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Crónica:LA CRÓNICA

Baúles nocturnos

Hasta el mercado de Sant Antoni se acerca mucha gente. Amas de casa, gastrónomos, bibliófilos o adolescentes buscando unos tejanos. Llegan atraídos por su variada oferta, que incluye el mercado municipal propiamente dicho. Otro exterior de ropa, los lunes, miércoles, viernes y sábados. Y el de los domingos, dedicado a libros viejos. Pero muy pocos de sus clientes habrán asistido al espectáculo que se inicia al cesar su actividad comercial. Unos minutos de frenesí que inundan las calles adyacentes con estruendo. La historia de este lugar siempre ha tenido algo de rocambolesco. En el mismo solar donde Rovira i Trias izó -a finales del siglo XIX- la estructura metálica del edificio actual, existía una explanada donde se venían haciendo mercados semanales desde el año de la catapún. Aquí se alzaban también los cadalsos donde se ejecutaba a los reos convictos. Frente al portal de Sant Antoni -por donde se entraba a la ciudad si se llegaba desde el sur-, como advertencia para forasteros.

Años después, Barcelona saltó las murallas y engulló este enclave, construyéndose varias casas en él. Pero los vecinos decían que estaban encantados. Por las noches se oían ruidos extraños. Y más de uno se dio un buen susto, quizá al toparse con el espectro de algún ahorcado. Tan mala fama cogió el sitio, que las casas fueron abandonadas. Y en su solar se levantó el actual mercado. No consta que los fenómenos sobrenaturales persistieran. Los fantasmas debieron mudarse, asustados por los gritos de las pescaderas. Lo que todavía perdura es el ritual de desmontar los puestos exteriores.

A eso de las ocho de la tarde, cuando el público abandona los pasillos, comienza un desfile perezoso y lento. De las puertas flanqueadas por lonas verdes irrumpe una mudanza nocturna y crepuscular, atareada en trasladar la mercancía hasta sus respectivos almacenes. La cosa comienza cuando una brigada de expertos aparecen en escena. Mocetones hercúleos, la mayoría de ellos latinoamericanos, que a veces se cruzan con un ancianito de pelo cano que va empujando su baúl. Y todos juntos se hacen sitio entre el tráfico rodado.

Por un momento, pienso en este barrio como una gran colmena. Los equipos de porteadores, salidos de un safari antiguo, atraviesan la calzada en fila india, entre cierres metálicos que rechinan y lanzan sus lamentos de alma en pena. La escena se desarrolla entre carros que dan botes sobre el asfalto, en todas direcciones. A todo esto, los automóviles se ven obligados a reducir la velocidad y unirse a la procesión. No obstante, no se oyen bocinazos ni imprecaciones. Parece existir un respetuoso silencio al paso de estos antepasados del carrito de supermercado.

Alguno de estos rudimentarios vehículos son como camas macizas, más largas que anchas, con cuatro ruedas. Otros son como armarios, más altos que una persona y con tres ruedas. Todos numerados para identificar al propietario. Cajones de antigüedad venerable, algunos con la madera oscurecida por el tiempo y cerrados con barras metálicas.

La operación dura apenas 20 minutos. Tanto ajetreo termina de la misma forma que ha empezado. Se dispersa como un eco y cesa. El espectador recién llegado sería incapaz de creer que, hace unos instantes, las calles estaban invadidas por un ejército de hormigas, trasegando un peso varias veces superior al de sus cuerpos. La noche llega puntual y se cierra el mercado. Quién sabe si, a esas horas, una columna de aparecidos resucita de estas cajas y se pasea por los puestos. Probándose cada madrugada un modelo distinto, en un eterno e invisible desfile de modas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de noviembre de 2007