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Editorial:

Votos frente a pistolas

El PP no ha podido resistirse a utilizar de nuevo un atentado para fines partidistas

Como cuatro años atrás, la cita con las urnas llega manchada de sangre por la acción vil del terrorismo, esta vez ejecutada por la mano de un cobarde pistolero de ETA. Como cuatro años atrás, los ciudadanos llegan a la jornada de reflexión acongojados por la sinrazón de la violencia. El voto se convierte así en algo más que el ejercicio de un derecho: es la respuesta clara y contundente a los asesinos, el arma democrática de que disponen los ciudadanos para defenderse mañana de quienes les agreden, de quienes llevan décadas tratando de que descarrile el proyecto de futuro compartido de los españoles.

Sin embargo, como si de una maldición se tratara, al dolor del asesinato del ex concejal socialista Isaías Carrasco se unió anoche, una vez más, para estupefacción y rabia de muchos ciudadanos, la incapacidad de ciertos políticos para estar a la altura de las circunstancias. Como en 2004, el PP vio en el atentado la posibilidad de desgastar al rival y obtener réditos electorales.

Para ello, el PP no dudó en acudir a la reunión de los grupos parlamentarios en el Congreso de los Diputados que debía pactar una declaración común de repulsa y unidad con una exigencia que sabía que sería rechazada por el resto de los partidos: la revocación de la resolución de la Cámara baja que avaló el diálogo con ETA. El PP firmó esa declaración para minutos después destacar públicamente en una conferencia de prensa que le parecía insuficiente, y sembrar así de nuevo el germen del enfrentamiento entre los demócratas, tan sólo unas horas después de un crimen terrorista.

En lugar de potenciar lo que une, el PP decidió poner sobre la mesa lo que separa. Con el Congreso disuelto, a 48 horas de las elecciones y con el cuerpo del ex concejal socialista todavía caliente, al representante popular, Ignacio Astarloa, al que hasta hace pocos meses muchos aún consideraban un hombre razonable, no se le ocurrió otra cosa mejor que reclamar la revocación de un texto que había sido aprobado por todos los grupos. El objetivo no era otro que erosionar al Gobierno y sembrar la duda sobre la honestidad del presidente Zapatero y su partido cuando afirma que ya no cabe ninguna opción de diálogo con ETA. La víctima de ayer era militante, precisamente, de ese partido. Falta saber, y los ciudadanos tienen el derecho a conocerlo antes de acudir mañana a las urnas, si Astarloa actuó por iniciativa propia o por órdenes de su jefe político, Mariano Rajoy. El presidente del PP no debería permitir que esta duda ominosa se alargue ni un minuto. No se trata de la política, es la dignidad personal lo que está en juego.

Asesinar a una persona indefensa como lo era Isaías Carrasco es fácil; pero eso no significa que cualquiera pueda hacerlo: hace falta ser alguien especialmente cobarde y sumiso en grado sumo para ser capaz de cumplir la orden de acercarse a un hombre que sale de su casa camino de su trabajo, sin protección, porque carecía de ella desde que dejó su puesto en el Ayuntamiento hace 10 meses, y dispararle a bocajarro cuando entraba en su coche hasta matarlo.

La banda llevaba varios meses acercándose a un desenlace como éste: puso una bomba en el coche de un escolta, afiliado al PP, que daba protección a un concejal socialista, y otras dos en sendas casas del pueblo de localidades vizcaínas. Y ha colocado varias bombas trampa destinadas a cazar a agentes de la Ertzaintza, que es la forma que tiene ETA de atacar al PNV. ETA vuelve, así pues, a la línea de atacar directamente a los partidos democráticos, con la pretensión de que esa selección de objetivos otorgue algún significado político a sus crímenes.

Lo que la banda venía anunciando desde el fin de la tregua lo ha logrado a dos días de las elecciones. Con la intención de interferir en la campaña, de acuerdo con una larga y siniestra tradición. En las 21 elecciones y referendos celebrados entre 1977 y 1996, asesinó en los 30 días anteriores a un total de 67 personas. Se trataba de dejar claro que quien votase a su brazo político estaba dando su apoyo al asesinato político. Desde la ilegalización de Batasuna, los terroristas habían ido abandonando esa costumbre. Ahora regresan a ella con la intención de hacer pagar a Zapatero que no cediera a sus pretensiones en la fase final del proceso de paz.

"Quitarles toda esperanza", como ayer repitió Rajoy, significa también no darles la baza de la división entre demócratas. Lamentablemente, el comportamiento posterior de su partido fue en sentido diametralmente opuesto. Invocar la unidad y a la vez condicionarla a la aceptación de los planteamientos propios es jugar con cartas marcadas. Por todo ello, ayer fue un día de doble duelo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de marzo de 2008