Crítica:Crítica
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Abdicar sin estilo

Dar voz (o subir el volumen en dolby surround) a un prejuicio masivamente compartido puede ser un buen atajo hacia el éxito: así lo experimentaron los artífices del primer Shrek (2001) cuando decidieron convertir un notable libro infantil de William Steig, publicado en 1990, en arma arrojadiza contra el legado moral y estético del imperio Disney. Tachar la obra de Walt Disney de blanda, maniquea y puritana es una estrategia condenada al éxito: resulta bastante más difícil hacer entender al público adulto lo revolucionarias, modernas y sumamente complejas que fueron las aportaciones del padre de Mickey Mouse en el desarrollo del arte animado.

Con todo, Shrek, película que no pasará a la historia del cine de animación, forjó un modelo astuto y eficaz: el espejismo de una película para niños puntuado por ingenuos chistes verdes (o puramente groseros) para padres. Todo ello con el envoltorio de un arsenal de referencias pop diseñado con certero olfato generacional: un masaje de complicidades para quienes vivían la excursión a las salas en compañía de su prole como un tormento privado.

SHREK TERCERO

Dirección: Chris Miller y Raman Hui. Género: Animación. Estados Unidos, 2007. Duración: 92 minutos.

Si Shrek Tercero tiene algún interés es el de poner de manifiesto las debilidades de esta franquicia que, en el fondo, siempre ha estado comandada por estrategas de mercado, técnicos de la imagen de síntesis y doctores de guión, nunca por animadores. El ingenio que recorría las dos primeras entregas parece haberse tomado unas vacaciones anticipadas y la vieja energía visual -que no el genio- ha sido puesta entre paréntesis por algún programa informático empeñado en ahorrar energía.

El mejor diagnóstico de la película lo puede aportar el marcado contraste entre dos de sus presencias secundarias: si, en la segunda entrega, Antonio Banderas ponía voz a un Gato con Botas que dominaba los mejores momentos de la función, aquí la novedad más destacable la aporta un Justin Timberlake que sólo se revela capaz de aportar varios matices de gris mediocridad a su patoso Arturo adolescente.

Shrek Tercero relata los esfuerzos del ogro titular por eludir las responsabilidades monárquicas que caen sobre sus hombros: quizás sea, al fin y al cabo, una película confesional, porque Andrew Adamson (director de las dos primeras entregas) también ha delegado aquí sus responsabilidades. El resultado es una superproducción veraniega que ha preferido rendirse antes que luchar por el reino de la taquilla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 21 de junio de 2007.

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