Fallas 2007

Valencia se rinde ante los excesos falleros

Ajetreo, multitud, follón y desborde. Las noches falleras expresan nítidamente el incremento anual del descontrol reinante entre cientos de miles de personas que disfrutan la fiesta. Las calles convertidas en un inmenso botellón callejero que ocupa cada rincón de la ciudad. Esta edición de las Fallas será recordada por el año en el que los vecinos alzaron la voz contra los abusos falleros.

Sin embargo, el reglamento de la fiesta es tan vago que las comisiones tienen difícil violarlo. Prácticamente todo vale.

Con los seis contenedores quemados el viernes ya suman 40 desde que empezó el preludio de las fiestas
El consumo de alcohol se multiplica y la imprudencia en el lanzamiento de peligrosos petardos también
La cocaína forma parte del cóctel en la oscuridad del antiguo cauce del río Turia
El olor del amanecer se tiñe de orín en los portales. Los desperdicios en las calles parecen los restos de una batalla campal
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La presión de los vecinos sufridores sobre la arbitrariedad del comportamiento fallero ha tenido mínimos efectos sobre la responsabilidad. Sólo el apagón escrupuloso de la música a las cuatro de la mañana expresa algo de contención. El ruido protagoniza a todas horas la vida diaria de aquellos que cuenten con una falla bajo su hogar. Sin embargo, son los cientos de miles de visitantes que invaden Valencia los que convierten las noches en una marea ruidosa constante.

Cada dos manzanas un escenario con música, cada año, más potente. Los técnicos contratados por una pequeña falla junto a la avenida de Menéndez Pelayo ajustaban el jueves el sonido del tradicional chunda chunda. "Tenemos tiempo, hasta la una esto no se llena", señala uno de ellos. A las dos de la mañana, atravesar el pelotón humano frente al escenario puede llegar a costar media hora. Una mezcla entre presentador y showman invita a bailar a las falleras desde las tablas mientras David Bisbal hace temblar los cristales de los comercios. El reglamento nada dice de decibelios. A las cuatro acaba el espectáculo. Su público sigue ahí dos horas más.

El olor del amanecer se tiñe de orín en los portales. Los desperdicios, sobre todo botellas, repartidos por las calzadas y aceras parecen los restos de una batalla campal. Los servicios de limpieza de la ciudad apenas llegan a retirar un pequeño porcentaje de las toneladas de basura generada. Algunos contenedores están sepultados bajo las bolsas de basura.

La excepcionalidad de las Fallas permite beber alcohol en la calle. La ley de botellón lo permite. Pero no la venta de bebidas alcohólicas a partir de las diez de la noche en las tiendas. No hay problema. Los comercios incumplen la ley hasta que lleguen los agentes. "Me ha dicho mi jefe que, hasta que llegue la policía, venda todas las botellas que pueda", explica a las 11 de la noche una dependienta de un supermercado. Si la policía obliga a cerrar, tampoco hay problema. La venta ambulante de cerveza es accesible en cualquier sitio.

El centro neurálgico del jaleo nocturno son las verbenas instaladas por las comisiones falleras. La licencia de ocupación de vía pública es aprovechada por algunas fallas para hacer negocio. Siete euros la consumición en la situada en la plaza de Cánovas del Castillo. Los cuatro metros de barra -sólo está permitida esa longitud- estaban abarrotados. Agentes antidisturbios acudieron a desmontar unas barras de la falla de Polo y Peilorón por excederse en la longitud de los mostradores.

En cualquier plaza de la ciudad, las escenas se repiten. Cientos de jóvenes formando grupos alrededor de botellas y vasos de plástico que acaban tirados. El consumo de alcohol se multiplica y la imprudencia en el lanzamiento de peligrosos petardos también. Una serpentina de luces hace saltar a cientos de personas para evitar las quemaduras. El lanzador se parte de risa. La policía local contempla seria la escena. No actúan. Los borrachos, como se llaman ese tipo de petardos, siguen haciendo saltar a la multitud.

Los borrachos no son los únicos ejemplos de mezcla de fuego, noche e imprudencia. La quema de todo tipo de objetos se ha convertido en el deporte más practicado. Los coches y los contenedores arden por toda la ciudad. En la noche del viernes se quemaron cinco vehículos. Se unen a la decena que han ardido en toda la semana. Los recipientes de basura son el objetivo prioritario de los pirómanos. Con los seis quemados el viernes ya suman 40 desde que empezó el preludio de las fiestas hace una semana.

Los jóvenes noctámbulos encuentran en Valencia estos días el parque temático de las copas. La diversión está asegurada para los amantes de la música alta, el baile y el exceso. Pero muchos malinterpretan las virtudes de la fiesta. La cocaína forma parte del cóctel en la oscuridad del antiguo cauce del río Turia.

Una imagen de una céntrica calle de Valencia durante la madrugada de ayer.
Una imagen de una céntrica calle de Valencia durante la madrugada de ayer.JORDI VICENT

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