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Crítica:

Dos pesos pesados

Una película es un todo indivisible, un compendio de trabajos que mezclan el oficio con el arte y que, dependiendo de su efectividad, llevan (o no) al objetivo propuesto por sus responsables: la emoción. Sólo en contadas ocasiones una de las labores se eleva tan claramente por encima de las demás que, más que anularlas, lo que provoca es la salvación conjunta del producto. Ahora o nunca, película dirigida por el veterano Rob Reiner y protagonizada por Jack Nicholson y Morgan Freeman, es uno de esos casos. Un libreto vulgar, una dirección simplemente correcta, tan académica como invisible, y dos interpretaciones de las que se salen de los cánones, basadas, más que en la excelencia de la actuación en sí, en el poderoso influjo del carisma. Nicholson y Freeman, dos pesos pesados, forman parte de ese grupo de actores capaces de salvar lo insalvable.

AHORA O NUNCA

Dirección: Rob Reiner.

Intérpretes: Jack Nicholson, Morgan Freeman, Sean Hayes, Rob Morrow. Género: comedia dramática. Estados Unidos, 2007.

Duración: 97 minutos.

Nicholson y Freeman son capaces de salvar lo insalvable

El poso del rostro, el poderío de la voz, la cadencia del fraseado, la profundidad de la mirada, la complicidad de dos intérpretes que demuestran un profundo respeto el uno por el otro, que se sienten a gusto ofreciendo la mejor réplica. Ahora o nunca cuenta los postreros meses de vida de dos enfermos terminales que, antes de su último aliento, deciden regalarse una serie de alegrías para el cuerpo y, sobre todo, para el espíritu. Apenas se conocen más allá de unos días como compañeros de habitación en el hospital, pero comparten el dolor, el miedo, las ganas de vivir. La pena para la película es que esa lista de "cosas que nunca pude hacer y que aún puedo cumplimentar" resulta de lo más banal: saltar en paracaídas desde un avión, conducir un coche de carreras, una especie de vuelta al mundo con paradas en las siete maravillas... Desde luego, el interés dramático del tour de la pareja de recientes amigos propuesto por el guionista Justin Zackham deja mucho que desear, tanto en su complejidad como en su capacidad para provocar el divertimento y la empatía del espectador. Mientras, Reiner intenta recuperar el toque de sus mejores cintas (Cuando Harry encontró a Sally, Algunos hombres buenos...) y superar el bajonazo de sus últimos batacazos artísticos (Alex & Emma, y Dicen por ahí).

En el tercio final toma el mando de las operaciones la importancia de la familia, de Dios y de la fidelidad a la pareja, al amigo y hasta a uno mismo, pero da la impresión de que el mensaje propuesto es el contraste entre el hombre rico y el hombre común: el segundo es feliz haciendo cosas de rico que nunca pudo hacer, y éste se da por complacido otorgando la oportunidad de hacerlas al pobre. Conclusión discutible y, sobre todo, tardía, pues para llegar a ella antes nos hemos debido tragar un carrusel de aventuras presuntamente divertidas que sólo se soportan por la portentosa personalidad de sus intérpretes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de febrero de 2008