Entrevista:

Pedro Cavadas, en el filo del bisturí

Prepara un trasplante de cara. Ha sido el primer cirujano en el mundo en trasplantar a una mujer ambas manos. Pese a su juventud, Pedro Cavadas está en la cirugía más puntera del momento y ha creado una fundación para hacer medicina altruista en África.

Ha trasplantado manos perdidas mucho tiempo atrás, reconvertido una mano derecha en izquierda, recompuesto con éxito cráneos o penes, y prepara un trasplante de cara. Es un cirujano puntero de prestigio internacional, que se mueve en un terreno que todavía levanta polémicas. Su operación a una mujer a la que implantó dos manos a la altura de los antebrazos, la primera en el mundo, forma ya parte de la literatura científica.

Tiene una clínica privada y una fundación con su nombre en Valencia, pero sus grandes operaciones las realiza en un hospital de la sanidad pública. Le gusta la aventura y hace medicina altruista en África. Todos los años realiza uno o dos viajes al continente negro y opera mutilaciones, a veces terribles, en niños que apenas saben lo que es un médico. En ocasiones los trae a su casa valenciana y los mantiene durante meses, a ellos y sus familiares, mientras dura el posoperatorio, después de enseñarles cómo funciona un grifo o un interruptor de la luz.

"La ignorancia de la medicina se llama cirugía, salvo en los traumatismos, la cirugía del taller de reparaciones"
"Se puede hacer ya un transplante completo de cara, el problema es el que incluye los párpados"
El paciente al que implantó su mano derecha en un brazo izquierdo amputado ya empieza a agarrar cosas

Está acostumbrado, pese a su juventud, a ver su nombre en los medios de comunicación junto a la soñada frase "por primera vez". Se llama Pedro Cavadas, tiene 42 años, dos hijas chinas, y un físico espigado y cetrino a lo Adrien Brody, el actor que ha interpretado a Manolete y de gran parecido físico con el torero. Como se lo repiten, hace bromas: "Somos una trilogía". Hace unos años coleccionaba coches de lujo, pero África fue su camino de Damasco, y la caída del caballo le llegó por los caminos de tierra de Kenia.

Viste con vaqueros, camisa deportiva y mocasines sin calcetines, todo muy informal pese a que le aguarda la consulta de su clínica privada. Su despacho es de un absoluto minimalismo, tan sobrio y escueto como despersonalizado. Ni un cuadro, ni una foto, ni un diploma, ni un libro. Nada que recuerde una consulta médica. "No me gusta disfrazarme de médico", lo que incluye ignorar la bata blanca. También es sobrio en el hablar, contundente y pelín seco, quizá por timidez ?que aflora en el momento de las fotos? o quizá formas de alguien acostumbrado a no hacer concesiones ni perder un minuto de su tiempo.

Es imposible no reparar en sus manos estilizadas de larguísimos dedos, unas manos de cirujano plástico que presume de no haber hecho cirugía estética. "Renuncié a Satanás, a sus obras y pompas? Nunca me gustó la estética, lo que pasa es que la especialidad se llama cirugía plástica, reparadora y estética, y una parte es la cosmética. Pero con todo respeto para la gente que se dedica a ella, no me gusta ese tipo de pacientes, no me gusta ese tipo de cirugía, no me gusta la medicina de la banalidad, prefiero pacientes de verdad con problemas de verdad, es mucho más interesante y gratificante desde el punto de vista técnico, científico y humano. Jamás, jamás he hecho cosmética, es una de las cosas que tengo más a gala. No me gusta el fútbol, no fumo y no hago cirugía cosmética; son mis tres logros".

No pertenece a la sanidad pública, pero sus operaciones más sonadas, los trasplantes, los ha hecho en el hospital La Fe. Habla maravillas de la sanidad pública, pero trabaja en su clínica privada?

Trabajé en la sanidad pública durante un tiempo, pero lo dejé por una serie de motivos. Uno de ellos, porque por ley es incompatible trabajar privadamente con pacientes de accidentes laborales ?que es un tipo de patología muy interesante como técnica? y en la Seguridad Social. Estuve tres años en el hospital Clínico de Valencia y un año en La Fe, pero la ley de incompatibilidades se impuso y ahora hago práctica privada. Tenemos un concierto entre nuestra fundación y la Consellería de Sanidad para desarrollar un programa de trasplantes de mano. En España, por ley, los trasplantes se deben hacer en instituciones públicas, y tiene más lógica hacerlos en un gran hospital como La Fe, porque la analítica, el posoperatorio, el seguimiento de los pacientes, es conveniente que se hagan en un centro con mucha experiencia en trasplantes. Por eso hemos hecho los de manos en La Fe, y espero que pronto habrá de cara.

Ir de "firma invitada" suele levantar muchos recelos?

Nunca me han dado el premio a la popularidad, no sé muy bien por qué, y dudo mucho que me lo den? Hay de todo, los médicos somos un poco especiales a la hora de compaginar egos.

Sobre todo, los cirujanos

Los cirujanos somos la peor especie de médicos, los más vanidosos, los más competitivos y los que menos toleramos la proximidad de alguien que se dedique a algo parecido. Así que sumando todo eso? Reconozco que no soy la persona más simpática del mundo.

¿Es timidez o cierta prepotencia?

Ay, ay, ay, lo que pasa es que hay veces que se me escapa la verdad, y cuando la verdad se escapa o la dejas ver, es malo. La verdad hace muy pocos amigos, para convivir hay que decirse mentiras, y hay días en los que no salen las mentiras.

Algunos colegas dicen que es un cirujano estupendo, que su técnica es puntera.

Si dicen eso, es que hay algún pero?

Lo hay, también dicen que es usted en extremo vanidoso.

Los cirujanos somos muy vanidosos, pero ya me he curado de muchas vanidades. Yo era la persona más vanidosa del mundo, pero ahora sólo me queda la vanidad profesional, y espero no perderla nunca, porque es un estímulo para seguir estudiando, para sacar tiempo de donde no tienes, o para trabajar un millón de horas al día. En gran medida, si no fuera por la vanidad, hacer cosas nuevas o establecer líneas interesantes no tendría ninguna gracia. Probablemente la vanidad profesional es un buen motor de la excelencia profesional, pero mantener eso a raya no es fácil.

¿Es un motor mayor que el afán de conocimiento, por ejemplo?

El afán de conocimiento es una forma de vanidad. La vanidad no es que te digan qué bueno eres, qué bien lo haces; eso es muy primario. La vanidad tiene muchas formas, y conocer más es una forma de vanidad entendida en sentido amplio. Los cirujanos, sobre todo, queremos que se desarrolle algo, pero que lleve tu nombre. Somos la peor especie de médicos que hay.

Son los que se llevan casi toda la gloria, pero en la profesión médica se suele decir que los importantes son los clínicos.

La cirugía es la magia de los grandes aparatos, es como hacer desaparecer la torre Eiffel. Creo que Juan Tamarit es mucho mejor que David Copperfield, pero hace truquitos pequeños, sorprendentes pero pequeñitos, que nunca reunirán a 50.000 personas en un estadio. Y Copperfield hace desaparecer un avión de 500 toneladas. La cirugía es la magia de las grandes toneladas, el fuego artificial, la carcasa. La medicina clínica es tan importante o más que la cirugía, pero el medico clínico, salvo el intensivista, no tiene resultados inmediatos, clamorosos, caso de que haya cirugías clamorosas, porque al final puede haber cirugías singulares, pero lo que cuenta es el trabajo diario. Además, la cirugía es una especialidad en franco retroceso, ha perdido muchísimo terreno frente a la medicina y va a perder mucho más.

¿Frente a los tratamientos genéticos o celulares?

No, frente al conocimiento. La cirugía es un modo tecnológico muy aparente, muy bonito, de mostrar nuestra ignorancia. La ignorancia de la medicina se llama cirugía, salvo en un tipo de patología concreta que es la traumática, la cirugía del taller de reparaciones. Una persona se pega un trompazo, se rompe o amputa un brazo, una tibia, y allí llega el mecánico que arregla las cosas. Ése será probablemente el último bastión de la cirugía, las demás son nuestra ignorancia de las enfermedades.

O sea, que los cirujanos serán unos mecánicos ilustrados.

Completamente, ése es el último bastión de la cirugía. Eso, y las malformaciones congénitas durante algún tiempo, hasta que se puedan diagnosticar precozmente y reconducir antes de que ocurran. Pero claramente, el último sitio de la cirugía será el traumatismo, que cada vez hay más.

Sus colegas también dicen que se arriesga demasiado en sus operaciones, que hace una cirugía al límite. No sé si es un elogio o una crítica.

Si lo dice un compañero de profesión, debe de ser malo, suele serlo. Lo cierto es que al final he acabado dedicándome a pacientes que en la mayoría de los casos están al límite, casos muy complejos en los que hay que correr bastantes riesgos, pero son riesgos que explicas al paciente junto con las probabilidades y al final es él quien decide. Pero en primera línea siempre tiene que estar alguien, es la línea que marca lo que es posible o no, y esas personas son las que deciden para bien y para mal, los que se llevan la gloria y las bofetadas.

Usted se ha llevado ya pedacitos de gloria, ¿también le han caído bofetadas?

¡Oh, sí, sí!, bastantes? Afortunadamente, hemos tenido muy pocas complicaciones.

Su primera operación mediática la hizo hace cuatro años. Un brazo amputado a un camionero, mantenido unido a su pierna 'nodriza' durante nueve días hasta que pudo implantarse en su sitio. ¿Cómo está?

Ésa fue la primera de las exóticas, la primera a la que prestó atención la prensa porque las fotos eran muy llamativas, y con esa secuencia era la primera vez que se hacía en el mundo. El paciente está muy bien, el brazo tiene la misma función que si no hubiera ocurrido nada y lo hubiéramos podido colocar en su sitio desde el primer momento. El codo lo mueve bien, tiene una pinza básica, que es lo que se busca en un reimplante a ese nivel.

Segunda operación sonora: primer trasplante bilateral de manos del mundo, a la altura de los antebrazos, a una mujer. Creo que la paciente llegó a su consulta diciendo: "Sé que no se ha hecho antes, pero quiero que me haga un trasplante de manos". ¿Fue un desafío que no pudo resistir?

Un desafío absoluto. Hasta entonces me tentaba muchísimo la idea de hacer un programa de trasplantes de mano, no se trataba de hacer uno para halagar la vanidad, sino de iniciar un programa y poner la experiencia en conjunto con los otros grupos del mundo, media docena, que los ejecutan. No veía el modo de hacerlo en España porque las relaciones de despacho nunca han sido mi fuerte, y Alba fue el estímulo necesario para empezar un océano interminable de papeles y trámites para conseguir que nos acreditaran el programa. Lo conseguimos, la operamos, y tenemos más pacientes esperando. Mi intención es hacer unos cuantos trasplantes.

¿Cómo está la paciente nueve meses después?

Muy bien, lleva vida autónoma completamente, tiene sensibilidad y es capaz de hacer muchas cosas, aunque hay que operarla más veces para mejorar el resultado porque no me conformo, creo que podría quedar mejor.

Estamos acostumbrados a los trasplantes de corazón, de hígado, de pulmón, son vísceras que no vemos, pero ¿cómo se reacciona ante un trasplante de manos, las manos de un ser querido que hemos tocado o nos han acariciado?

De las peticiones se encarga la Organización Nacional de Trasplantes, que hace un trabajo impecable, es modélica en el mundo y funciona como un reloj. Me imagino que las familias son más reacias por varios motivos, porque el hígado o el páncreas no sabe nadie dónde están, y no hay ninguna afectividad asociada a ellos, ni siquiera al corazón como bomba muscular. Sin embargo, con las manos sí, con todas las partes visibles hay mucha emotividad asociada; además, como son trasplantes que todavía son singulares, ocurre que los familiares del donante van a ver al receptor de los órganos de su ser querido.

Pero la ONT establece que los trasplantes sean anónimos.

Sí, pero no se puede evitar que los familiares del donante vean en la tele que se ha hecho un trasplante de manos y piensen que a su familiar, por las mismas fechas, le quitaron las manos? Los trasplantes de manos y cara conllevan una situación con sentimientos muy enfrentados y auténticos, pero tardamos sólo tres meses en encontrar un donante para el caso de Alba. Y desde hace seis meses estamos estudiando otros casos.

Quiere hacer un trasplante de manos sin precedente, a la altura del codo?

Técnicamente, quirúrgicamente, es más fácil que los anteriores, el manejo anestésico y de desangrado es más difícil, la rehabilitación también, y el resultado es mucho peor. Pero una persona que está amputada por debajo de los hombros no puede agarrar nada, hacer nada, necesita ayuda para la higiene y funciones fisiológicas más básicas; entonces el resultado de un trasplante a ese nivel, que no se ha hecho en el mundo, creo que es favorable para el paciente. Tenemos uno, que hace poco perdió los brazos, dispuesto. Pero hay que esperar que pase cierto tiempo, tiene que rehabilitar los muñones y conviene que haya convivido un poco con su estado de amputación para que la comparación no sea con los brazos normales, sino con no tener brazos, porque cualquier resultado de cualquier trasplante comparado con una mano normal es muy pobre, pero comparado con no tener mano es maravilloso.

Creo que sólo ha habido un trasplante de cara en el mundo ?hace dos años, en Lyón, a una mujer a la que su perro destrozó la cara?, pero usted prepara otro.

En realidad ha habido tres trasplantes, dos en Francia y uno en China, del que hay muy pocos datos. En Francia se han hecho dos parciales, el de Lyón y otro en París hace muy poco, un caso magnífico, muy bien ejecutado, y que está yendo bien por ahora. Pero los trasplantes de cara son, de momento, parciales porque nadie se atreve a hacerlos completos.

¿Se puede?

Sí, sí que se puede. El problema es el trasplante que incluye párpados, porque si ocurre alguna complicación con la parte trasplantada que se pierde en el posoperatorio, o al cabo de los años los ojos se quedan sin protección, es un problema muy grande. Y no está claro el bote salvavidas ante una complicación en un trasplante completo de cara. En uno parcial, si ocurre una complicación a largo plazo, se quita y ya está, el paciente se queda más o menos como estaba antes del trasplante. En el caso de un trasplante completo ya estaba muy mal y se queda mucho peor, por eso hay cierto recelo todavía a realizar los que incluyen párpados, incluso por la gente más audaz.

¿Hasta dónde se puede llegar con los trasplantes?, ¿dónde está el límite?

La cirugía de trasplantes de tejido compuesto (CTA) es un terreno que empieza ahora a desarrollarse en el mundo entre siete grupos ?nosotros somos uno de ellos? con trasplantes de mano y cara, pero es un terreno que va a dar pronto muchísimo juego. En estos momentos, el límite no es técnico, ni de donaciones, ni ético, ni de aceptación de los pacientes; la limitación básica para el trasplante de tejidos compuestos es la farmacología. La medicación que hay ahora para evitar el rechazo es mucho mejor que la que había antes, pero te puedes morir de ella, con lo cual el riesgo es alto y sólo se plantean trasplantes cuyos beneficios sean enormes. Pero los tiros de la investigación van por inducir la tolerancia inmunológica, y en unos años habrá resultados importantes.

Cuando una persona se modifica totalmente el rostro, puede buscarse otra identidad, es uno de los motivos por los que se recela de este tipo de trasplante.

Lo que se cambia es la cobertura, el esqueleto se mantiene. Se trata de poner una cobertura de aspecto humano, una cara a una persona que no la tiene. No hace falta ni que se parezca mucho a cómo era antes ni a cómo era el donante, porque sale una cosa intermedia. Se trata de que una persona que no puede verse en el espejo pueda mirarse e interactuar con otras personas sin generar rechazo o miedo horrible.

¿Es su operación soñada?

No es lo que más me gustaría, pero es un reto muy interesante. Habría que pactarlo muy bien con el paciente, tendría que ser alguien a quien compensase mucho correr todos estos riesgos. Estamos en fase de selección para un eventual trasplante de cara. Luego hay otro reto importante, pero socialmente muy difícil de plantear, el trasplante genital.

Usted ha hecho reconstrucciones de pene a varios niños africanos.

Sí, y quedan bastante convincentes, pero seguramente de la otra forma el resultado sería mejor. A tres de ellos se los habían amputado para venderlos y hacer una cocción para curar el sida, los otros fueron por ataques entre rendiles y samburus, que dirimen sus diferencias a tiros o machete.

Recientemente operó a un hombre al que le faltaba la mano izquierda y perdió la movilidad en su lado derecho. Le reimplantó la mano derecha en su brazo izquierdo, después de cambiar de sitio el pulgar. ¿Cómo está funcionando?

Hace tres meses sólo y está agarrando cosas? Hay que tener muy mala suerte para estar amputado de la mano izquierda desde hace 40 años y recientemente sufrir un infarto cerebral del otro lado, con que a efectos prácticos esa persona era un amputado bilateral, como si no tuviera manos funcionalmente. Pero afortunadamente teníamos una mano suya sin control cerebral, pero que parecía razonable cambiarla de sitio, porque en el otro lado tenía una musculatura que podía controlarla. Y eso fue lo que hicimos, y cambiar el pulgar de sitio para que pareciera una mano izquierda. La longitud de los dedos no es la misma, pero está empezando a agarrar cosas. Esta transferencia cruzada de mano supuso al equipo meses de planeamiento y simulaciones en cadáver, es un equipo magnífico.

He leído que en su clínica hace unas 1.300 operaciones al año, eso supone más de tres diarias sin descanso alguno. ¿No son demasiadas operaciones?

Sí, puede ser, descanso muy poco. Trabajo mucho, pero es como los fumadores, lo dejaré cuando quiera y no me trago el humo? Pero es que me han acabado tocando los casos de reciclaje, unos casos muy complejos en los que hace falta ir muy armados. Hay días de consulta en los que digo: que venga alguien a quien se le pueda hacer algo, una persona que tenga algo arreglable? Yo no lo había planeado así, pero al final la vida me ha llevado allí.

Hablando de adónde lleva la vida? Junto con sus hermanos Virginia y Eduardo, arquitectos, ha hecho una fundación médica altruista, la Fundación Cavadas, tras la muerte en accidente de otro hermano. Al parecer, eso cambió sus vidas.

No fue así, la fundación no está tan relacionada directamente con la muerte de mi hermano Jaime. Mis hermanos se han implicado más ahora desde que abrimos la clínica, hemos convergido en el proyecto, pero la fundación ya llevaba algún tiempo.

Pues en algún momento hubo un cambio radical en su vida, vendió el Porsche y empezó a hacer medicina gratis. ¿Qué pasó?

Es cierto que iba ya por el tercer Porsche y estaba pensando en comprar el cuarto, era una pura tontería, vanidades de las que me he curado, bobadas de quinceañero. Es verdad que cuando empecé a ir a Kenia me cambió la vida, hay un antes y un después de África. Había ido a Bolivia con grandes ONG, pero no es lo mismo, es cuando comes donde comen ellos, vives donde viven ellos y estas allí, cuando te das cuenta de que el mundo no gira en torno a la moda de otoño o invierno de unos grandes almacenes, o de la Champions; que el mundo no es eso, que la inmensa mayoría de la humanidad se preocupa de otras cosas. Yo lo he visto y estoy contento. Le debo mucho, personal y vitalmente, a África.

¿Y por qué decidió ir a Kenia?

Me gusta África, me encanta, me gusta mi trabajo y empecé a plantear hacer expediciones quirúrgicas allí. Inicialmente las planteé como turismo-aventura, gran error. A base de ir me di cuenta de que el objetivo de la cooperación humanitaria es otro, que lo importante en esas cosas no eres tú. Y fue un error muy grande, uno de tantos en el que caí al principio. Luego vi que ayudar a alguien a quien no conoces de nada, y que eres la única persona en su vida que le regala algo, es una experiencia que te cambia la vida. Eso fue lo que me cambió la vida, y me deshice de los coches caros, que son carrozas de desfile de carnaval.

¿Cómo trabaja en Kenia y Uganda?

Utilizamos hospitalitos. Hay hospitales que tienen más cosas, otros no tienen nada, son barracones y hay que llevar absolutamente todo. Y en Kenia hemos estado en algunos medio potables para los estándares africanos, eso quiere decir que corren los bichos por el suelo y hay moscas para parar un tren. Y eso que Kenia es de lo más aseado de África. Tenemos contacto con médicos locales que son los que se encargan de ver a los pacientes previamente y dar la noticia de que tal día va un equipo que hará cirugía reconstructiva gratuita. Y ese día hay un aluvión de gente, porque allí la sanidad no es gratuita, y el que no tiene dinero, o se cura o se muere.

¿No le crea cierta esquizofrenia ir de los trasplantes más punteros a una cirugía de campaña?

Encontrar el equilibrio es difícil, pero estoy en fase de encontrarlo, uno siempre muere en ese camino.

Un equilibrio donde la ética parece pesar.

Soy agnóstico por la gracia de Dios, y si hago estas cosas, es por ética de especie. Puedes vivir de espaldas a tu especie, pero hay cosas que no cambian con las culturas, las religiones ni las épocas históricas, y es un ser humano ayudando a otro, y no va a cambiar nunca porque es bueno para la especie, y las cosas buenas para la especie no cambian ni en el calamar. Y eso es ético, honesto, y plausible ahora, dentro de cien años y hace cien mil años: un ser humano que le echa una mano a otro ser humano a cambio de creer hacer lo que toca.

Tener una fundación está de moda, da prestigio, se pagan menos impuestos?

Si yo fuera mi enemigo, lo diría, eso y muchas más cosas. La fundación ha tomado forma con los proyectos africanos, aunque financia una parte de los trasplantes de mano (el de Alba corrió a cargo de la fundación), pero el plato fuerte son aquéllos. Me encantaría ampliarla a otros países, pero los proyectos hay que pagarlos. Cada viaje a África del equipo supone mucho dinero, traerse chavales aquí es muy caro, tengo dos niñas que comen mucho y, básicamente, la mantengo con mi dinero. Me encantaría tener un presupuesto de millones de euros, pero prefiero que crezca sólo hasta donde pueda financiarla, porque se me da muy mal pedir cosas.

¿Se ha llevado a sus hijas a África alguna vez?

Me encantaría que en algún momento se vinieran a África conmigo para que comparen y relativicen, pero todavía son muy pequeñinas.

GLORIA RODRÍGUEZ
GLORIA RODRÍGUEZ

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 29 de septiembre de 2007.

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