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Reportaje:

La plaga que llega del cielo

Los expertos abogan por palomares en las afueras para reducir los efectos dañinos de estas aves en las ciudades

En Hinojosa del Duque (Córdoba) los sacerdotes de una de sus parroquias están hartos de echar gatos a sus tejados para ahuyentar a las palomas. Las mismas que han horadado las fachadas de sus templos con sus excrementos y picoteos. En La Línea (Cádiz) una normativa impide a sus vecinos echarle de comer a estos animales. La lucha contra la excesiva población de estas aves en la ciudades contrasta con la pasión con la que las defienden los colombicultores, que las cuidan y compiten con ellas, y los ecologistas que alertan de que el exterminio generalizado puede acabar con las diferentes especies. Unas jornadas en Cádiz enfrentaron ayer a ambos bandos.

El área de Medio Ambiente de la Diputación, aficionada a plantear debates sobre asuntos de candente polémica, congregó el interés de un centenar de asistentes procedentes de toda España. Veterinarios, ecologistas, representantes de administraciones, empresarios antiplagas o estudiantes se reunieron para hablar sobre palomas y sus efectos en las ciudades.

Para muchos ayuntamientos la excesiva población de estas aves se ha convertido en un verdadero problema. El arquitecto José María Esteban certificó que las palomas destrozan el patrimonio histórico, además de afear las calles y edificios con sus excrementos. "Es algunos lugares es algo muy preocupante porque el daño se hace irreversible", explicó.

Las administraciones locales acudieron ayer a las jornadas interesadas en conocer remedios para acabar con ellas. Muchos de los expertos congregados abogaron por la creación de palomares en las afueras que atraigan a las aves y las alejen de los inmuebles principales. "Es una solución menos traumática", respaldó Esteban. Pero sobre la mesa se dejaron otros métodos mucho más rápidos y expeditivos: jaulas, redes, cebos venenosos. Empresas especializadas defendieron la necesidad de acabar con estas plagas por ser estos animales "portadores de enfermedades", algo que, según los veterinarios, se evitaría con una población controlada y bien alimentada.

Las jornadas cobraron tensión con la ponencia de la ecologista Purificación González de la Blanca, quien no dudó en comparar el exterminio nazi con los sistemas para acabar con las palomas. "Son símbolos de paz y estas empresas representan la guerra", aseguró en su discurso, que generó la desaprobación de parte del público. El veterinario y colombicultor Manuel Lavín se encargó de repasar la historia de estas especies y defender la necesidad de su supervivencia. Para convencer, trató de llegar al corazón con la fotografía de Marta, la última paloma viajera, cuya muerte 1914 puso fin a una especie. "Si siguen exterminando sin control, corremos el riesgo de que ocurra lo mismo".

Las jornadas se celebraron en el Palacio Provincial, un edificio del siglo XVIII, restaurado hace escasos años para recuperarse, entre otras cosas, de la visita continua de palomas a sus fachadas. Ahora ya está preparado. Mientras en su interior se debatía entre el control y el respeto por las aves, en sus ventanas toda una fila de afilados pinchos metálicos impedía que ninguna paloma se posara en sus cornisas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de enero de 2007