Reportaje:9 d'octubre

Piscolabis para todos

El Consell abre las puertas del Palau de la Generalitat para celebrar la recepción oficial del 9 d'Octubre

El presidente Francisco Camps se cortó ayer un 9 d'Octubre a medida, con exaltación real, fosforescentes subrayados de adscripción española, loas deportivas y sentidas romerías y procesiones. Un bodegón metafísico de sí mismo: coronas, sotanas y chándales. Es decir, la deconstrucción de sus convicciones metida en coreografía. Y se lo puso y lo representó en la matinal del Saló de Corts del Palau de la Generalitat, bajo la mirada restaurada de los estamentos del pintor Joan de Sariñena.

Apeados todos los miembros del Consell de la habitual tarima, de su función de zócalo vivo del mural de los brazos civil, militar y eclesiástico, él era ya el Consell y el artesonado, o sea el Alfa y la Omega, con los pies sobre la confortable nube que le había hinchado la encuesta del Instituto Opina publicada ayer en el periódico. Y allí estaba el vicepresidente Vicente Rambla aportando brillos de laca con gesto de hueco relieve para satinar la estampa. Y Santiago Grisolía, por si hacía falta secuenciarla después de que, de forma asombrosa, sonase la Marcha Real como colofón del Himno regional.

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Sin embargo, ayer, mientras el presidente metía la cuchara en el aumento de la población, pasaba la bandeja petitoria al Estado, desenvainaba el botijo y le limpiaba el polvo a Jaume I como cualquier día en las Cortes, muchos valencianos estaban celebrando el 9 d'Octubre en el Ikea de Murcia, causando varios kilómetros de retenciones en los accesos al centro comercial. Era, sin duda, otro modo de afirmarse en lo propio. En el resto del territorio, sólo el Ayuntamiento de Elche realizaba un acto institucional para celebrar la jornada. La mayoría cruzaba el puente en las playas, y sólo algunos, muy cabreados, se preparaban para reivindicar maestros de educación especial aprovechando la recepción oficial del Palau de la Generalitat.

El presidente atravesó primero el breve chaparrón de insultos de la procesión cívica bajo un zumbido de dulzainas y, enseguida, se situó en el vestíbulo del Palau en la misma disposición que si se tratase de un pesebre navideño. Y, así las cosas, el calor de la burra y el buey derivó en un besamanos muy agradecido, formando una larga cola de deudores. Uno de los primeros invitados en pasar fue el cantante Luis Aguilé, rescatado del desguace discográfico por Carlos Fabra para promocionar las playas de Castellón, con una oportuna corbata hasta la rodilla. Completaron la rueda de variedades, las habituales Julita Díaz y Rosita Amores, desafiando asimismo al calendario, incluso al propio Isaac Newton.

Apenas se habían abierto las puertas del Palau y ya no cabía nadie en el coto cerrado de la plaza de Manises. Las casas regionales y otras bolsas de voto cautivo habían tomado posiciones junto a las barras de servicio, dando una profunda lección de sociología gratis al demostrar con su voracidad que la sociedad civil goza de buena salud. Sin duda, las artes del nuevo director general de Ciudadanía e Integración, Josep Maria Felip, no eran ajenas al acontecimiento.

Los invitados iban embutiéndose en el recinto mientras el profesor Grisolía defendía su posición y alimentaba el genoma con tacos de tortilla de patata, como si hubiese mandado a la porra su tradicional restricción calórica. De pronto, el pantano denso y estanco que se había formado en la plaza empezó a moverse como si una fuerza sideral hubiese penetrado en su interior.

Camps se había movido y sus movimientos estaban provocando otros movimientos encadenados, nuevas órbitas y algunos agujeros negros. En uno de ellos estaban atrapados algunos socialistas, entre los que no se encontraba Joan Ignasi Pla, que tampoco había estado en la procesión cívica. Sin duda, Pla tras el acto de la mañana ya había entregado el petate y había recogido la blanca, mientras Carmen Alborch apuntalaba la situación de orfandad con la sonrisa y pasaban desperdigados como meteoritos varios miembros del estallado Compromís.

Junto al presidente, sin embargo, se formó una vía láctea con peinetas de fallera, cardados platino, broches de fantasía y chapas de hojalata, que sólo fue eclipsada por la irrupción de Rita Barberá envuelta en pistacho incandescente e impelido por su propio brío. Camps rozaba el éxtasis abrasado por los flases de los fotógrafos, pero no lejos, algunos líderes empresariales como Federico Félix, José Vicente González y Francisco Pons, se hacían inquietantes escuchitas sobre el pulso de la economía y el alud inmobiliario que se está desprendiendo. Entre tanto, Rafael Aznar, el rey del rendez-vous, explicaba a una televisión local que la ampliación del puerto ya casi está a punto de empezar. En ese punto arrancó el desfile de platos de paella y muchos interrumpieron sus importantes discursos para aplicarse.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0009, 09 de octubre de 2007.

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