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domingo, 16 de septiembre de 2007
Tribuna:

Cuando la gente no tenemos razón

El sistema democrático tiene un inconveniente o peligro en el que en los últimos tiempos se está cayendo sin cesar, a saber: su intento de traslación a todos los ámbitos, es decir, también a los que no son estrictamente políticos. Pocas personas refutarían hoy que, aunque imperfecto, es el sistema más aceptable, razonable y justo de darse una gobernación. No tanto porque los votantes acierten en sus preferencias (pocas veces lo hacen, en realidad, y, sin salirnos del presente, no hay más que mirar a los Estados Unidos, a Venezuela, a Irán o a Italia hasta hace nada, que tuvo durante años encumbrado a Berlusconi), sino porque el conjunto de los ciudadanos está dispuesto a aguantarse con los resultados, por disparatados o dañinos que parezcan, a acatarlos y respetarlos. Es decir, lo importante de la democracia no son los gobernantes que de ella emanan (recuérdese que Hitler alcanzó el poder mediante urnas y pactos), sino el acuerdo de la población al respecto: quienes la mayoría quiera que gobiernen, esos gobernarán sin discusión, y los que estamos horrorizados por la decisión de esa mayoría no nos sublevaremos contra ella, sino que nos exiliaremos o tendremos paciencia y trataremos de convencerla de otra cosa en la próxima ocasión. Lo único que la democracia garantiza es esto: a) que se renuncia a la fuerza para la obtención del poder; b) que asimismo se renuncia a la fuerza para echar a un Gobierno, aunque a muchos les parezca que lo ha hecho mal o que es nocivo para el país. Lo que jamás garantiza, y eso lo deberíamos tener muy claro, son gobernantes justos y honrados.

Por eso resulta irrisorio que tantos políticos actuales apelen al origen democrático de su poder como apelaban antiguamente los reyes al supuesto origen divino del suyo (bueno, los reyes y algunos dictadores: no olvidemos que las monedas de Franco lo proclamaban "Caudillo de España por la Gracia de Dios", sin que un solo jerarca de la Iglesia Católica protestara por la usurpación blasfema). Subyace a esa actitud la tergiversadora idea de que "la gente tiene razón", y de que "si la gente me ha elegido, es que soy justo, bueno, honrado y eficaz". Evidentemente, esto no se puede saber de ningún gobernante hasta que ya ha ejercido su poder, y ni siquiera el hecho de verse refrendado por "la gente" en las siguientes votaciones lo hace un ápice mejor. El embustero y cataclísmico Bush Jr fue refrendado, como el dictatorial, golpista y manipulador Hugo Chávez; hacia 1960, Franco, de haber legalizado los partidos y haber convocado elecciones libres, habría ganado éstas de calle, porque la gran masa social española era decididamente franquista, aunque eso quiera negarse y olvidarse ahora; y lo mismo habría sucedido con Castro en Cuba a lo largo de décadas, como ocurrió con Hitler y Mussolini y Perón en su día. Haber sido elegido democráticamente sólo blinda ?o debe blindar? contra un golpe de Estado, contra el derrocamiento violento del gobernante. Nada más. Pero en modo alguno hace a éste bueno. Y para ser ?seguir siendo? verdaderamente democrático no basta con haber sido elegido de ese modo, aunque sea condición necesaria. También hay que gobernar de ese modo, y por eso no he pestañeado al tildar a Chávez de dictatorial, por muchos votos que cada vez obtenga ahora en sus untadas urnas (untadas de petróleo, se entiende).

Sin embargo estas ideas sencillas, que a mi juicio deberían estar claras para todo el mundo, parecen cada vez más difíciles de comprender. Lo que la gente llama "la gente" no por fuerza tiene razón, o la acaba teniendo tan sólo al cabo de mucho tiempo, retrospectivamente, lo cual es como decir que son los nietos de "la gente" los que acaso tendrán razón respecto a la época de sus abuelos ? y, lamentablemente, podrán no tenerla, en cambio, respecto a su presente. Dicho de otra forma: los alemanes de hoy ven el nazismo como un desastre, una equivocación y un horror, pero los alemanes contemporáneos de ese mismo nazismo lo veían como la mayor bendición de su historia; lo cual, por desgracia, no hace mucho más sabios a los alemanes de ahora sobre su momento actual. O, por recurrir a otro ejemplo: casi todos los norteamericanos condenan hoy los excesos y abusos del McCarthismo de los años cincuenta, y en cambio no desaprueban algo mucho más grave que aquello y que se da en nuestros días, el Guantanamismo. Me temo que tendrán que ser sus nietos quienes se avergüencen y escandalicen de que se mantuviera encerrados en un penal fantasma, durante años y bajo tortura, a centenares de presos sin juicio ni acusación, de manera no muy distinta de como el stalinismo tuvo a millares confinados en sus gulags. Bush Jr, el responsable, fue elegido democráticamente (bueno, la segunda vez), pero un lugar como Guantánamo lo desdemocratiza en gran medida. No hasta el punto, desde luego, de que se lo pueda echar por la fuerza, porque la democracia sobre todo consiste, como dije antes, en que estemos todos de acuerdo en que eso no se puede hacer nunca con nadie, mientras el gobernante no se las haya ingeniado para perpetuarse, o para acabar con las elecciones e impedirnos acudir otra vez a las urnas, las únicas que lo podrán expulsar.

(Continuará)

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