir el salvaje saqueo llevado a cabo primero por incontrolados y, enseguida, por expertos depredadores que buscaron lo que podían "colocar" a coleccionistas o anticuarios que pagarían bien la mercancía, fue un elemento clave del desastre cultural. Cinco años después, y gracias al esfuerzo del equipo del director Saad Eskander, a la solidaridad de las Bibliotecas Nacionales de otros países y a la ayuda económica (escasa) de Estados Unidos —el escándalo internacional fue una pieza clave en el desarrollo de cierta mala conciencia "reparadora"— Irak cuenta de nuevo con una Biblioteca Nacional que funciona todo lo normalmente que permite la situación de permanente conflicto bélico y el colapso de una sociedad ahíta de sufrimiento. En cuanto a los fondos, muchos documentos y libros antiguos —algunos procedentes de la época abásida— se han perdido para siempre, pero otros han podido ser recuperados, aunque sea a base de compras a los libreros de la célebre calle Mutanabi, quienes, por cierto, tampoco se han librado de los atentados sectarios con coche bomba.

Paradójicamente, la historia de la humanidad —al menos desde que ha podido contarse por medio de la escritura— es también la de la intermitente y reiterada destrucción de los textos que conservan su memoria. Una abigarrada y contradictoria crónica de desastres bibliotecarios provocados por quienes tenían miedo a los libros (a todos o a algunos) y, a la vez, de posteriores búsquedas y reconstrucciones para volverlos a reunir: un cansino ciclo que parece continuar ahora con nuevas variedades, como la piratería informática y el bombardeo de virus electrónicos. Un informe de Google supone que el número de títulos publicados a lo largo de los tiempos podría oscilar entre 32 y 130 millones. Ignoro cómo lo han calculado, pero sean los que fueren, en ellos reside parte de nuestra memoria, y la única con que contamos de quienes —buenos o malos, asesinos o santos— ya no pueden hablarnos. Y, a pesar de que el cascarrabias de Samuel Johnson afirmase que las bibliotecas públicas eran los lugares que ofrecían más cabal confirmación de la vanidad de las esperanzas humanas, lo cierto es que sin ellas podríamos seguir viviendo, pero nos sentiríamos más huérfanos.

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