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Reportaje:58ª edición de la Berlinale

Insuficiente adaptación de Philip Roth

La directora Isabel Coixet muestra en 'Elegy' abusivas secuencias de enamorados

Ignoro cuál ha sido el proceso de producción para que el cine norteamericano decidiera que Isabel Coixet poseía la sensibilidad y el pulso adecuados para trasladar al cine el mundo de Philip Roth en su novela El animal moribundo. Imagino que ha influido el tono intimista y la eterna afición de esta directora a narrar amores desgarrados y líricos entre gente herida que atraviesan situaciones emocionales al límite.

De entrada, me sorprende que una autora tan personal como ella no firme el guión, ya que lo hace Nicholas Meyer, y tampoco veo la menor relación temática entre el título literario, que desprende agonía y devastación, y eso tan pretendidamente poético de Elegy. Será para no espantar de la taquilla a los espectadores con espíritu delicado.

Al igual que en su novela La mancha humana, se deduce al leer El animal moribundo que hay mucho y transparente material autobiográfico de Philip Roth en ellas, de ese escritor tan original en sus planteamientos como demoledor en sus conclusiones, del dueño de una prosa apasionante y una capacidad profunda para escarbar en los dolores, incertidumbres, engaños y miedos que aquejan al cuerpo y al alma.

El protagonista de El animal moribundo es un hombre cercano a la vejez, culto y refinado, cínico y solitario, profesor y crítico con prestigio académico y televisivo, con un currículo sexual que le acredita como voraz seductor de hembras y con una enorme habilidad para huir de los compromisos sentimentales duraderos, que cuando siente que se le está acercando el último tren, consigue liarse con una alumna suya de 26 años.

Recuerdo que esa lúcida, desesperada y espléndida novela me provocó turbación y piedad, inquietud y emoción. También la asocio con una descripción obsesiva, abrasiva y necesaria de la carnalidad y del deseo, de cómo un cuerpo gastado puede reencontrarse con el vértigo ante la sensualidad de una carne joven y enamorada.

Cuando al ver en Elegy el ambiente externo e interno en el que vive este hombre, su casa, sus atormentadas relaciones con el hijo al que abandonó, la fluida comunicación de sus inseguridades y sus temores ante esa relación amorosa de final previsible que establece con el íntimo amigo de toda su vida, sus intentos por ocultársela a su cómoda y permanente amante, la presencia y la expresividad de Ben Kingsley y de Penélope Cruz encarnando a esos personajes metidos en un volcán cuya salida exigirá factura de depresión, tengo la seguridad de que Isabel Coixet comprende a Roth y lo traduce con imágenes cinematográficas muy correctas, pero nunca encuentro la identificación emocional, la garra, la sexualidad, que me transmitía la novela.

No tengo nada en contra de esta película pero tampoco nada que me remueva o que me apasione, no me deja poso sentimental, no me altera ninguna fibra, la observo todo el rato desde fuera y con frialdad.

Conociendo los antecedentes estilísticos de Isabel Coixet y su sabiduría en la publicidad de lujo, no me sorprenden algunas cosas. Cuando veo a ese hombre desolado y roto asomado melancólicamente a la ventana, sé que la fotografía va a ser sombría, pretendiendo ilustrarnos sobre su sufriente y añorante estado de ánimo. Sé que va a sonar la música triste y lírica de Erik Satie. Tengo la molesta sensación de que la puesta en escena de los lacerados sentimientos es continuamente previsible. Y también me cargan un poquito, me recuerdan a la estética relamida de los anuncios con afanes poéticos, las abusivas secuencias de los enamorados descubriendo el paraíso en sus idílicos paseos por la playa.

Si Elegy no me otorga ni frío ni calor, la película norteamericana Fireflies in the garden, crónica de los tormentos y los traumas que acompañarán en su existencia de adulto a un niño al que su padre agredía y humillaba, y el reencuentro con esos fantasmas cuando la familia se reúne en el entierro de la madre me provoca directamente grima. Es un ejercicio de seriedad forzada, una catarsis fofa, un tedioso rosario de tópicos psicologistas con pretensiones de tragedia.

Ante tanta sobredosis de intensidad dramática, uno casi agradece el tono naïf de la tan leve como costumbrista película iraní The song of sparrows. En cuatro días de proyecciones de la Berlinale todavía no he conseguido que una película me haga sonreír o reír. Qué alergia ancestral la de los festivales solemnes a programar algo con un mínimo sentido del humor, qué fatigosa resulta su exclusiva adicción a la tragedia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de febrero de 2008