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Crítica:

Pornografía en sepia

La moderna pornografía infantil de la era cibernética tiene uno de sus precedentes más directos en los inicios de la fotografía. Desde que una imagen se puede capturar con el mayor de los realismos, también se puede aprehender el más sucio de los deseos carnales. Y la pederastia no parece entender de clases. Así se demostró en la Argentina de principios del siglo XX, cuando una serie de asesinatos de niños se demostró vinculada a una red de pornografía con los críos como carne de cañón.

El niño de barro, debut en el largometraje de ficción del habitual realizador televisivo y documentalista gallego Jorge Algora (Camino de Santiago), se inspira en aquellos acontecimientos para componer una correcta intriga dramática en la que destacan el dolor de Maribel Verdú (en la línea sufriente de El laberinto del fauno) y la sobriedad de Chete Lera. Una historia un tanto desperdiciada por el innecesario desvío de la atención hacia territorios esotéricos y adivinatorios que poco ayudan a su credibilidad.

EL NIÑO DE BARRO

Dirección: Jorge Algora. Intérpretes: Maribel Verdú, Juan Ciancio, Daniel Freire, Chete Lera. Género: intriga dramática. España, Argentina, 2007. Duración: 103 minutos.

Retratada a través de una fotografía en tono sepia que se pretende sugerida por la época pero que termina cargando un tanto, la película bucea en algunos de los lugares comunes del thriller americano para después trasladarlos a terreno propio, un Buenos Aires de aire dickensiano en el que la corrupción de las altas esferas acaba teniendo menos presencia de la que debiera. Además, la vía policial no siempre está bien explicada, quizá enterrada por un elemento mágico que, tanto en el fondo como sobre todo en la forma (la escenificación de las crueles pesadillas del chaval protagonista es paupérrima), acaba sepultando las posibilidades de una historia con más atractivo inicial que el que finalmente se plasma en la pantalla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 18 de mayo de 2007