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COLUMNA

Hegemonía de la política doméstica

No hay más política viva que la menuda política doméstica. Todos los candidatos, uno a uno, han descendido casi inconscientemente de lo general a lo particular, de la sociedad a la familia y ahora prácticamente no queda promesa electoral que no se refiera a la situación de éste o aquel individuo, a ésta o aquella mujer maltratada o asesinada, emigrante con o sin papeles, pensionista desamparado, boba niña ilusionada o pobre anciano dependiente.

Sin acaso proponérselo de antemano, obedeciendo tan sólo al movimiento de las cosas, la política se ha evaporado en las grandes cuestiones y ahora sus restos se condensan en las tesituras pequeñas. En consecuencia, el grado de acierto en precisar el valor de lo más concreto e inmediato decide la sensibilidad del candidato.

"La casa ha alcanzado el rango propio de categoría política fundamental"

¿Democracia? ¿Justicia distributiva? ¿Transformación educacional? ¿Revolución en la sanidad? Los grandes proyectos y sus motores apenas rozan la fe del votante y se esfuman casi enseguida. Cada idea de peso requiere hoy su traducción en porciones personalizadas, y así como en la oferta empresarial el modelo es la customización del artículo, en la oferta política el porvenir se convierte en la pensión futura, la educación será el inglés hablado o la informática y la nación consistirá en la guardería, el parque, el alumbrado y la limpieza del barrio.

Todo candidato debe aprender a hablar de tú a tú al elector, lo que comporta no sólo pasear por los mercados, los socavones, los incendios forestales o las pantallas de Internet, sino asumir una clase de gobernabilidad que se inspira en la escala de lo doméstico.

Cada hogar, con sus enredos y amparos, representa hoy la estampa crítica del escenario electoral. Antes, le bastaría al candidato "bajar a la calle". Pero hoy la calle ha perdido su convivencia y las decisiones se toman casi a solas, en el concentrado recinto de la vida solitaria o casera.

¿La casa? La casa ha alcanzado el rango propio de categoría política fundamental. Se vota a través del canon que ha introducido el sí o el no de la vivienda. De esa dualidad y de la peripecia que cunde en su entorno o por su interior derivan consecuencias hasta hace poco inéditas.

De otra parte, todas las estadísticas, cuadros ilustrados, gráficos piramidales y recitados cuantitativos pertenecen a un estadio anterior de la civilización. Corresponden a un periodo ya concluido en que la grandilocuencia política se refería a la sociedad primero y a sus habitantes después. Este escalonamiento ideológico ha terminado por completo. La moral, la dignidad, la prosperidad y la escalera moral pertenecen al orden inverso con predominio doméstico.

La vida privada ha crecido tanto que ha logrado traspasar la soberanía de la vida pública y del mismo modo que cuenta decisivamente que Sarkozy se empareje con Carla Bruni, Pizarro aluda a los "currantes", Zapatero ignore el precio del café o Rajoy se inspire en su primo, el sentir familiar y sus internas concomitancias ha desplazado al sentir comunitario y sus externalidades socialdemócratas.

Fin de la política de los grandes fines y sustitución de aquellos políticos que se empeñaban en corregir o levantar los pilares de un sistema. Ahora se trata de que la casa o el AVE no se hunda, no quiebren y estafen los bancos o las filatélicas, no engorden mórbidamente los niños, no mate la jornada laboral y que el sexo, cualquiera que sea, viva libremente.

La buena gobernación se medirá por el tino de su punto de vista en lo que se refiere al ciudadano y en el ámbito, en apariencia insignificante, que constituye el desarrollo de la vida privada. Así como el hábitat sustituye a la plaza, el chat al discurso, la cesta de la compra al PIB y la salud del hijo a las peroratas sobre sanidad, el bienestar de cada votante se impone al éxito de partido político cualquiera.

¿Líderes fantasmas? ¿Personajes anacrónicos? La ciega ambición del candidato por lograr masivas aportaciones de poder comunal le impide acaso apreciar la fibra que luce en el ovillo de lo más íntimo. Pero cada vez, efectivamente, menos. Lástima, sin embargo, que la inmediata elección española se presente reducida a la opción de dos tipos tan diferentes como igualmente inapropiados para intimar con ellos. Ni a los norteamericanos o los franceses les ha caído un dilema tan desprovisto de colorido y sensación.

www. elboomeran.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de marzo de 2008