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Crítica:

La Pasión de Gibson

Mel Gibson demostró hace casi tres años con La Pasión de Cristo que, independientemente de la calidad artística del producto (de todos modos estimable), una película rodada en la lengua original podía abarrotar las salas de todo el mundo sin necesidad de doblajes posteriores para contentar a ese arco de público (y de la industria) que afirma con delectación que no va al cine "a leer". Fiel a sus propósitos y férreo en sus dogmas cinematográficos, Gibson repite experiencia con Apocalypto, rabiosa aunque algo desequilibrada aventura de acción ambientada en la fase final de la civilización maya, hablada exclusivamente en yucateca (una de la veintena de lenguas mayas existentes).

Desde que la notable Braveheart llevara a Gibson al Oscar a la mejor película en 1995, el actor y realizador australiano ha demostrado una radical independencia de las maneras habituales de la industria americana y una casi suicida visión de lo que debe ser un rodaje y una película. A saber: escrupuloso cuidado de la credibilidad ambiental y formal, y cierto deleite en las particularidades que más parecen interesarle de las historias en las que literalmente se zambulle. En este sentido, ya desde Braveheart (con la brutal secuencia del martirio del héroe), Gibson parece regodearse en el sufrimiento y en los aspectos más violentos de sus películas. Así, si las andanzas del libertador escocés eran una de Disney comparadas con la brutalidad visual del vía crucis de Jesucristo, esto no es nada si se confronta con la fascinación que parece sentir Gibson por el lado más salvaje de la civilización maya.

APOCALYPTO

Dirección: Mel Gibson. Intérpretes: Rudy Youngblood, Dalia Hernández, Jonathan Brewer. Género: drama de aventuras. EE UU, 2006. Duración: 139 minutos.

Basada en la frase del historiador Will Durant "una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro" (interpretación que sin duda dará lugar a ciertos paralelismos con el mundo contemporáneo), Apocalypto cuenta las permanentes luchas de los pueblos mayas hostiles entre sí, situación que provocó que la conquista española se produjera con mayor facilidad y se consumara a finales del siglo XVII. De modo que los sacrificios humanos de prisioneros de guerra y de esclavos, a los que se les extirpaba el corazón y decapitaba, así como la brutalidad de las batallas (demasiado alargadas sin lugar a dudas), son mostradas por Gibson con tanto realismo como fruición. Si la obsesión del director por escupir primeros planos sangrientos es innecesaria o imprescindible deberá juzgarlo el espectador, pero lo cierto es que Gibson no engaña a nadie ni se está inventando nada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de enero de 2007