Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Cafeína y aborto, una relación sospechosa

Un estudio reaviva el debate sobre los riesgos de tomar café en el embarazo

Afirmar que el consumo de café durante el embarazo puede causar un aborto está lejos de ser demostrado. En las últimas décadas, muchos estudios epidemiológicos han relacionado la ingesta de cafeína con una mayor tasa de abortos espontáneos entre las embarazadas. Pero uno tras otro han recibido críticas científicas severas y han pasado a engrosar el cajón de las pruebas inconsistentes; en unos casos porque la población estudiada era pequeña, en otros porque se basaban en lo que recordaban las mujeres haber consumido y, en muchos de los trabajos, por otros escollos que se engloban como problemas metodológicos.

La relación causal entre café y riesgo de aborto está lejos de ser demostrada

Los autores aconsejan limitar el consumo diario a una taza de café

Ahora, un nuevo estudio publicado ayer viene a insistir en que tomar demasiada cafeína durante el embarazo aumenta el riesgo de aborto. Los autores aseguran que han sorteado algunas de las limitaciones de los estudios precedentes (han controlado, entre otros factores, la edad materna, la ingesta de alcohol y las náuseas y vómitos en el embarazo) y que aportan pruebas más consistentes.

Lo que muestran los resultados de este último estudio, realizado con 1.063 mujeres embarazadas y publicado en el American Journal of Obstetrics and Gynecology, es que las embarazadas que toman más de 200 miligramos de cafeína (dos tazas de 150 mililitros) al día tienen el doble de riesgo de sufrir un aborto espontáneo.

"Basándose en nuestros hallazgos y en otros previos, las mujeres embarazadas o que están planificando un embarazo deberían abandonar o reducir el consumo de café o cambiarse al descafeinado", explica a EL PAÍS De-Kun Li, epidemiólogo del Kaiser Permanente de EE UU y autor principal de este trabajo. "Si realmente tienen que tomar café, deberían limitar su consumo a una taza al día".

Algunos expertos en metodología científica aseguran que para apoyar una recomendación de este tipo habría que haber demostrado una relación causal entre ingesta de cafeína y aborto. Pero esto es algo que, por sí mismo, no puede demostrar ni éste ni cualquier otro estudio observacional o epidemiológico. La epidemiología descubre asociaciones y factores de riesgo de una enfermedad o condición en una población determinada; además puede sugerir posibles causas, pero para confirmarlas hay que recurrir a estudios controlados y otras investigaciones.

La cafeína es una sustancia psicoactiva que no sólo está presente en el café, sino también en otras bebidas ampliamente consumidas, como el té y las bebidas de cola, e incluso en el chocolate caliente. Su contenido en cafeína, sin embargo, es diferente: por cada 150 mililitros de bebida, el café tiene 100 miligramos de cafeína; el té, 39 miligramos; las bebidas de cola, 15 miligramos, y el chocolate caliente, dos miligramos.

La cafeína tiene además la propiedad de que atraviesa la barrera placentaria, por lo que puede llegar al feto y ocasionar efectos perjudiciales. "Los resultados de este estudio son coherentes con la fisiopatología", asegura Albert Selva, redactor jefe de la revista Medicina Clínica y médico internista del hospital Valle de Hebrón de Barcelona.

¿Hay, pues, que recomendar a las embarazadas que eviten o reduzcan su consumo de café? De-Kun Li es tajante: "Cuanto menos, mejor". En esta línea, Selva indica que "durante el embarazo es recomendable un consumo moderado de café, del mismo modo que hay que tener moderación en todo". Sin embargo, apunta que esta recomendación es igual de consistente hoy que antes de este estudio, en el que "llama la atención que el riesgo se duplique con sólo dos tazas de café". En algunos estudios previos se habían encontrado esta asociación con cuatro o más tazas de café diarias.

El bioestadístico Erik Cobo, de la Universidad Politécnica de Cataluña, recalca que los resultados de De-Kun Li deberían ser confirmados en un nuevo estudio, pues por sí solos no sustentarían una modificación en las recomendaciones. Además, subraya que este estudio deja sin controlar muchos otros posibles factores. El retraso de 10 años en la publicación de unos datos recogidos entre 1996 y 1998 es una circunstancia que tampoco habla a favor del estudio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de enero de 2008