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Tribuna:

El batacazo

Si yo no ando muy equivocado, la principal virtud de un político es lo que Isaiah Berlin llamaba "sentido de la realidad". No es algo que guarde relación con las ideas del político, sino con su capacidad para llevarlas a la práctica. No es algo que se aprenda en las universidades ni en los despachos, sino más bien en la calle, y tampoco es algo que, una vez adquirido, se tenga para siempre, sino más bien un don con fecha de caducidad que permite a ciertos políticos y en ciertos momentos saber "qué encaja con qué, qué puede hacerse en determinadas circunstancias y qué no, qué métodos van a ser útiles en qué situaciones y en qué medida, sin que eso quiera necesariamente decir que son capaces de explicar cómo lo saben ni incluso qué saben". Los ideólogos que organizaron desde sus despachos en Washington la invasión de Irak carecían por completo de sentido de la realidad, lo que les llevó a convertir una idea en teoría excelente -liberar al país de un tirano sanguinario e implantar en él la democracia- en una catástrofe de dimensiones escalofriantes; en cambio ?digamos-, entre 1976 y 1977 Adolfo Suárez sabía tan bien qué encajaba con qué en España, y qué y cómo podía hacerse en aquellas circunstancias, que consiguió sin grandes traumas y en sólo unos pocos meses de vértigo, adoptando decisiones inverosímiles y corriendo riesgos salvajes, desmontar los fundamentos del tinglado franquista y convocar elecciones libres. Los brillantes intelectuales americanos no habían puesto un pie en Irak, mientras que Adolfo Suárez, que era cualquier cosa menos un ideólogo y que no había estado en la universidad más que de visita, se conocía al dedillo hasta la última covachuela del franquismo, lo que lo dotó de un sentido de la realidad que los primeros han demostrado no tener, y que por lo demás caducó al cabo de un par de años.

En los últimos tiempos los dirigentes de Convergència Democrática, socio mayoritario de CiU, vienen prodigando declaraciones a favor de la independencia de Cataluña. Es una buena noticia, porque clarifica las cosas. Jordi Pujol, que tenía un sentido de la realidad bastante acusado (o lo tuvo durante algún tiempo), nunca quiso clarificarlas, y a eso debemos su permanencia en el poder durante 23 años; ahora sus herederos (entre ellos su hijo, Oriol Pujol) han dicho basta. Está muy bien. La independencia de Cataluña -sea lo que sea eso a estas alturas- es una opción política tan legítima como cualquier otra, y de hecho ERC hace mucho tiempo que la defiende; no sólo ERC: gente tan sagaz como Rubert de Ventós la defiende también, a veces con el ingenioso argumento de que es la única forma de terminar con el nacionalismo catalán (ingenioso pero, para mí, incomprensible: España es independiente desde hace unos cuantos siglos y el nacionalismo español, históricamente mucho más letal que el catalán, sigue gozando de excelente salud). Así que, insisto, si se hace por los cauces que hemos acordado entre todos no veo que pueda objetarse nada. En esto, se mire por donde se mire, Cataluña no se parece al País Vasco: aquí nadie quiere imponer nada matando, aquí los políticos, los periodistas y los que no somos nacionalistas y lo decimos cada vez que nos da la gana no andamos por la calle con guardaespaldas, aquí nadie propone referéndums ilegales. Sí, ya sé que hay demagogos que propagan con grandes aplauso de su parroquia que en Cataluña hay menos libertad que en el País Vasco y que se persigue al castellano y no sé cuántas cosas más, igual que sé que hay gente respetable que los cree y que incluso monta partidos políticos a partir de esa trola; contra eso poco se puede hacer, salvo volver a pisar la calle y tratar de recuperar el sentido de la realidad.

Eso es lo que estoy casi seguro de que no han hecho nunca los dirigentes de Convergència que ahora abogan por la independencia. Son jóvenes, han ido a las mejores escuelas y universidades, cada día se dicen a sí mismos que son brillantísimos, no han salido de un despacho ni se han bajado de un coche oficial desde que tienen uso de razón, no han pisado el metro ni han comido en su vida un menú de 9 euros. No parecen ver las caras que se les ponen a sus socios de coalición cuando ellos hablan de independencia, ni las de muchos antiguos votantes de Jordi Pujol; ni siquiera hacen caso de las encuestas. Han cometido errores apoteósicos, pero creen que no han sido ellos sino la realidad quien se ha equivocado. Han perdido el poder, y todo indica que no van a recuperarlo nunca; como mucho se cargarán la coalición con la que han gobernado y acabarán engullidos por ERC, que no deja de frotarse las manos. Tienen el sentido de la realidad tan disminuido como los demagogos del otro lado, piensan que veintitantos años de nacionalismo en el poder nos han macerado lo suficiente como para que aceptemos seguirlos en sus ensueños románticos y rapaces y no advierten que, como los demagogos son sólo demagogos y no vivimos en una sociedad totalitaria, la gente lo que sigue es a su bola. Quienes carecemos por completo de sentido de la realidad pero por lo menos cogemos a diario el metro y nos alimentamos de menús de 9 euros asistimos al espectáculo con una mezcla de fascinación y perplejidad. A menos que yo esté muy equivocado, o a menos que rectifiquen rápido, el batacazo puede ser histórico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de noviembre de 2007