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Reportaje:

El arte como activismo en la Bienal de Estambul

Ironía y crítica social dominan la cita, que abre hoy con una sólida presencia española

La Bienal de Estambul, abierta desde hoy hasta el 4 de noviembre, celebra sus 20 años de existencia con una edición valiente, que intenta recuperar la esencia y el significado de este tipo de evento artístico, basado en la sinergia y el diálogo con su entorno, sin concesiones al glamour y las dinámicas comerciales. Bajo el título Not only possible, but also necessary: optimism in the age of global war (No sólo posible, sino también necesario: optimismo en la era de la guerra global), su comisario, el chino Hou Hanru (Pekín, 1963), ha reunido un centenar de artistas especialmente comprometidos con la crítica social y el activismo artístico, cuyo común denominador es una visión irónica, a menudo lúdica e incluso positiva de la realidad que les rodea.

Están Cristina Lucas, Fernando Sánchez Castillo, Ramón Mateos y Democracia

El comisario Hou Hanru ha reunido a cien artistas con una visión irónica de la realidad

Para examinar de nuevo "las promesas de la modernidad", Hanru ha emplazado las sedes expositivas en edificios emblemáticos de las diferentes facetas de la modernización de Estambul, donde el utópico proyecto de la revolución republicana se enfrenta a una realidad caótica y cambiante. El único espacio empleado en anteriores bienales, Antrepo, un antiguo almacén del puerto, acoge la muestra principal Entre-Polis, en la que unos 50 artistas exploran los conflictos geopolíticos y las transformaciones urbanas, sociales, económicas y tecnológicas, que mantienen al individuo en un perpetuo estado de incertidumbre e inestabilidad.

Aquí junto al vídeo del perro amanuense que escribe con la lengua textos de las grandes religiones de Peng Hung Chih y a los combatientes adolescentes de los collages digitales hiperrealistas del grupo AES+F (que exponen también en el Pabellón de Rusia de la Bienal de Venecia), se encuentran los cuatro españoles convocados por Hanru.

Los, hasta hace un año, miembros del colectivo madrileño El Perro se presentan por separado: Pablo España e Iván López, bajo el nombre de Democracia, con una foto y un vídeo que documentan la destrucción de un gueto de chabolas; Ramón Mateos, con un vídeo realizado especialmente para la bienal, formado por ocho pantallas en las que otras tantas personas cantan La Internacional en sus respectivos idiomas, generando una cacofonía caótica que es una verdadera pesadilla, incluso para la momia de Lenin, que -desde otra pantalla- no puede evitar mostrar su desagrado. Son vídeos también los de Fernando Sánchez Castillo, que utiliza el sentido de lo absurdo para denunciar la manipulación del pensamiento, y Cristina Lucas, con una animación que materializa los cambios geopolíticos del 500 antes de Cristo hasta la actualidad, un año por segundo. En total son 41 minutos, los mismos que dura la performance, realizada para la inauguración, en la que siete historiadores turcos disertan simultáneamente sobre diferentes acontecimientos mundiales.

Los artefactos, diseminados por las salas, que forman parte del proyecto Ésta no es una bomba de David Ter Oganyan, y los equipos para diversos actos de sabotajes del alemán Nasan Tur, que los visitantes pueden tomar prestados y utilizar para sus propios objetivos y a su propio riesgo, se suman a los detectores de metales y los controles de seguridad, para recordarnos el clima de amenaza constante en que se encuentra sumida la sociedad contemporánea.

Hanru entra en el debate sobre la posibilidad de demoler el Centro Cultural Ataturk, un mastodonte arquitectónico de los años cincuenta, emblema de la nación laica y progresista querida por el presidente Ataturk, más conocido como el padre de la patria, utilizándolo para la exhibición Burn it or not?, en la que 15 artistas reflexionan sobre la arquitectura como reflejo de una época y una sociedad determinadas. Destaca el trabajo fotográfico de Nina Fischer y El Sani sobre la Biblioteca de París, el de Markus Krottendorfer sobre el mítico Hotel Rossija de Moscú y el de Aleksander Komarov sobre el Bundestag de Berlín. La exposición más innovadora y arriesgada, World Factory, se encuentra en el Textile Traders Market, un enorme bazar de la década de 1950, formado por un millar de pequeños comercios. Encontrar los espacios no es fácil, pero ofrece la ventaja de descubrir una realidad de la ciudad completamente ajena al turismo.

Para adecuarse a los ritmos de una ciudad que nunca duerme, hay dos programas nocturnos. Nightcomers es un proyecto de vídeo dazibao (aquellos manifiestos de protesta que los chinos colgaban durante la Revolución Cultural), formado por 150 obras de corta duración, que se proyectan al aire libre en 25 emplazamientos, tanto céntricos como periféricos, de la ciudad. Dream House, abierto los fines de semana hasta la madrugada, es una estructura en la segunda planta de Antrepo, que reúne obras de 10 artistas. Camas imposibles, auriculares para aislarse del continuo ruido de la ciudad y muchos vídeos, además de una vista espectacular sobre el Bósforo y las mezquitas iluminadas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de septiembre de 2007