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Tribuna:PERDONEN QUE NO ME LEVANTE

LA LISTA B

Conviene actualizar, al menos cada cinco años, la lista de cosas por las que merece la pena vivir a la que acude Woody Allen en su clásico Manhattan. A efectos prácticos, sin embargo, el plantel de excelencias a que podemos recurrir, inspirados por el director neoyorquino (convertida casi toda su obra en una de esas razones por las que muchos hemos llegado a bastantes otoños), parecería incompleto. En mi caso, no siempre el lieder Beim Schlafengehen, de Richard Straus, interpretado por Kiri Te Kanawa, que ahora mismo suena en mi aparato reproductor (hi-fi, concretamente), sirve para hacer que uno pase un buen rato. Que es, en definitiva, lo que a las siete de la tarde de un día oscuro le pedimos a ese pedazo de mierda con incrustaciones de diamantes que puede ser la vida.

"Incluso en elos peores momentos creo que merece la pena seguir adelante"

LAMENTO CONFESARLO. Hay ocasiones en que me compensa más amorrarme a la tele para ver Mission Fashion, una especie de Gran Hermano a la libanesa, pero con chicas a las que se elige para modelos. Ignoro si en las televisiones españolas generalistas o en las autonómicas o en las de pago emiten algo parecido. Ya se sabe que hoy día la basura es global, y la telebasura, ni te cuento. Pero cuando estoy en Beirut sólo recibo la dosis mostrenca de TVE Internacional, y aunque para un ente público es mucha suficiencia, a efectos de estupefaciente nunca resulta suficiente. Mission Fashion contiene todos los elementos por los que una mujer debería convertirse en una feminista asesina en serie de modistas, estilistas, peluqueros y otros verdugos. Es opiácea y estimulante (después de verla me gusta salir a la calle y escupir como un beduino). En fin, ahora mismo ese programa encabezaría mi lista número dos o Plan B para Sobrevivir a la Vida.

Cierto, incluso en los peores momentos creo que merece la pena seguir adelante a cambio de ver cómo un joven amigo madura ante los retos de su existencia y se convierte en la persona cuyo futuro me anima a la esperanza. Incluso en las oportunidades más amargas sé que el mar está ahí, calmo o bravío (a más cambio climático, más mar), y también el cielo transparente u opaco (a más desintegración del medio ambiente, más abismo), con todos los amados tópicos de la naturaleza, y mi pino mediterráneo predilecto, que un día u otro será objeto de la depredación inmobiliaria. Incluso cuando repito la palabra incluso veinte veces para convencerme de que es hora de buscar refugio contra la estupidez y el vocerío, incluso -incluso entonces, cierto-, recuerdo al trío Reynolds-O'Connor-Kelly interpretando Good morning! en Cantando bajo la lluvia, y sí, la lista A continúa funcionando; junto con casi todo Wilder (su obra y él mismo), unos versos de Gil de Biedma y unos mapas, y un Destello Almodóvar: Loles, Victoria y Antonio, y Resistiré, del Dúo Dinámico, como fondo.

Pero el cuerpo pide más, sobre todo ahora que nadamos en la superabundancia de lo cutre.

Puede que la calidad, lo óptimo, haya sido sobrevalorado en exceso, a efectos de procurar la felicidad. En especial si por esta última entendemos un estado animal, un ser le¬¬tárgico, una individualidad confortablemente sofocada en la manta común, una hermandad flatulenta gloriosamente hallada en la profundidad del sofá. El sofá es un nuevo estadio alcanzado por la mente humana a fuerza de retroceder. Hace poco tuvieron que internar a una muchacha: había pasado tres años sentada en un sofá de Starbuck's, al lado del mismo chico, con medio litro de café envasado en cartón en la mano. A fuerza de compartir los silencios, ella había tomado por un noviazgo esos ratos transcurridos una tarde tras otra. De modo que se animó a plantearle: "O tomas una decisión o me levanto. He perdido contigo los mejores tres años de mi vida". El chaval tuvo el buen sentido de llamar a su novio (de él) para preguntarle qué hacer, porque no se le ocurría nada, y el novio, que es de una generación anterior al sofá como epicentro, tomó medidas.

Sí, sí. Mozart. Pero, con la mano en donde quieran, díganme si ustedes no añadirían un sofá y un mando a distancia a su lista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de noviembre de 2007