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Reportaje:IV CONGRESO DE LA LENGUA

El ahijado de Kafka

Gabriel García Márquez recibe un múltiple homenaje en el IV Congreso de la Lengua: sus 80 años de vida, los 60 de la publicación de su primer cuento (La tercera resignación), los 40 de Cien años de soledad y los 25 del Premio Nobel de Literatura. Uno de sus biógrafos recuerda los inicios literarios del periodista y narrador colombiano, sus influencias y el valor universal de una obra que cuenta con títulos como El amor en los tiempos del cólera.

Fue en Zipaquirá, mientras cursaba el bachillerato entre 1943 y 1946, cuando empezó con fuerza la vocación literaria de Gabriel García Márquez. El frío y la soledad de los Andes lo convirtieron en un lector insomne y en un hacedor enfebrecido de poemas piedracielistas. Paralelamente, escribió su primer cuento, Psicosis obsesiva, sus primeras crónicas periodísticas y sus primeras prosas líricas, que publicó en la Gaceta Literaria, del Liceo Nacional de Varones, con el seudónimo de Javier Garcés. En El instante de un río, su primera prosa creativa conocida, aparecen ya algunos brotes del mundo de Macondo: una lluvia milagrosa de flores moradas y el manejo del espejo del agua como elemento de transposición poética.

Entre las diversas y fructíferas lecturas de estos años destacan dos: Las profecías de Nostradamus, pues ahí empezó a perfilarse el personaje Melquíades, y las obras completas de Freud, que habrían de influirlo con su estilo narrativo y el tema de los sueños y las pesadillas. Pero tal vez todo hubiera quedado en poco si en 1947, mientras estudiaba primero de Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, no se hubiera topado con La metamorfosis de Kafka, que lo impulsó a escribir su primer cuento, 'La tercera resignación', y el resto de Ojos de perro azul. Más importante aún: Kafka lo retrotrajo al mundo de su abuela, de Aracataca, que es el verdadero cogollo de su destino de escritor. Porque, sin ninguna duda, García Márquez sería un escritor o un hombre distinto de no haber nacido en Aracataca y de no haberse criado hasta los diez años con sus abuelos maternos, Nicolás Ricardo Márquez Mejía y Tranquilina Iguarán Cotes.

Aracataca, la casa natal y los

abuelos son la trinidad decisiva de su destino, pues gracias a estas referencias pudo llegar a concebir gran parte de sus obras, en especial Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, La hojarasca, la mayoría de los cuentos de Los funerales de la mamá grande y buena parte de El amor en los tiempos del cólera.

La Aracataca en la que nació el escritor el 6 de marzo de 1927 era un pueblo de Babel en el que, gracias a la explotación bananera de la United Fruit Company, convergieron europeos, americanos, árabes, judíos y latinoamericanos. Se hablaban hasta tres y cuatro lenguas, se bailaba la cumbiamba con billetes encendidos, se relajaron la moral y las costumbres al son de los salones de baile, los billares y las galleras. En el ocaso de las bananeras, los dirigentes anarquistas dirigieron la gran huelga de los trabajadores que terminó con cientos de muertos en la estación de tren de Ciénaga el 6 de diciembre de 1928. Este hecho marcó la historia de toda la zona bananera, pues la compañía se fue y Aracataca y otros pueblos quedaron en la inopia, mientras en la casona del coronel Márquez y de la abuela Tranquilina crecía un niño que desde la más temprana edad lo oía y lo preguntaba todo: Gabito. Los abuelos no sólo le contaron lo que ocurría en el pueblo, invadido y luego abandonado por la hojarasca de los advenedizos, sino que le siguieron contando sus propias historias y las historias de sus antepasados de Riohacha y Barrancas.

En las caminatas por las calles y las plantaciones de banano, el abuelo lo llevaba de la mano mientras le contaba las historias de sus antepasados, de la guerra de los Mil Días, en la que él había sido coronel, y el nieto podía ver que en sus historias los muertos se morían de verdad, pues era el mundo épico, el de las cosas que pasan. Y la más épica de todas era la historia de Bolívar, de tal manera que el abuelo llevó a Gabito con siete años a que conociera la quinta de San Pedro Alejandrino donde había muerto el Libertador. Por el contrario, en las historias de la abuela y de las tías había una visión intimista, fantasmagórica, donde los muertos seguían viviendo junto a los vivos.

De la relación del niño con

aquella casa llena de espíritus y con sus abuelos maternos, no sólo saldría lo esencial de su mundo literario, sino que ello influiría en la estructura espacio-temporal de muchos de sus libros. Así, por ejemplo, las distintas formas del tiempo en Cien años de soledad, desde el doméstico al psicológico, desde el histórico-legendario al mítico, guardan una profunda filiación en la relación del nieto con la casa, con los abuelos y con la visión que éstos tenían del mundo.

Dasso Saldívar (Colombia, Antioquia, 1951) es autor del libro Gabriel García Márquez. El viaje a la semilla.

Palabras usadas por Gabriel García Márquez en sus obras,hoy en el umbral del desuso:

Atolondrado

"El tiempo aplacó su propósito atolondrado, pero agravó su sentimiento de frustración", en Cien años de Soledad.

Currutaco

"Pensó que Pietro Crespi era un currutaco de alfeñique junto a aquel protomacho", en Cien años de soledad.

Bordonear

"El coronel se sintió impaciente, atormentado por el sopor y por la bordoneante mujer que pasó directamente de los sueños al misterio de la reencarcación", de

El coronel no tiene quien le escriba.

Embrollar

"Pues tan pronto como él cortaba el naipe las cartas se volvían pozos de aguas turbias, se embrollaba el sedimento del café en el fondo de la taza donde él había bebido", en El otoño del patriarca.

Pendejo / Vaina

"Arrastraba sus patas de huérfano desangrándose a gotas de hiel con el orgullo herido por la amargura irredimible de que estas vainas me pasan por lo pendejo que me he vuelto", de El otoño del patriarca.

Trapisonda

"Él puso todo su empeño en enseñarle las trapisondas que había visto hacer a otros por los agujeros del hotel de paso", en El amor en los tiempos del cólera.

Aguaitar

"Gozo del privilegio sacro de escribir en casa, con el teléfono descolgado para que nadie me disturbe, y sin censor que aguaite lo que escribo por encima de mi hombro", en Memorias de mis putas tristes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de marzo de 2007

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