Reportaje:

Así nace un Goya

José Luis Fernández lleva 20 años pariendo estatuillas en su estudio de Torrejón de Ardoz pese a que su autoría se atribuye al desaparecido Miguel Ortiz Berrocal

"No hay un Goya igual a otro", repite con insistencia el escultor José Luis Fernández, por aquello de que no son como las rosquillas. Él es el padre de la estatuilla de gesto adusto que año tras año reparte la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España entre lo mejor del mundo del celuloide nacional.

Fernández no puede reprimir ese aire descuidado y bohemio de los artistas. Es un hombre de aspecto fuerte que nació hace 63 años en Oviedo y al que, a juzgar por las fotografías de antaño, nunca le ha abandonado su perilla. En su taller, situado en Torrejón de Ardoz, se esparcen cuerpos, masas y estatuillas sin orden ni concierto. "Aquí funcionamos como en el Renacimiento. Yo controlo todo el proceso con la ayuda de 10 discípulos, pero las cosas salen gracias al esfuerzo de todos", asegura mientras enseña el vientre de su creación. A 24 horas de la ceremonia del cine español, los 29 Goyas descansan encerrados en sus cajas sobre una mesa y junto a otras figuras en cera y bronce, aún sin tratar.

Más información

"El primer Goya lo hizo el maestro Berrocal [Miguel Ortiz Berrocal, fallecido el 31 de mayo de 2006] y se entregó sólo un año, aunque le siguen atribuyendo la creación", relata el artista como el que cuenta una anécdota. "Es uno de esos tics de los periodistas", matiza. Es tan así, cuenta, que incluso el año pasado le dieron el pésame a su mujer. "No me molesta que me comparen con él es un gran escultor", aclara taxativamente. "Pero mi creación no tiene nada que ver con la suya. Yo me basé en los autorretratos del pintor". Las únicas condiciones que le pusieron para crear la figura es que fuese un busto de Francisco de Goya, que no pesara mucho y que tuviera un tamaño no muy grande para que fuese manejable y fotogénico.

El primer premio de cine que se entregó hace 21 años era también una escultura del genial pintor de Fuendetodos (Zaragoza, 1746). Tenía un tamaño mayor que el actual y pesaba más. El motivo era que contenía un mecanismo interno que cuando se ponía en marcha hacía que saliese una cámara de cine de la cabeza de la figura. Desde el segundo año los premios son obra de José Luis Fernández.

El peso de la escultura, peana incluida, varía entre los 2,5 y 3 kilos. La base sólo pesa 300 gramos. Fernández se reivindica como un hombre que lleva toda la vida haciendo esculturas. "Es muy difícil ganarse la vida de escultor. Es un trabajo de equipo", aclara arrastrando una leve cojera mientras muestra parte de su obra, cubierta de polvo, encerrada en dos habitaciones del taller.

Fernández utiliza la técnica escultórica a la cera perdida que ya empleaban en la Grecia clásica y que se recuperó con fuerza durante el Renacimiento. Se trata de crear una primera figura maciza de la que se saca un molde. De esa matriz se obtienen reproducciones en cera que a su vez sirven para hacer otros moldes de donde nacerán las sucesivas figuras en bronce. La escultura en cera, que ya no es maciza, se encierra dentro de un cilindro metálico y se recubre con caolín. Se introduce durante una noche en un horno para que se seque bien y se elimine la cera. Una vez limpio y seco el molde, se inyecta el bronce fundido a 1.500 grados y se centrifuga para que el líquido llegue a todos los recovecos.

Dependiendo de la cantidad de metal que se eche y de las vueltas que se le dé, su grosor es mayor o menor. El Goya tiene tres milímetros de anchura. Una vez enfriado, se rompe el revestimiento. Se retiran las varillas por donde ha fluido la cera y se limpia con un chorro de arena que saca a la luz su color dorado. Finalmente, se cincela las imperfecciones y se le da una pátina verdosa, "de ácido y fuego" que le da ese color verdoso de carácter envejecido. "Esto no es como los Oscar, que tienen una capa más delgada", media su hermano Enrique, que se encarga de desarrollar toda la parte técnica. El bronce llega hasta su estudio en lingotes de 10 kilos. "Hace dos años el kilo costaba 300 pesetas [1,80 euros], ahora está a 1.500 [9,01 euros]", comenta.

"El valor no te lo voy a decir porque no está permitido", asegura con una amplia sonrisa en una pequeña habitación donde reposa el instrumental, rodeado de un caos de bocetos y figuras. "Todos los años después de la ceremonia me llaman particulares para comprarme uno. Yo siempre les digo lo mismo, que la única forma de conseguirlo es haciendo una película y siendo premiados". Dice que todos los años hace cinco o seis estatuillas de reserva, por lo que pueda pasar y recuerda años en los que le han encargado entre 35 y 40. Nunca se ha fotografiado con los actores ni directores de moda en el momento.

"Soy sencillo. A veces me dan ganas de decirles 'que ese Goya es mío', pero la humildad me lo impide". Pese a que considera la ceremonia de entrega de premios un "coñazo", no ha faltado a ninguna. Y recuerda que sólo una vez ha terminado una figura suya por los suelos del escenario, pero la dureza del metal impidió que pasase nada. Al margen del reconocimiento social que le supone ser el creador de este galardón, para Fernández lo importante es "la labor escultórica de toda la vida", que es lo que le hace ser una de las figuras más destacadas de su generación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0027, 27 de enero de 2007.

Lo más visto en...

Top 50