Desencuentro creciente
Que las relaciones entre la Rusia de Vladímir Putin y Occidente han alcanzado un punto bajo cero resulta evidente. El Kremlin, envalentonado por su condición de nuevo rico energético, considera intolerables las presiones políticas, militares o económicas occidentales o el marcaje de su alarmante desprecio por los derechos humanos. Se puso de manifiesto el viernes en la fracasada reunión Rusia-Unión Europea, una cita punteada por la detención de opositores rusos.
Ni siquiera ha habido buenas palabras en un encuentro monopolizado por la energía y las crispadas relaciones de Moscú con vecinos y antiguos satélites, miembros algunos ahora de la UE. Tampoco se ha acordado un mecanismo de consultas para alertar con tiempo de posibles interrupciones rusas -el mayor suministrador de gas natural del bloque- en la exportación de combustible, como Europa pretendía vista la experiencia de años anteriores. Putin había preparado la reunión con un golpe maestro la semana pasada, al presionar a Turkmenistán y Kazajistán para canalizar sus envíos de gas a Europa a través de Rusia, torpedeando así los planes de EE UU y la UE para poder importar masivamente de Asia central sin la tutela de Moscú. Otros factores de tensión, como las relaciones con Polonia, Estonia o Lituania, países todos a los que el Kremlin somete a diferentes grados de intimidación, permanecen tras el ácido encuentro de Samara en el limbo de un más que improbable entendimiento.
La creciente dependencia energética de Rusia está comprometiendo la capacidad de actuación de la UE y su firmeza hacia Moscú en asuntos cruciales, como el autoritarismo de Putin y su desdén por los derechos ciudadanos. Una situación agravada por la política rusa de dividir a una Europa que percibe como débil e indecisa, ofreciendo acuerdos bilaterales a los grandes para así tener mejor controlados a los pequeños (Hungría, Bulgaria, Letonia) que pertenecieron a la URSS o al Pacto de Varsovia y hoy críticos implacables del Kremlin. Alemania ejemplifica esa ambivalencia europea, atrapada entre su condición de estandarte de la UE y su necesidad desesperada de mantener con Putin buenas relaciones que no hagan peligrar su vital suministro de gas.
Europa y Rusia están condenadas a entenderse. Pero resultaría inadmisible que la UE abdicase de sus señas democráticas para no perjudicar los buenos negocios. La mejor manera para hacer de Moscú un socio comercial fiable es construir una auténtica política unitaria europea frente a las pretensiones de Putin.
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