Crítica:ÓPERACrítica
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Plásticamente bellísimo

Puede ser una casualidad o tal vez una pista de lo que ha cambiado el mundo de la ópera en nuestro país. El sábado pasado coincidieron las premières de tres títulos tan infrecuentes como Orlando, de Haendel, en Valencia; Poliuto, de Donizetti, en Bilbao, dentro de la temporada de la ABAO, y La Gioconda, de Ponchielli, en Madrid. La ópera más de repertorio actualmente en cartel en España es Elektra, de Strauss, en el Liceo de Barcelona. Vivir para ver. La Gioconda, en concreto, no se representaba en Madrid desde 1970 (en el teatro de la Zarzuela, con Ángeles Gulín y Placido Domingo), pero durante una larga época, hasta 1921, fue una ópera habitual en el Real.

El director de escena, Pier Luigi Pizzi, es un fabuloso creador de atmósferas. Tiene una sensibilidad privilegiada para el tratamiento del color y las arquitecturas teatrales, y domina como pocos el movimiento coral y la composición de grupos. Además sabe "vaciar" la escena y dejar a los cantantes en solitario cuando la situación dramática demanda protagonismos individuales. Su retrato de una Venecia brumosa en ambiente de Carnaval da a La Gioconda un tono inquietante sin forzar los excesos del melodrama. La belleza de un número tan popular como la Danza de las horas es, sencillamente, deslumbrante. Unido al virtuosismo de los bailarines Corella y Giuliani, la escena propició una de las ovaciones más intensas de la historia reciente del Real. Que ello se produzca en una situación sin canto, invita como mínimo a una reflexión: ¿se debe a la magia del momento, o más bien a que los cantantes no despiertan emociones semejantes, o es quizás que el público manifiesta hoy otras preferencias?

LA GIOCONDA

De Ponchielli. Con Violeta Urmana, Elisabetta Fiorillo, Fabio Armiliato, Elena Zaremba, Orlin Anastassov y Lado Ataneli. Director musical: Evelino Pidò. Director de escena, escenógrafo y vestuario: Pier Luigi Pizzi. Bailarines: Angel Corella y Letizia Giuliani. Teatro Real, 16 de febrero.

Fuerza y consistencia

Violeta Urmana estuvo estupenda, especialmente en el cuarto acto, el dramáticamente menos ambiguo de la ópera. Las otras mujeres -Fiorillo, Zaremba- también sobresalieron. Armiliato fue a más, conforme transcurría la función, pero dejó escapar parte del encanto del aria Cielo e mar, sobre todo por el lado etéreo y la línea musical. El resto de las voces masculinas mostró consistencia y fuerza. El director musical, Evelino Pidò, plasmó una lectura teatral y melodramática de mucho interés, con algunos puntos de discontinuidad. El coro tendió a sonoridades sin excesiva matización pero, en cualquier caso, cumplió sobradamente su cometido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 17 de febrero de 2008.

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