Columna
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Guggenheim

Muchas de las cosas que suceden o están sucediendo en el país tienen que ver, creo, con la depresión o con la decadencia. No es lo mismo. La depresión es generalmente consecuencia de la decadencia, y la decadencia, en algunas ocasiones, el fruto amargo de la depresión, tan habitual, tan cotidiana, tan oculta.

La depresión es la decadencia del alma; y la decadencia, la caída libre de un cuerpo o de una ciudad hasta su postración total o parcial. Dicen, hay mucha literatura al respecto, que las mujeres en estado depresivo y sin esperanza se vuelcan en la compra compulsiva. Tiene que ver, supongo, más con el deseo de renovación externa e interna que con el afán consumista. De la misma manera, cuando una ciudad se siente deprimida o se ve a sí misma sumida en la decadencia, se dedica a construir edificios que destaquen en el horizonte, con el fin de actualizar, mejorándolo, el paisaje. Porque todos los paisajes son paisajes interiores, visiones del alma, recuerdos, sombras y sueños.

La moda última, la costumbre concreta y actual, es convertir las ciudades en museos o en parques temáticos
Los arquitectos son, en esta fase de la modernidad sin fin, los médicos de las ciudades. Así se nombran ellos

Si los psicólogos y psicoanalistas intentan curar el mal de los seres humanos, devolver el equilibrio y la salud a su conciencia, los arquitectos son, en esta fase de la modernidad sin fin, los médicos de las ciudades. Así se nombran ellos. Como los antiguos alquimistas, trabajan las materias elementales, el primitivo óxido y la piedra informe, y las convierten en oro, plata, platino, metal vistoso. Transforman el cuerpo de las ciudades, y, embelleciéndolas, les devuelven la fe en sí, les restituyen la estima perdida, les ayudan a superar el sentimiento de culpa provocado por la caída en el espacio y en el tiempo. Les devuelven el orgullo olvidado y dejado en un abstracto cajón, aunque no la gloria pasada, que se fue, como van los barcos luminosos a perderse en el crepúsculo, confusos y vacilantes en su andadura. El ocaso suele ser hermoso si se sabe mirar en él. Es fotogénico y romántico. Gusta a parejas, solitarios y poetas. El Guggenheim es el edificio que colorea el ocaso de Bilbao y en el que se miran los bilbaínos de nacimiento y los de adopción, o sea todos los que en el mundo, en su grandeza, son.

No es el único edificio vistoso del país. Conviven en su compañía, más o menos lejana, a veces a su sombra y a veces a su sol, el Kursaal de Donostia, casa metafísica y masa pensante, el Artium de Gasteiz, sumidero de luz, el Euskalduna, nave varada en el astillero de la existencia, el aeropuerto de Loiu, como una paloma lanzada al espacio. Los arquitectos han cerrado las heridas de las ciudades con puntos que exhiben la condición contemporánea. Es el mundo moderno, ciertamente, un magma inestable y efímero, atrapado entre la presura y la ansiedad, que busca, a toda costa y por el medio más sencillo y rápido, la lucidez y el reconocimiento de su ser o de sus diversas identidades, íntimas o aparentes. Las ciudades buscan diferenciarse entre sí, en sana competencia vertical y, a su vez, construir espejos en los que ciudadanos se reconozcan y se acepten como son y lo que son, aunque no lo sepan.

La técnica es la clave. Convierte cualquier idea evanescente y fugaz en recia, sólida y real. Pero pierde, en su quehacer, por su propia mecánica, la capacidad de emocionar y de conmover. No es lo mismo contemplar la antigua catedral gótica de León que mirar el Guggenheim. Hay una distancia que no se explica por la edad, ni por las circunstancias de construcción, ni por los diferentes laberintos de luz y de color que esconden, sino por el lugar que ocupa la idea de lo sagrado en el espectador, imborrable como la marca de la existencia. La técnica, por otra parte, ha dejado obsoleta y fuera de lugar aquella premisa tan cara a los teóricos de la postmodernidad, que afirmaba lo siguiente: "Todo lo sólido se desvanece en el aire". Al contrario, lo etéreo se solidifica, lo aéreo se vuelve terrestre y lo liviano adquiere dimensiones más complejas. Construir es dar duración a la materia. Las ciudades sacan fuerza de su decadencia y se yerguen sobre sus propias ruinas. De la necesidad se hace virtud; y de la virtud se obtiene belleza visible y sentida. Todo vuelve al origen y luego parte desde el origen hasta otro origen más lejano quizá. Una ciudad no se comprende sin la idea de la eternidad. Una ciudad no se concibe sin los edificios que la jalonan. Pero estas construcciones pueden llevar una vida aparte de la ciudad para la que fueron ideadas. Es difícil imaginarse el Bilbao actual sin el edificio diseñado por Frank Gehry, pero puede que el Guggenheim sobreviva a la ciudad, fuera de Bilbao, lejos del Nervión. No es un edificio singular, porque las ciudades tampoco lo son. Se parecen y se asemejan más de lo que quisieran, al menos en la superficie.

La moda última, la costumbre concreta y actual, es convertir las ciudades en museos o en parques temáticos especializados en la difusión de cierto tipo de saber, ceñidos a temas concretos, parciales y no globales. Es lo que han ganado las ciudades. El curioso, el extranjero, el amante de la belleza, no tiene más que recorrer sus calles, demorarse en sus plazas, pasear por sus arrabales, para contemplar el arte en su dimensión natural. Las urbes se han humanizado, y el humano, en su contacto, se ha urbanizado. Que las ciudades en sus cada vez menos definidos perímetros encierren pinacotecas, salas de exposiciones y galerías, no deja de ser una redundancia. En una ciudad que es de facto museo callejero, el museo se ha convertido en almacén de novedades pictóricas o escultóricas. El arte es lo que era, en sus principios estéticos y éticos, mas no en su valoración y representación colectiva y simbólica. Lo nuevo prima sobre cualquier otra consideración. La eternidad necesita su ración de tiempo para subsistir. Lo viejo va desapareciendo, sin demasiado estrépito. Pero hay algo que no cambia, por mucho que varíe el entorno. La ciudad, Bilbao en concreto, sigue siendo un lugar de encuentro y de desencuentro, de amor y desamor, de vida por vivir, ante todo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 19 de octubre de 2007.