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Auditoría cívica al Gobierno socialista / 1

AL PRINCIPIO de la legislatura, el presidente Rodríguez Zapatero abrazó públicamente la tradición europea del pensamiento republicano (que no tiene que ver con la forma de Estado y la discusión entre monarquía y república), centrado en el concepto de ciudadanía. Asesorado seguramente por su sociólogo de cabecera, el hoy diputado José Andrés Torres Mora eligió como texto de referencia el libro Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno (editorial Paidós), del profesor irlandés de filosofía social Philip Petit.

Petit vino a Madrid a dar unas conferencias y se comprometió con ZP a hacer una auditoría sobre la acción del Gobierno y presentarla al menos seis meses antes de las próximas elecciones generales: la medida en que el programa de gobierno ha sido fiel a los principios republicanos desde un punto de vista filosófico. El profesor ha cumplido y presentó su trabajo en el Centro de Estudios Constitucionales, ante la atenta mirada de su director, José Álvarez Junco, y del director del Centro de Investigaciones Sociológicas, Fernando Vallespín, entre otros expertos en ciencia política.

El republicanismo es un desafío intelectual al neoliberalismo, esta vez no en nombre de la igualdad o de la justicia social, sino de la misma libertad. Acepta las interferencias del Estado si combaten la arbitrariedad

Petit es un buen profesor de filosofía política en Columbia, del que nadie ha dicho que esté en el cénit de la clasificación académica en esa disciplina. Pero entre eso y considerarle un mindundi, como ha hecho la derecha para descalificar su trabajo, hay un trecho. Una derecha que hasta hace poco ponía como luminaria del pensamiento liberal moderno al panfletista francés, recientemente fallecido, Jean-François Revel.

Lo más interesante del republicanismo moderno es que supone un desafío intelectual al neoliberalismo, no en nombre de la igualdad o la justicia social, sino en el de la misma libertad. Y esto es lo que los debeladores de Petit tratan de reprimir con su sarcasmo. Como ha analizado otro republicano fecundo, el profesor italiano Maurizio Viroli, el liberalismo ha hecho mucho en defensa del individuo contra la interferencia del Estado o de otros individuos, "pero ha acogido mucho menos el lamento de aquellos que deben mantener los ojos bajos o bien abiertos para escrutar el humor del poderoso, que en cualquier momento puede impunemente obligarles a hacer lo que él quiera, obligarles a servirle" (Un desafío al liberalismo en nombre de la libertad. Revista de Libros).

El republicanismo es una teoría que asume como ideal fundamental el principio de la libertad, entendida como ausencia de dominación o ausencia de dependencia, y entiende por dominación o dependencia la condición del individuo sujeto a la voluntad arbitraria de otros individuos. En el artículo citado, Viroli pone, entre otros, los siguientes ejemplos representativos: una mujer que puede ser maltratada por el marido sin poder resistir ni obtener desagravio; un trabajador vulnerable ante todo tipo de abusos, mezquinos y graves, por parte de quien le emplea o de un superior; una persona que, necesitada de ayuda financiera, queda a merced del que le presta dinero; un pensionista sujeto al capricho de un funcionario para recibir la pensión que legítimamente le corresponde; un enfermo sometido a la buena voluntad del médico para ser curado; un estudiante que sabe que su carrera no depende de la calidad de sus trabajos, sino de la mayor o menor simpatía del docente; un ciudadano que puede dar con sus huesos en la cárcel al arbitrio de la policía. En ninguno de estos casos puede hablarse de violación o de reducción de la libertad en sentido clásico.

Que el Estado establezca impuestos para asegurar la asistencia sanitaria, las pensiones o una educación universal -es decir, para ampliar la libertad- es para el neoliberalismo más extremo una interferencia arbitraria (algunos lo han calificado de acto de tiranía), mientras que para los republicanos es la más legítima de las interferencias. El neoliberal es feliz cuanto menos interviene el Estado en su vida; el republicano acepta de buen grado las interferencias, incluso si son graves, si sirven para combatir la arbitrariedad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 23 de junio de 2007.