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Crítica:

Devoto de Lacan

El filósofo esloveno Slavoj Zizek utiliza la obra y las teorías de Jacques Lacan, un intelectual tan admirado como vilipendiado, para renovar el pensamiento crítico.

La obra y la figura del célebre psicoanalista francés Jacques Lacan suscitan tres reacciones características. Están los que piensan que Lacan fue un payaso embaucador. Luego están los que, aun reconociéndole una inteligencia diabólica, fruncen el ceño ante sus extravagancias. Y, por último, están quienes lo veneran como mesías de una comunidad psicoanalítica regimentada con mano férrea por su yerno y albacea intelectual, Jacques-Alain Miller.

VISIÓN DE PARALAJE

Slavoj Zižek

Traducción de Marcos Mayer

FCE. Buenos Aires, 2006

473 páginas. 20 euros

El filósofo esloveno Slavoj Zizek es un devoto incondicional de Lacan, aunque su libertad de espíritu, su heterodoxia y su temperamento intempestivo, le han permitido saltarse la estricta regla escolástica lacaniana. Aunque la mayor parte de sus claves teóricas son en verdad ideas de Lacan, Zizek las instrumenta brillantemente para la renovación del pensamiento crítico. Sus obras suelen ser variaciones de hitos centrales del lacanismo: o ejemplificaciones de las principales consignas y trouvailles de Lacan o desarrollos tangenciales de sus escritos y seminarios en los que el freudismo se enriquece gracias a una estimulante dialéctica con la filosofía, la ciencia, la literatura y la cultura de masas. No hay casi nada original en él, pero el lacanismo ya puede ver en Zizek una tabla de salvación para evitar hundirse en la cerrazón sectaria. Más aún, a diferencia de Lacan, quien en vida se ocupó de pelearse con casi todo el mundo, Zizek polemiza, y hasta se permite ser impertinente, pero evitando beligerancias irreductibles. Su psicoanálisis de la sociedad está constantemente trazando conexiones y alianzas decisivas con Hegel, con Kierkegaard, con Marx y con la nutrida hueste de los filósofos del deseo, sin olvidar las frecuentes referencias demagógicas a la cultura popular, licencia teórica (o poética) que habría horrorizado a Lacan.

El problema es que resulta fácil determinar de dónde sale Zizek, pero no lo es tanto saber adónde va a parar. Buena prueba de ello es este libro, que destaca por la envergadura de su ambicioso programa teórico, cabalmente representado como "visión de paralaje".

"Paralaje" es el aparente desplazamiento de un objeto observado debido al cambio de posición del observador. Como síntoma, es casi un emblema de nuestra época. Aplicada sobre tres dimensiones centrales -la filosofía, la ciencia y la política contemporáneas- su "visión de paralaje" parecería ser no tanto una variante de la inconmensurabilidad, sino un neohegeliano pensamiento de la mediación. Sabido es que el balance de nuestra época posmoderna es que todo pensamiento que se escore hacia alguno de los términos de los muchos binomios que determinan nuestro moderno estar-en-el-mundo -el sujeto y el objeto, la política y la economía, la realidad y la apariencia- conlleva la renuncia a la pretensión totalizadora al tiempo que se condena a conformarse con una unilateral no-verdad. Zizek minuciosamente repasa las tribulaciones de esta manera de pensar, desde la filosofía de la finitud de Heidegger hasta la llamada ciencia cognitiva, sin olvidar el posmodernismo y el sentimentalismo de Lévinas. Se desmarca de las posturas perspectivistas nietzscheanas, se proclama rotundamente materialista y, tras polemizar con algunos próceres del cognitivismo, abre una vía de negociación con ellos (gesto inútil, porque todo hace pensar que lo sacarán con cajas destempladas).

Su trabajo es inabarcable en una breve reseña. Leemos las mismas intervenciones a las que Zizek nos tiene acostumbrados en los medios, a menudo en forma de exabruptos y chanzas, junto a enjundiosos ejercicios de hermenéutica. La novedad es que Lacan, que era hostil a la filosofía, aparece aquí como un filósofo fundamental. No obstante, lo que inspira resquemor es la índole profunda del método de Zizek, desarrollado en forma de paradojas que se explican a sí mismas. Así, al final nada es lo que parece, y lo que parece ser, es. Entre muchas otras sorpresas, sostiene que Hegel era un materialista y Kierkegaard un hegeliano, que el marxismo era un economicismo y que la clave de la libertad está escondida en el genoma, por lo que bien haríamos en reconocer como nuestro prócer moral esa especie de sustracción absoluta que es el Bartleby de Melville. Curiosa dialéctica, diseñada como una cinta de Moebius, con la que nuestro autor toca a las puertas de la filosofía, aunque está claro que esta manera de pensar lo deja fuera de ella.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de febrero de 2007

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