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Israel planea cortar la luz y el agua a Gaza en represalia por los ataques palestinos

Más de 60 soldados israelíes resultan heridos por el lanzamiento de un misil desde la franja

Los cohetes artesanales que las milicias palestinas lanzan desde Gaza -69 soldados judíos resultaron heridos ayer, uno de extrema gravedad- provocan irritación creciente en el Gobierno israelí, que sufre protestas continuas de los residentes en las cercanías de la franja y de los partidos de extrema derecha. Ahora se suman las de los padres de los soldados acuartelados en sus inmediaciones. "Tenemos medios que no son sólo militares. Es nuestra obligación adoptar esas medidas", declaró la ministra de Exteriores israelí, Tzipi Livni, en clara alusión a la drástica respuesta que sopesa el Ejecutivo: cortar el suministro de luz, agua y combustible al millón y medio de palestinos que viven hacinados en Gaza.

El ataque de la madrugada de ayer contra la base militar de Zikim, un kilómetro al norte de la franja de Gaza, es el último episodio de una historia sin fin. Aunque no han provocado daños materiales cuantiosos, y las víctimas mortales se elevan a 12 desde el año 2000, el goteo de cohetes Kassam es incesante. Para los vecinos de la ciudad de Sderot y los kibutz aledaños al territorio palestino, la ansiedad es permanente.

Llama la atención que soldados que se hallan en su periodo de entrenamiento básico sean acantonados en una zona tan delicada. Y más aún que durmieran en tiendas de campaña, como los heridos de la madrugada. Ayer, el Ejército transportaba grandes bloques de hormigón para proteger la base. Para los parientes de los uniformados, llegan tarde.

No hay forma de frenar el disparo de cohetes. Ni siquiera con una invasión terrestre en toda regla hay garantías. Sería necesaria una reocupación militar de la franja, pero ésta es una medida descartada tajantemente por el Ejecutivo israelí. El ministro de Defensa, Ehud Barak, afirma que sólo cuando esté desplegado el sistema para interceptar cohetes que desarrolla la industria armamentística israelí, se podrá abortar la amenaza de los Kassam. Pero faltan años para que el sistema sea operativo. Así las cosas, las alternativas se reducen.

El jefe del Gobierno hebreo, Ehud Olmert, convocó ayer al Gabinete de Seguridad y, según varios medios israelíes, quedó descartada una operación terrestre de envergadura en favor del aumento de los ataques aéreos. Pero, en realidad, los bombardeos de la aviación contra milicianos islamistas son vistos como una represalia, pero en ningún caso como un remedio contra los Kassam. Tampoco lo sería la suspensión del suministro de energía eléctrica, agua y gasolina, opción que gana adeptos en el Gobierno.

Dos razones juegan a favor de esta estrategia: por una parte, las tensiones recientes con Siria han hecho que la mayoría de los recursos militares israelíes estén concentrados en el Golán, en el norte; por otra, demostrar a los palestinos la diferencia de trato que implica ser gobernados por los moderados de Al Fatah o los radicales de Hamás, que controlan la franja desde hace tres meses. Ya se han barajado propuestas detalladas: tres horas de interrupción por cada cohete que aterrice en suelo israelí.

El ataque de la madrugada del martes fue reivindicado por Yihad Islámica y por los Comités de Resistencia Popular. La milicia de Hamás se muestra poco activa desde hace tres años porque el movimiento fundamentalista intenta ganar presencia en el campo político. "En realidad no importa qué organización asuma la responsabilidad. Gaza está controlada por Hamás, que tiene la capacidad para detener el fuego y ha decidido no hacer nada", declaró Tzipi Livni. Tiene razón. Hamás no va a mover un dedo para frenar un ataque contra el Estado sionista.

La presión sobre el Gobierno de Olmert es creciente. Los habitantes de Sderot, objetivo preferente de los cohetes, están hartos de promesas. El curso escolar acaba de comenzar y los padres se niegan a llevar a sus hijos a los colegios. Aún no se han fortificado las escuelas, y la semana pasada se plantaron profesores y alumnos en las puertas del Parlamento, en Jerusalén, para dar allí las clases del día.

Es previsible que se sumen ahora los familiares de muchos soldados. Varias docenas de padres de los acuartelados en Zikim acudieron a la base sin esconder su indignación. "Los traéis a Gaza y son patos sentados que no tienen lugar donde protegerse. Mi hijo se esconde debajo de su cama cuando salta la alerta, o le ordenan que se refugie en el comedor o en las letrinas", declaró Benny Cohen, padre de uno de los uniformados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de septiembre de 2007