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Los ecos de la tragedia

En su 60ª temporada, la Ópera de Oviedo ha apostado por los dos grandes reformadores del arte lírico -Gluck en el XVIII, Wagner en el XIX- a la hora de seleccionar las nuevas producciones del año. Ello ya es en sí mismo un sello de distinción y da idea de una filosofía de programación que sacrifica lo más fácilmente exitoso en función de una coherencia de épocas y estilos. Para Wagner y Gluck se han reservado los mayores honores de la fiesta de los 60 años.

Ifigenia en Tauride de Gluck es una ópera hermosísima que da una vuelta de tuerca más al inagotable mito de los Atridas. No es nada fácil para los cantantes, en tesituras muy agudas. Los tres principales protagonistas -Elisabete Matos, Gabriel Bermúdez y Paul Nilos- salen airosos y el cuarto -Victor García Sierra- deambula como puede. Matos es una cantante de carácter que se echa a sus espaldas toda la carga trágica de la protagonista. Lo del barítono Gabriel Bermúdez es punto y aparte. Un buen día apareció en Madrid con El jardín de las voces de William Christie haciendo un Lully milagroso. Después dio un inolvidable recital de Wolf y se marchó a la Ópera de Zúrich. Su Oreste en Oviedo ha sido sencillamente fabuloso, con un fraseo elegante y una musicalidad de gran hondura. También el inglés Paul Nilon se mostró dominador y sutil en el personaje de Pylade. Los tres debutaban en Oviedo. Un triple acierto.

Se mueve en su salsa en este repertorio la directora Jane Glover. Orquesta y coro se desenvuelven con corrección y prudencia. La puesta en escena de Emilio Sagi es austera y eficaz. Glover y Sagi dejan que sean los cantantes y, sobre todo, la música de Gluck los protagonistas. Y logran así recogimiento y concentración. La representación no es espectacular pero tiene encanto. Y Gluck sale catapultado a las altas esferas de la emoción artística contenida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 17 de diciembre de 2007.

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