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La basura impone el toque de queda

Los suburbios de Nápoles se rebelan contra los planes para solucionar la crisis

La guerra a la basura se hace con la basura. En el suburbio de Pianura, cerca de Nápoles, los vecinos llevan días manifestándose para impedir que se reabra un antiguo vertedero situado a unos 200 metros del centro habitado: las montañas de desechos, acumuladas en dos semanas por el colapso de sistema de recogida en la región, sirven ahora como barreras para evitar que la policía acceda al depósito, designado por las autoridades como válvula escape de la crisis.

Las tiendas están cerradas, las escuelas vacías y no hay transporte público

"Durante años hemos visto los camiones volcar todo tipo de porquería en este lugar", explica una madre (que prefiere permanecer en el anonimato), "todos mis hijos padecen asma, el Gobierno nos promete de todo para que aceptemos el vertedero. Pero no aceptaremos", concluye, antes de irse con sus hijos, que tampoco hoy irán a clase.

Después de una semana de enfrentamientos violentos en esta localidad de 70.000 habitantes, no hay signo de que la situación vaya a volver a la normalidad. Las tiendas están cerradas, las escuelas vacías, no hay transporte público. La gente se queda parada en espera: el martes, el Gobierno había anunciado la intervención del Ejército.

El Gobierno dio la orden de reabrir las escuelas después de que hubieran sido cerradas por la emergencia sanitaria. Sin embargo, mientras en el centro de Nápoles la situación va algo mejor, en suburbios como Pianura, los profesores no pueden acceder a los institutos y las madres no dejan salir sus hijos por miedo a la contaminación.

Para acceder a Pianura hay que ir andando o en moto. Las carreteras de acceso están cortadas por todo tipo de objetos. Los cubos de basura repletos han sido volcados en la calle, así como autobuses del transporte público. El olor a mugre es intenso, penetra en la nariz y sigue hasta secar la garganta. El paisaje es surrealista y abandonado. Detrás de las barreras de bolsas de residuos, no hay leyes, ni Gobierno, ni policía; sólo más basura.

Frente al antiguo vertedero, un centenar de personas se quedan día y noche vigilando. "Soy un ciudadano común, no soy un violento", explica Mario, un hombre de unos 60 años, "me quedo aquí enfrente para impedir que este depósito de residuos vuelva a abrir después de 11 años". A su espalda se levanta una montaña enorme y deforme cubierta por un estrato de pasto de un color verde intenso y de la que sale un olor insoportable.

A las cuatro y media de la tarde, las pocas tiendas abiertas cierran sus puertas. Es un toque de queda voluntario, por miedo a que por la noche se produzcan nuevos enfrentamientos. Ayer, muchos vecinos se fueron al centro de Nápoles, donde estaba prevista una manifestación para pedir una solución a la crisis.

"Si Nápoles estuviera en otro lugar, no haría falta llamar al Ejército, sería suficiente separar los residuos", comenta Aldo Velo, un ex sindicalista que vivió años en Pianura. Pero Nápoles no está en otro lugar y, por increíble que parezca, no tiene un sitio en donde echar su basura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de enero de 2008