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Análisis:A LA PARRILLA

El último tabú

Veinte años de plena juventud dentro de una expectativa de vida de ochenta no deberían condensar la capacidad de disfrutar libremente de la actividad sexual. La realidad no es así, porque cada vez son más las personas que buscan parejas eventuales o fijas mucho más allá del límite socialmente bien visto, pero no lo muestran abiertamente. Las efusiones amorosas en público de quienes superan los sesenta años no suelen ser bien aceptadas. En el documental La vida íntima de las mujeres mayores (La 2) se habló del último tabú por vencer en la sociedad actual: sexo y vejez, o simplemente, vejez.

La noche temática dedicó sus reflexiones a estos temas en la madrugada de ayer. Los casos de Betty (empezó a los 69 una relación con un hombre 40 años menor que ella), Frances (encontró el amor de su vida a los 80; dos años después, casi ciega y en silla de ruedas, continuaban cierta actividad sexual) Ellen y Dolores (lesbianas y abuelas, como dos tortolitas) o Harriet (oronda y sexy, a los setenta sigue buscando a hombres más jóvenes) ponían sobre el tapete un asunto del que no se suele hablar abiertamente, como es el del deseo sexual en la mujer durante las últimas décadas de su vida. La edad no necesariamente lo aplaca, en muchos casos sigue siendo un impulso vivo.

En Japón, el país de los viejos, el segundo documental de la noche, se señaló el potencial económico de una proporción creciente de la sociedad en este siglo. Como consumidores pero también como trabajadores. Claro que los japoneses tienen fama de adictos al trabajo, pero los posjubilados que volvían a cumplir con creces sus jornadas laborales decían hacerlo porque no querían estar inactivos y, por tanto, aislados.

El teatro de la vida no acaba donde nos habían dicho. El papel del anciano plantado como una esponja seca ante la tele no es ineludible. El sábado veíamos en un informativo a una española de 93 años que practica a diario el tiro con honda (con gran precisión), también acostumbra bailar en la discoteca hasta la madrugada. Y tan contenta. Hay que cambiar el chip. Ellos y nosotros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 20 de agosto de 2007