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Crónica:58ª edición de la Berlinale

Realismo risueño y tortura real

El mundo feliz de 'Happy-Go-Lucky' se contrapone al documental sobre las torturas practicadas por soldados estadounidenses a presos iraquíes en Abu Ghraib

Cuenta el prestigioso director inglés Mike Leigh que su cine aspira a captar la complejidad de la vida en un tono cercano al documental, sin hacer juicios morales sobre los personajes, planteando preguntas, inquietando al espectador y removiendo la mala conciencia, negándose a dar respuestas, ya que él no las conoce.

Efectivamente, su obra posee esas características, lo cual no implica que sus planteamientos artísticos le salgan siempre perfectos. Cuando este retratista de los deseos, alegrías y miserias de gente suburbial o de la clase media ha acertado en su realismo costumbrista, le han salido películas tan veraces y espléndidas como Secretos y mentiras y Vera Drake. Otras veces, su voluntad de reflejar la existencia sin adornarla, de crear personajes de carne y hueso en situaciones llenas de humanidad, no ha llegado a ningún puerto. Su estilo y su mirada siempre son reconocibles, pero eso no le concede bula permanente para sus errores, aunque en los festivales de cine siempre exista una parroquia con la boca abierta de gozo antes de que Mike Leigh oficie su esperada misa.

Cuando Leigh acierta le han salido películas veraces y espléndidas

Se esfuerza porque los personajes resulten cercanos y reconocibles

Escuchando las risas cómplices y la ovación final que ha despedido a su película

Happy-Go-Lucky sospecho que Leigh se ha convertido en uno de los principales candidatos a llevarse el Oso de Oro en esta Berlinale. Por mi parte, a pesar de mis deseos de poder disfrutar de esa gran película que casi siempre aparece y te compensa en los festivales de cine más mediocres o simplemente insufribles, sigo con las ganas, me es imposible compartir el entusiasmo ante las venturas y desventuras de una risueña mujer de corazón limpio y verborrea extenuante dispuesta a hacer feliz a todos los que la rodean, aunque no se dejen, y también a los desconocidos, e incluso al gato, que no aparece.

Es una profesora de niños que simboliza la milagrosa alegría de vivir, de saber apreciar todas las pequeñas cosas de la existencia, de poseer la receta de la felicidad permanente. Pero como Leigh no es nada tonto y sí muy pretencioso, no permite que este ángel de la alegría esté ciego ante los desarreglos y los sufrimientos que ofrece la vida cotidiana. La dama que siempre ríe, que tiene un subidón cuando ve pasar las nubes, transmite su infatigable rollo hedonista a las amigas, los familiares y los amantes, pero también sabe que existe un valle de lágrimas. Ella se encarga de arreglarlo, inyecta esperanza a los desesperados, comprende a un crío maltratado por el novio de su madre, a un mendigo enloquecido, a un psicópata que da clases de conducir, a una hermana burguesa y embarazada que le reprocha su inconsciencia y su eterno optimismo. Demasiada comprensión para mi gusto.

El director se esfuerza porque nos resulten cercanos y reconocibles los personajes de la historia, y fiel a su moroso estilo puede construir una secuencia de 15 minutos de gente hablando interminablemente de trivialidades y tonterías. O sea, como en la vida misma.

Observando la regocijada reacción de la sala ante todo lo que hace y dice esa mujer torrencial que sana las heridas de los demás, deduzco que Mike Leigh ha acertado en su propuesta humanista. Mi problema es que no logro contagiarme de la diversión ajena, encuentro ligeramente cargante la pureza y el jolgorio de la protagonista, no le pillo el encanto ni a ella ni a la fauna tan esforzadamente real que la acompaña. Debo de ser un cenizo. Que disfruten ustedes un montón con la chica superguay.

Por el contrario, el lujoso documental, con formato de superproducción, titulado Standard operating procedure nos habla de que la realidad puede ser algo exclusivamente atroz, de que la odiosa tortura y el ensañamiento con el preso acorralado no es una intolerable práctica de los salvajes tercermundistas, sino que fue el procedimiento habitual del civilizado Ejército del Imperio en la cárcel de Abu Ghraib. Lo único trascendente de aquella barbarie es que alguien fotografió ese espectáculo de la degradación, la confirmación de que una imagen vale más que mil palabras, de que la clandestina y ritualizada bestialidad se hizo pública. Enfangó no ya a los divertidos autores de aquellos castigos, sino a los jefes militares y a los políticos que dieron las órdenes, o las alentaron, o cerraron los ojos. Si los supuestos y supremos guardianes de la libertad y de la democracia utilizan esa siniestra metodología con sus presos, es normal prever y justificar la inminente llegada del Apocalipsis.

El director Errol Morris recurre al testimonio de los soldados que ejecutaron aquel vandalismo, pero todos sabemos que la responsabilidad no pertenece a unos tarados que se divertían haciendo su indeseable trabajo. Lo que vemos y oímos es tan brutal que no precisa de un envoltorio deslumbrante. Pero Morris le encarga al director de fotografía Robert Richardson y al lírico y vibrante músico Danny Ellman que aporten esteticismo y conmoción a este museo de los horrores, algo tan innecesario como frívolo. Esas fotografías causan más espanto que el más elaborado cine de terror.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de febrero de 2008