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CARTAS AL DIRECTOR

El eslogan de la DGT

"Porque a 130 kilómetros hora no se salva nadie (...). Tú no llevas el coche; él te lleva a ti (...). No corras, a no ser que quieras que hallen tus sesos en la carretera...". Más o menos reza este aviso de la Dirección General de Tráfico, que me parece harto ineficaz.

No por mencionar las truculentas consecuencias de una conducción imprudente han surtido efecto aquellos recordatorios. Hasta la fecha, los desmanes de miles de quienes hacen del auto su medio de aventura salvaje, de escape de adrenalina, priman sobre todo consejo u ordenamiento. La velocidad les excita; parafraseando al doctor Sigmund Freud, digamos que su prohibición les seduce; la consideran, antes bien, como un reto, un estímulo para pisar a fondo el acelerador, riéndose de cualquier advertencia disuasoria.

La campaña última del Ministerio del Interior en relación a la conducción temeraria surte el mismo efecto que las creadas para mermar el número de fumadores (con esas macabras leyendas inscritas en las cajetillas de tabaco): salvo excepciones, siguen sucediéndose muertes en el asfalto y por la succión de nicotina y alquitrán a niveles altos. Y es que la especie humana tiende a transgredir las normas cuya obediencia podría beneficiarle, y asume aquellas que dan con sus entrañas en una cuneta y con sus pulmones en el ataúd. La cuestión es morir como se ha vivido: trágicamente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de junio de 2007