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domingo, 23 de septiembre de 2007
Reportaje:

La leyenda negra de los Alba

Cruel y guerrero o un hombre de paz. Las falsas crónicas sobre el tercer duque de Alba han alimentado durante siglos una leyenda negra teñida de sangre y tiranía del que fue general y consejero de Carlos V y Felipe II. Cuando se cumplen 500 años de su nacimiento, uno de sus descendientes escribe en estas páginas acerca de la verdadera historia del personaje, culto y leal a su rey, a quien atribuyeron horrendos crímenes.

A finales de los años ochenta, el maestro Menotti me invitó al Festival de Espoleto para asistir a la representación de una ópera poco conocida de Donizetti titulada Il Duca d'Alba. Donizetti había compuesto su libreto en 1839, inflamado por los aires románticos que soplaban en el ambiente artístico parisiense de aquellos años, y el papel de viejo sátrapa que asigna en esta obra al duque es muy parecido al de Felipe II en Don Carlo, de Verdi. Recuerdo que, en el entreacto, un imprevisible periodista que cubría el evento me hizo la previsible pregunta de cuál era mi opinión acerca del truculento perfil que mostraba mi antepasado en esta ópera. Contesté evasivamente, sin dejar de mostrar mi asombro ante la peregrina posibilidad de que se pudieran tomar en serio unos estereotipos románticos tan anticuados. Fue entonces cuando noté que la gente a mi alrededor me miraba con cierta curiosidad morbosa, y debo confesar que por unos momentos me sentí como un lejano y pintoresco vástago de algo así como el conde Drácula o el marqués de Sade?

Poco importa que la obra de Donizetti estuviera saturada de ese aire sobreactuado y algo cómico que tienen bajo su piel más artística todas las óperas; lo cierto es que un mito popular siempre pervive en el público; incluso en los envoltorios más melodramáticos y artificiales. Así ha ocurrido con la leyenda negra española, que, urdida por los enemigos del imperio justo cuando España ocupaba el lugar más destacado en el mapa político del siglo XVI, encontró su perfecto caldo de cultivo para extenderse por toda Europa.

Felipe II fue un rey inmensamente polémico. La mayoría de sus contemporáneos no le vieron con buenos ojos, y los historiadores que se ocuparon de él posteriormente tampoco tuvieron un juicio benévolo respecto a su forma de gobierno. La leyenda negra concentra en él toda la visión negativa que ha recaído sobre España, y no se puede olvidar que el tercer duque de Alba fue el estratega más poderoso de su complicada y minuciosa política. En 1581, Guillermo de Orange, condenado al exilio y privado de sus rentas debido a la confiscación de sus bienes, publica su célebre Apología. Esta obra acusa al rey de incesto por su matrimonio con su sobrina Ana de Austria, de la muerte de su tercera esposa, Isabel de Valois, y del asesinato de su hijo, el príncipe Carlos, además de hacerle responsable de los cientos de miles de muertes perpetradas en las Indias. En este tortuoso contexto fabricado con fines exclusivamente propagandísticos, el duque es acusado de ser su "perro de presa", que ejecuta y expolia sin descanso. A este libro hay que añadir la publicación de Relaciones, obra sufragada en 1594 por Isabel I, escrita por el intrigante y maligno secretario Antonio Pérez. Ambos volúmenes encienden en Europa un sentimiento colectivo de rechazo hacia España, que, obediente a los intereses de Inglaterra y Francia, se extenderá por todo el mundo protestante. La publicación de nuevos libelos irá afianzando un fuerte antihispanismo en todo el norte de Europa.

La iconografía de la época es una muestra inapelable de este efectivo maniqueísmo canónico. Ahí tenemos, por ejemplo, el famoso cuadro La matanza de los inocentes de Belén, de Pieter Bruegel II, en donde una siniestra figura enlutada de larga barba blanca, muy parecida al duque en el momento de su mandato en Flandes, contempla la ejecución de unos niños traspasados por las lanzas de unos soldados. En otra estampa simbólica se ve al duque sentado en un trono, y a sus pies, los cadáveres decapitados de Egmont y Hornes. Un sátiro con alas y pezuñas le introduce en la cabeza el mal. El duque se encuentra a punto de devorar a un niño, lo cual simboliza un derramamiento de sangre inocente. A su derecha se lamenta un campesino, mientras que a su izquierda, un funcionario español se frota las manos bajo una bolsa de oro que Alba sostiene con ostentación. En otro grabado, el Diablo en persona es quien corona al duque; frente a él hay una apretada masa de encadenados súbditos que le miran de rodillas, y al fondo, una dantesca perspectiva saturada de escenas con torturas y ejecuciones. El recuerdo que ha dejado Alba en los Países Bajos es de temor, y este miedo secular será transmitido a los niños. (De hecho, hasta hace poco se les asustaba con llamar al duque de Alba si no se tomaban la sopa).

No es de extrañar, por tanto, que tantas pruebas enfatizadas de odio, miedo y escarnio tornasen el recuerdo de su mandato en Flandes en algo legendariamente sombrío. Así, bajo el peso de esta imagen teñida de sangre y tiranía, el duque de Alba se convertirá en el chivo expiatorio de toda una época de guerras, revueltas y represión, y se le culpará de todos los males ocurridos durante aquellos años. Más tarde, en las últimas décadas del siglo XVII, arrancará una nueva corriente crítica hacia Felipe II con la reactivación del lobby de historiadores protestantes, que cristalizará en el siglo siguiente con la visión ilustrada que identifica a Felipe II con la Inquisición y el absolutismo más oscuro; terreno perfectamente abonado para que, años después, el frenesí romántico rescate este viejo estereotipo político de la leyenda negra y entone un nuevo y pletórico canto a la libertad. De este modo, en 1778 se publica la Historia de la insurrección de los Países Bajos, de Friedrich Schiller, en donde los flamencos encarnan los ideales de la lucha por la libertad política y religiosa. Posteriormente, en su obra de teatro sobre el príncipe Don Carlos, Schiller sugiere la fantástica hipótesis de que el príncipe fue asesinado por orden de Felipe II a causa del amor que sentía hacia su madrastra, Isabel de Valois. Aunque desde el punto de vista histórico sea una pura fantasía dramática, esta obra dejará una honda huella en su tiempo. Así, unos años después, Beethoven compondrá una obertura dedicada al conde de Egmont, muerto en el patíbulo. Luego vendrá la ópera de Donizetti, el gran do de pecho de 1839, y enseguida, la que será la gran apoteosis literaria del estereotipo romántico: The Rise of the Dutch Republic (1855), del norteamericano John Lothrop Motley; un libro que ha ejercido una pasmosa influencia de más de un siglo en el mundo anglosajón. Y, en efecto, se trata de una vibrante descripción literaria, de tintes épicos, casi de novela gótica, de la heroica lucha del pueblo de los Países Bajos, que para Motley encarna la más perfecta representación de la tolerancia, la democracia y la racionalidad modernas, en oposición al absolutismo católico español, encabezado por un duque y un rey que son el perfecto retrato de la iniquidad humana.

En cualquier caso, es evidente que la tradición iconográfica, biográfica y literaria del tercer duque de Alba ha obedecido a una persistente tendencia a dejarse llevar por ciertos modelos demasiado explícitos y partidistas: una particular simbiosis entre la fuerza legendaria del personaje y la permanente deformación ideológica ha mantenido durante siglos los ojos apartados del verdadero protagonista de la guerra de Flandes. Por suerte, el sentido histórico siempre prevalece y evoluciona ?¿o es el tiempo lo que acaba por poner todo en su sitio?? , y, a mediados del siglo XX, varios historiadores flamencos empezaron a contemplar la dominación española en Flandes de una manera distinta. A medida que los historiadores vieron las cosas con más distancia y pudieron acceder a más documentos, el modelo nacionalista tradicional comenzó a resquebrajarse, y ese periodo histórico pasó a ser estudiado con más objetividad. Los tumultos religiosos y políticos de los Países Bajos ya no se contemplaron como un levantamiento popular contra la opresión religiosa y política española, sino más bien como una guerra civil encubierta, como sostiene el historiador neerlandés Gustaaf Janssens. Por otra parte, hoy se sabe que el levantamiento no se produjo por motivos religiosos, como se ha venido sosteniendo durante siglos, sino por razones puramente tributarias y económicas. Los comerciantes flamencos podían encajar que se ajusticiase a unos rebeldes ?incluso formaba parte de las convenciones de la época?, pero intentar recabar un 10% sobre cualquier transacción, en un lugar tan diligente en el comercio, no sólo era, desde su punto de vista, una medida que inculpaba a todos por igual, sino que además quebrantaba los usos tradicionales del país que el rey de España había jurado respetar.

Sólo la historia contemporánea ha podido tomar el verdadero pulso de los hechos que ocurrieron en Flandes. A partir del momento en que los historiadores tuvieron acceso a más documentación, pudieron acercarse al verdadero perfil del tercer duque. Las casi 3.000 cartas que se conservan de su puño y letra contribuyeron en gran medida a ello. Y, en este sentido, hay que decir que fue mi abuelo materno, Jacobo Fitz James Stuart, uno de los más destacados impulsores de la reconstitución de la verdadera imagen histórica del Gran Duque (como siempre se le llama en España en todas sus biografías y, por supuesto, en familia). Por tanto, el XVII duque de Alba, además de realizar varios trabajos académicos ?hay que aclarar que fue director de la Academia de la Historia?, editó a sus expensas una serie de publicaciones que aportarían una valiosa documentación a los investigadores. Durante años, mi abuelo había ido preparando este copioso material para publicarlo, cuando el trágico incendio del palacio de Liria, en 1936, malogró todos sus planes. Providencialmente, las cartas originales no se quemaron ?como tampoco la mesa de campaña del duque, en la cual bien pudo haber escrito algunas de ellas?, pero pasto de las llamas perecieron la mayor parte de los libros dedicados a su figura que se encontraban atesorados en la biblioteca del palacio de Liria durante casi dos siglos. Entre ellos, mi abuelo quiso rescatar la biografía de Antonio Ossorio, y en 1945 encargó traducir del latín su obra escrita en 1669. Pero, sin duda, su publicación principal son los tres gruesos volúmenes del Epistolario del III duque de Alba (1952), con nada menos que 2.714 cartas, escritas entre 1536 y 1581. Esta obra reúne toda la documentación epistolar que se guarda en el archivo familiar, a la cual mi abuelo añadió todas las cartas inéditas del Archivo General de Simancas, junto a otras más que obtuvo de la Biblioteca Británica de Londres, la Biblioteca Nacional de París y el Archivo Vaticano de Roma.

Para William S. Maltby, este libro ha de ser el punto de partida para cualquier estudio sobre Alba. Maltby se interesó por él mientras escribía The Black Legend in England (1971). Como muchos otros norteamericanos, durante años se había impregnado del antihispanismo que aún prevalecía en películas y novelas de género, hasta que, con gran sorpresa, pudo contrastar este extendido prejuicio con el punto de vista de algunos historiadores serios, que atribuían esta tergiversación histórica a los enemigos de España. Maltby dedujo que había mucho por descubrir sobre el estereotipo que presentaban sus enemigos, y esta idea le fascinó. Pero además había otra cosa: Alba era una importante figura olvidada que urgía rescatar del poderoso influjo de su aura legendaria. Así que dedicó 12 años a la investigación y redacción de este libro, que sigue siendo, sin lugar a dudas, el más completo y profundo estudio histórico sobre el tercer duque de Alba.

Existen en el palacio de Liria tres retratos del duque de Alba muy significativos que me gustaría comentar porque forman una especie de secuencia que resume toda su vida política. El primero de ellos, aunque pintado por el próspero taller de Rubens, es una copia de un cuadro, hoy perdido, de Tiziano. El duque tenía entonces 43 años. Vestido de negro y con el Toisón de Oro en el pecho, esta pintura sabe transmitir todo el carácter de su modelo: altivo, de mirada penetrante, carácter sombrío y enormemente enérgico, y una determinación sin concesiones. En el momento de ser retratado, Alba ya había luchado y dirigido sus ejércitos en las batallas más importantes del siglo. Bajo el mando de Carlos V ha combatido contra los franceses en la batalla de Pavía, contra los turcos en Túnez y contra los protestantes alemanes en Mühlberg. Estas operaciones militares le han reportado un gran prestigio militar en toda Europa; incluso Motley no se atreve a discutirlo. Sin embargo, su genio militar es consecuencia de una inteligencia eminentemente práctica y poco proclive a los grandes gestos: más que tomar parte en batallas espectaculares, volcó todo su talento en la organización de sus ejércitos y en el escrupuloso cuidado de que estuvieran bien pagados, aprovisionados y, sobre todo, bajo una férrea disciplina.

Si algún soldado robaba a un campesino, no vacilaba en ahorcarlo, pues de sobra sabía que con ello estaba evitando la posibilidad de futuros saqueos indiscriminados de las ciudades enemigas, que en ese tiempo eran frecuentemente perpetrados por las tropas indisciplinadas y faltas de sueldo. Para Alba, las campañas debían ser rápidas y efectivas, y tener el menor número de bajas posible. Por eso sus hombres ?con los que mantenía una cercana relación y a los que llamaba "nobles señores" cuando se dirigía a ellos? le querían tanto y confiaban plenamente en su mando. Jamás condujo a sus soldados a ningún sacrificio inútil o mal calculado.

Pero Alba era también un hombre culto. Dominaba el francés, el italiano y, en menor grado, el alemán, lo que le permitía hablar tranquilamente con cualquier dirigente extranjero. Tuvo una estrecha relación en Flandes con Arias Montano y con el aristotélico Juan Vives, gran amigo de Erasmo. Leía a Tácito en latín. Gracias a su abuelo, que reclutó a artistas, músicos y humanistas en torno a su casa, recibió una educación renacentista. Su tutor en letras fue el poeta catalán Juan Boscán, traductor de El cortesano, de Castiglione, y su gran amigo de juventud, con el que cruzaría a caballo toda Europa, fue nada menos que Garcilaso. Como éste, compartió la educación de las letras y de las armas. Aunque su abuelo Fadrique, primo carnal de Fernando el Católico, más que el amor a las letras, que no abandonará en toda su vida, sabrá inculcarle, sobre todo, los antiguos ideales de su sangre, inseparables de la guerra y la fidelidad a la Corona. Este culto caballeresco medieval a la noblesse oblige dejará una profunda impresión en el alma infantil de Fernando, y será su abuelo Fadrique quien le transmita ese terrible sentido de inquebrantable firmeza de todas las actuaciones de su vida.

En el segundo retrato, esta vez ejecutado directamente por Tiziano, el duque tiene ya 56 años. Además de haber sido virrey de Nápoles y gobernador de Milán, es miembro permanente del Consejo de Estado de un imperio en expansión. El modelo tuvo un largo y amistoso trato con el artista. En cualquier caso, la pintura muestra el rostro de un hombre introspectivo, señorial y poderoso, en cuya expresión se insinúa una cierta causticidad, que a veces aflora en su correspondencia. El duque se hace retratar con su armadura de gala, su toisón y su bastón de mando. El lienzo fue pintado tres años antes de su marcha a Flandes. Por tanto, era éste, más o menos, su rostro durante los años más amargos de su vida. Alba había aceptado, de mala gana, el cargo de gobernador de los Países Bajos. Sabía que la situación a la que debía enfrentarse no era fácil, y que el viaje afectaría tanto a su salud como a su hacienda ?durante su mandato en Milán y en Nápoles, la falta de fondos le obligó a vender todas las joyas de su mujer para costear sus gastos?. A pesar de todo, el duque acepta, como siempre, el reto que le impone su rey. Las órdenes que recibe son tajantes: se le otorga el mando militar sobre un país en rebelión, y se le requiere, para poner orden en las ciudades sublevadas, investigar las causas y los autores de esos desórdenes y castigar a los responsables de las revueltas.

Además, se le entrega la jurisdicción civil, con lo cual la regente Margarita de Parma quedaba destituida de su cargo. El duque debía restaurar la unidad religiosa, quebrada por los calvinistas, y, una vez logrado este objetivo, el rey ordenaría el perdón general y entonces podría volver a la corte: nada más alejado de la realidad. En aquella época, la gota le obliga a permanecer tumbado en su lecho durante horas, pero marcha a Flandes dispuesto a cumplir las órdenes del rey, como si se tratara de un voto religioso. Era un hombre antiguo: su mente conservaba una idea ancestral del papel que debía cumplir la aristocracia en el mundo; Dios y el Rey eran sus dos convicciones más hondas. La fe absoluta en el primero le otorgó esa ilimitada resolución que caracterizó todos sus actos. Su fidelidad al segundo será la raíz de toda su tragedia. Atrapado en la retórica de sus ideales, tuvo que defender a ultranza los valores religiosos y morales del hombre antiguo (en los cuales creía hasta la médula) frente a unos nuevos valores religiosos y políticos que nunca pudo comprender. Lo malo de todo ello es que le tocó ser el perdedor. Por eso su severa justicia se recuerda como uno de los primeros holocaustos modernos, y en cambio se han olvidado por completo las terribles represiones llevadas a cabo por los duques de Borgoña o por Isabel I. Como dice Maltby, la razón de ello estriba en que los reos que condenó en su Tribunal de Tumultos se convirtieron en mártires de una nueva nación, "y es sabido que la historia la escriben los vencedores". A pesar de todas las cosas que se han escrito sobre él, no fue un hombre cruel. Ninguno de sus actos violentos fue arbitrario, sino necesario desde su punto de vista. Según un testigo presencial, cuando tuvo que mandar al patíbulo al conde de Egmont, a quien apreciaba sinceramente, derramó lágrimas "grandes como guisantes" mientras contemplaba desde la ventana su ejecución. Además, según sabemos por una de sus cartas, rogó al rey que concediera a su viuda una pensión vitalicia. Lo cual no quiere decir, de ningún modo, que sintiera algún remordimiento por haberle ajusticiado; al contrario, siempre estuvo firmemente convencido de su política, y nunca vaciló en llevar adelante la misión que le habían encomendado. Su error fue presidir en persona la mayoría de los juicios, por no fiarse de los jueces flamencos, y esto hizo que recayese sobre él todo el peso de la represión.

El tercer retrato que quería comentar es anónimo. Los especialistas siguen discutiendo su autoría. En la parte superior del lienzo está escrito el siguiente lema: "Fernandus A. Toledo dux Alva Gubernator Generalis in / Belgio. Aetatis sua 74". En la parte inferior del cuadro aparece la fecha de 1574. El duque murió en 1582 en Lisboa, a los 74 años, así que, una de dos, o bien la fecha es errónea, o bien lo es la edad del lema. En cualquier caso, me inclino a pensar que el duque nunca posó para el pintor y que el cuadro fue hecho de memoria, porque sus rasgos se apartan notablemente de sus otros retratos. Su cara y nariz son más anchas, carnosas y vulgares; su cabeza, bastante más abombada y gruesa, y, además, no aparece como le gustaba ser retratado: luciendo siempre su armadura de soldado, su toisón y su bastón de mando, como sucede en todos sus demás retratos, incluso en los de Key, Moro y Sánchez Coello. Quizá el autor del anónimo pintó al duque un año antes de su muerte, o acaso el lienzo es anterior, y fue ejecutado durante su último año en Flandes por un pintor flamenco, como muestra el estilo del cuadro.

De todos modos, tras su derrota, el duque vuelve a España. Su prestigio ha caído, alimentado por las intrigas de Antonio Pérez y de su bella y malvada enemiga, la princesa de Éboli. Poco después, Felipe II manda encarcelarlo por haber quebrado el estricto protocolo de la corte. Pasa un año en el castillo de Uceda, pero el rey volverá a llamarle para que conduzca de nuevo sus tercios a la conquista de Portugal. Tiene 73 años. Bajo un sol de verano abrasador, se dirige a Lisboa con un ejército de 40.000 hombres. Cada día cabalga ocho horas sin descanso. Al principio, una epidemia de gripe desbarata sus tropas, pero al final del verano ha conquistado todo el país, en sólo 53 días. El duque envía al rey un despacho anunciándole el triunfo: "Dios ha querido conceder la victoria a vuestras armas, por lo cual le doy las gracias y felicito a Vuestra Majestad". Ni una sola palabra sobre sí mismo. Sólo pide una cosa: que le permita volver a sus tierras; pero el Rey Prudente no se lo concede. Viejo y enfermo, otra vez se siente atrapado: es virrey sin título del inmenso Imperio Portugués, pero su situación no puede ser más absurda e ingrata. Su esposa, que por entonces mantiene una estrecha relación con Teresa de Ávila, cae enferma. No obstante, ello no es razón suficiente para permitirle salir de Lisboa. "Los reyes", escribe a un amigo, "no tienen los sentimientos y la ternura en el lugar en donde nosotros los tenemos". Finalmente, en 1582, tendrá la muerte que deseaba: casi en olor de santidad, si hemos de creer los testimonios dejados por fray Luis de Granada.

En contra de lo que dicen los cruentos estereotipos, el tercer duque de Alba es una figura compleja. Por un lado, asume la aureola del héroe al recoger la secreta admiración que siempre se profesa al invicto guerrero. Todo su talante respira el antiguo código moral de la aristocracia guerrera y parece comportarse al dictado de los cinco viejos preceptos de la caballería, que le fueron transmitidos por su abuelo: prouesse, loyauté, largesse, courtoisie y franchise. Pero, al mismo tiempo, cuanta más luz, mayor es la sombra; y finamente entretejidas a sus propios ideales se encuentran las oscuridades más propias del ejercicio del poder: su abuso y, consecuentemente, el inútil derramamiento de sangre. De forma que todos los claroscuros que reverberan a lo largo de su extraordinaria y turbulenta vida están presentes en el magnífico relato que traza Maltby en este libro.

Como dice el estudioso, en la imagen que ha quedado del tercer duque de Alba, el hombre se ha perdido bajo el símbolo. ¡Cuántas veces ocurre esto! Cuántas veces la historia parece ser inequívoca, cuando lo cierto es que la bondad y la maldad, la razón y la sinrazón humanas siempre están incómodamente repartidas. Ésta es su eterna encrucijada; por eso la historia avanza siempre tejida a sus mitos, a sus fantasías ideológicas.

Y por eso, libros como el de Maltby, trabajados sin precipitación y con rigor, nos acercan al verdadero rostro de lo histórico: aquel que muestra el curso de unos acontecimientos que, si bien nunca acabaremos de abarcar del todo, la historia se encarga de escribir y reescribir sin cesar, para iluminar de vez en cuando aquellas zonas que permanecían en penumbra o estaban distorsionadas por los partidismos políticos, que son su maldición.

'El Gran Duque de Alba', de William S. Maltby, se presenta en los próximos días. Inicia la colección Alba de la editorial Atalanta.

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