Héroes anónimos

Un fotógrafo secuestrado en Gaza, pescadores en aguas de Malta rescatando inmigrantes a la deriva, un escalador jugándose la vida para intentar salvar a un camionero en llamas, una cooperante tiroteada en Chad… Personajes anónimos que se han convertido en noticia. Éste es el relato de sus hazañas

Su lucha logró que el Gobierno y la Junta de Andalucia anunciasen la expropiación del terreno del macrohotel de El Algarrobico, en Carboneras (Almería).
Su lucha logró que el Gobierno y la Junta de Andalucia anunciasen la expropiación del terreno del macrohotel de El Algarrobico, en Carboneras (Almería).

Minerva Aragón 30 años. Integrante de la asociación Amigos del Parque Natural del Cabo de Gata.

"No pensábamos que pudiéramos parar las obras"

Su lucha logró que el Gobierno y la Junta de Andalucía anunciasen la expropiación del terreno del macrohotel de El Algarrobico, en Carboneras (Almería).

En una playa de arena gruesa y piedras, en el Parque Natural del Cabo de Gata, se levanta como un gigante el hotel de 20 plantas de El Algarrobico, una mole blanca convertida en símbolo de la contestación civil contra el urbanismo salvaje. Junto a esta construcción sin terminar, Minerva Aragón, de 30 años, parece insignificante. Sin embargo, ella y otros como ella son justamente los que han conseguido vencer a este Goliat. "La verdad, ni siquiera nosotros mismos pensábamos que pudiéramos parar las obras. Muchos decían que había mucho dinero detrás", comenta esta integrante de la asociación Amigos del Parque Natural del Cabo de Gata.

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Desde que hace cerca de tres años alguien se preguntase en Carboneras (Almería) cómo podía estar construyéndose un macrohotel de 411 habitaciones en este espacio protegido, han sido muchos los ciudadanos, asociaciones y grupos ecologistas que han contribuido a que hoy se esté a la espera de su anunciada demolición. Pero, en realidad, muy pocos de ellos son del propio Carboneras, donde la mayoría de los vecinos defienden el hotel como fuente de empleo y riqueza. Minerva sí vive aquí y por eso alguna vez la han insultado por la calle. "Yo estoy con mi pueblo y, si se necesitan hoteles, creo que se deben construir; eso sí, en suelo urbano y cumpliendo la ley", comenta esta licenciada en Ciencias del Mar a quien desde hace un tiempo le cuesta encontrar trabajo.

Cuando era pequeña, Minerva solía acercarse en primavera con su colegio a esta playa de El Algarrobico para golpear a la vieja remolona. Era tradición que los niños de Carboneras apalearan a este muñeco vestido de negro hasta destrozarlo y sacarle de dentro todos sus caramelos. Ahora, Minerva contempla lo que los mayores han hecho de forma parecida con uno de sus paisajes favoritos. Y no puede estar callada: "Debe de ser por mi educación; me han enseñado a ser crítica. Por eso creo que esto no es progreso". Una visión compartida por el Observatorio de la Sostenibilidad en España, donde alertan de que, de 1987 a 2000, el último periodo del que se tienen datos, el territorio cubierto por hormigón, ladrillo o asfalto en el país creció casi un 30%.

"Te sientes muy sola". Esta carbonera asegura que, aun así, ella no ha tenido tantos problemas como otros que también han alzado la voz en Andalucía, Murcia, la Comunidad Valenciana, Madrid... Insultos, amenazas, coches destrozados, carteles contra ellos o juicios son parte del calvario que sufren muchos denunciantes de los planes urbanísticos desmedidos. Es el caso de Julio Cachofeiro, al que escribieron con pintura en la fachada de su chalet: "Rascafría puede vivir sin ti", "Rascafría tiene que crecer", "Vete si no te gusta el plan". Después le rompieron el buzón y rajaron las cuatro ruedas de su coche. TEXTO Y FOTOGRAFÍA: clemente álvarez.

Emilio Morenatti 37 años Fotógrafo de la agencia Associated Press Ha cubierto conflictos armados internacionales.

"Pretendía pasar 2007 en Gaza. Allí se cuece todo"

El periodista fue secuestrado el 24 de octubre durante 15 dramáticas horas en la franja de Gaza.

Jamás olvidará Emilio Fernández Morenatti el pasado 24 de octubre. Fotógrafo de la agencia estadounidense Associated Press, sufrió ese día un secuestro de 15 horas en la caótica Gaza. Ahora está deseando volver, pero su empresa no autoriza el regreso por la inseguridad reinante. "En un curso de corresponsales de guerra que hice en Londres se practicaba un simulacro de secuestro. No tiene nada que ver con la realidad", afirma Morenatti. "Pretendía pasar todo el año 2007 en Gaza. Allí se cuece todo", dice, lamentando no poder volver.

Nació en Zaragoza en marzo de 1969, pero a los pocos meses su familia se trasladó a Jerez. Luego vinieron sus viajes a Malaui, Irak y un trabajo de 14 meses en Afganistán. Desde marzo de 2005 vive en Jerusalén. Su bautismo de fuego tuvo lugar en una de las regiones más conflictivas del mundo. "Estuve 23 días empotrado con los soldados estadounidenses en la región afgana de Baqtia, junto a la frontera de Pakistán. Lo pasé mal, con soldados a los que no entendía porque mi inglés era de Jerez. Si vas con Associated Press, no te puedes volver atrás".

Todo empezó cuando Morenatti, de bisabuelo napolitano, era un quinceañero. Su padre compró una ampliadora en blanco y negro para su hermano Miguel Ángel, dos años menor. Emilio comenzó a trabajar para el diario El Guadalete. "Pedía a mi padre, inspector de policía, que me avisara si pasaba algo. Pero la competencia siempre llegaba al mismo tiempo". Y ¿cómo no? Quien impedía que algunas de sus fotografías fueran exclusivas era su propio hermano, empleado entonces en el Diario de Jerez. El inspector siempre llamaba dos veces.

Morenatti se trasladó a Sevilla para cubrir la Expo 92. No había cumplido aún los 21 años cuando le concedieron el Premio Andalucía de Periodismo. Un año después entró en la agencia Efe, donde trabajó hasta 2003. Entonces llegó el espaldarazo. Cubrió el conflicto de la isla Perejil, AP le hizo una oferta y Efe le concedió la excedencia.

Si los riesgos inherentes a su profesión le resultan soportables, no llevó tan bien el ajetreo que se organizó tras el secuestro en Gaza. "Me han llegado hasta propuestas de matrimonio". Ahora está indeciso. Añora Gaza; y si no, no hay más que remitirse a los números. En pocos lugares puede un fotógrafo de AP enviar 1.700 fotos al año para ser distribuidas por todo el mundo. "Gaza es un lugar muy agradecido", sentencia.

Por Juan Miguel Muñoz.

Vicente Sánchez 28 años Secretario de salud laboral en el sindicato Comisiones Obreras.

"Quiero que acabe el año. Volver a mi vida normal"

Arriesgó su vida por salvar a un hombre de un camión en llamas en junio. Dos meses más tarde, él sufrió un accidente de escalada en el Pirineo francés. Tres gendarmes acudieron en su ayuda. Se ha convertido en un rescatador rescatado.

Si usted es de los que creen que existe una cierta justicia en el universo, un orden que propicia que lo que uno da, el cosmos se lo devuelve, esta historia alimentará su fe. Vicente intentó salvar, y poco después fue salvado. Quiso liberar de las llamas a un conductor cuyo camión se acababa de precipitar 30 metros desde un puente, y no dudó un instante en poner en juego su propia vida. Dos meses después caía 25 metros en una pared del pico más alto del Pirineo francés y se partía el tobillo: a los 40 minutos apareció un helicóptero y tres gendarmes lo rescataron.

Cae la tarde sobre el barrio de Usera (Madrid) y Vicente aparece, con barba a lo Che Guevara, chaqueta de pana y bastón. "Parezco el doctor House", bromea. Desea que acabe 2006. El año en que su rostro saltó a la primera página del periódico.

Día 16 de junio. Término municipal de Cabanillas de la Sierra (Madrid). Vicente regresa con su amigo Ramón del pico de la Miel cuando un camión cae por un puente en el kilómetro 55 de la

A-1. Camión en llamas, dos brazos que piden ayuda desde la cabina, Vicente saca a Rubén, lo carga sobre sus hombros, intenta reanimarlo. Rubén, camionero de 23 años, fallece en poco minutos.

Día 29 de agosto. Pico de Vignemale, en los Pirineos franceses. Vicente cae de espaldas 25 metros en presencia de su amigo Xavi. Tiene un pie roto a la altura del tobillo, el codo inflamado, los dedos quemados del roce, no puede moverse, no hay cobertura de móvil. Se le ocurre utilizar la manta térmica para hacer señales de humo. Los destellos alertan a un hombre en un refugio. A los 40 minutos llega un helicóptero al rescate. "En ese momento lloré. Era la alegría de la solidaridad humana". Dos días en el hospital, repatriación en ambulancia, fractura de astrágalo (un hueso del tobillo), seis semanas sin poder andar y cuatro meses de baja.

Vicente tiene 28 años y dos pasiones: la montaña y el sindicato. Trabaja como secretario de salud laboral de la Federación de Construcción de Comisiones Obreras. En pocos días comenzará la obra de la casa que se acaba de comprar, en Carabanchel. "En marzo seré carabanchelero, como Rosendo y Marcelino Camacho". Tras su hazaña recibió la medalla de oro al mérito ciudadano (concedida por la Comunidad de Madrid) y la medalla de oro al mérito de la seguridad vial (Ministerio del Interior). "Quiero que acabe el año. Volver a mi vida normal, sin sobresaltos".

Durante su convalecencia, Vicente apuntó las cinco cosas que haría al recuperar la forma. Una de ellas, volver a Vignemale. "No soy un temerario. Pero me gusta la montaña, el vencerse a uno mismo". Aunque su madre le diga que a este paso llegará a viejo antes de tiempo, Vicente volverá a ese pico francés. "Pero iré cuando haya hielo".

Por Joseba Elola.

Silvia Gaya 37 años Cooperante internacional del Fondo de las Naciones Unidas para la Ayuda a la Infancia (Unicef).

"Perdonadme por no terminar mi trabajo"

Trabajaba con los más desfavorecidos en los campos de refugiados de Chad, junto a la conflictiva región sudanesa de Darfur, cuando fue tiroteada. La cooperante estuvo a punto de perder un brazo. Pero ahora cuenta en primera persona que está deseando volver a continuar con su tarea.

Cuando llegué a mi casa en Abeché, me di cuenta de que estaba sola. Tuve miedo y mi sentido común me llevó a proponer a un colega de Oxfam que viniera a dormir ese fin de semana a casa para protegerme si la asaltaban o si los guardianes decidían hacernos algo. Así que cogí el coche y fui a buscarlo. Eran cerca de las 18.45 cuando paré con el coche delante de la puerta de Oxfam. Y allí empezó la pesadilla. Vi al joven que me apuntaba con un Kaláshnikov para robarme el coche. Casi pierdo mi vida, un brazo y toneladas de ilusión por el ruido metálico de un Kaláshnikov.

No tuve miedo hasta que me disparó por primera vez. Luego sentí pánico. Tenía la certeza de que nadie vendría a salvarme y estaba segura de que volvería a tirar. Y así fue: la bala del segundo disparo entró por la espalda y salió por el brazo, reventando el bíceps, la arteria humeral y el húmero, y seccionando algunos nervios. Luego abrió la puerta, me arrastró y cogió el coche de Unicef (claramente identificado). Se largó, dejándome en un charco de sangre. Mi brazo estaba todavía unido por un trozo de carne a mi cuerpo. Empecé a gritar ayuda a Oxfam GB y enseguida me asistieron.

Mikha me sostenía dentro de un coche y Dieudonné practicaba un torniquete salvador. Llegamos a la base militar y Mikha repetía: "¡Silvia, aguanta! ¡Eres muy fuerte y te queremos mucho!". Yo gritaba que, por favor, no me dejaran morir ni que me cortaran el brazo. Me quedaba mucho trabajo por hacer todavía. "Por favor, prometédmelo, no me dejéis morir. Mi brazo, mi brazo…". Un joven con turbante de apenas 15 o 16 años, con la mirada perdida por las drogas y armado con un Kaláshnikov, me destrozaba la vida. Ahora que disfrutaba dando una respuesta humana ante el sufrimiento de tanta gente. Yo sólo pensaba en la injusticia de morirme ahora.

Ya en la base militar francesa me retorcía de dolor y pedí que me durmieran. Aquello era insoportable. Tuve lucidez para pedir que no llamaran a mi padre, enfermo de corazón. Y para decir que yo era O Rh-. Llegaron Bechir, responsable de Unicef en el este de Chad, y Claire, responsable de UNHCR en la misma zona. "Perdonadme por no acabar el trabajo con los desplazados".

En la base de Abeché decidieron evacuarme de urgencia a N'Djamena con un avión de UNHCR. Dieudonné siguió haciéndome el torniquete durante siete horas hasta que fui asistida por los médicos de l'armée française en N'Djamena. Ellos también hicieron lo posible y lo imposible por salvar mi vida. Otro avión de la armada francesa salió de París para buscarme. Mi muerte parecía inevitable.

Todo el mundo me miraba con curiosidad cuando yo decía que me encantaba estar en Chad, el entorno más duro y difícil que he conocido. En una especie de programa de urgencia para cinco millones de habitantes sumidos en la extrema pobreza. Yo era responsable en el este de Chad de los proyectos de agua potable y saneamiento de Unicef, tanto en los campos de refugiados sudaneses como en los pueblos. También era la responsable de implantar acciones integradas en las escuelas para cubrir las necesidades de los niños y niñas en muchos ámbitos (salud, higiene, educación, protección, acceso a agua, nutrición…). Queríamos extender ese modelo. Un trabajo de emergencia, entre los 220.000 refugiados de Darfur, las crisis periódicas de cólera y hepatitis E, y los desplazados de los pueblos de la frontera, atacados por janjaweeds procedentes de Sudán. Casi 60.000 desplazados vivían bajo los árboles, a 50 grados o más. Sin nada que hacer ni comer.

Empezábamos a ser un equipo. Bechir nos unió y empezó a sacar lo mejor de cada uno de nosotros. Teníamos un programa para todo el este de Chad, diseñado con el apoyo de los responsables de la oficina en la capital, N'Djamena. Yo era feliz allí. Trabajaba día y parte de la noche con el único descanso de media hora para hacer footing con Jasmine y Fernando en la base militar francesa, el único lugar seguro. Las Naciones Unidas empezaron a evacuar gran parte de su staff internacional. Sólo en el este de Chad, 200 personas -entre ONG y personal de Naciones Unidas- fueron trasladadas a Camerún. Yo estaba en las listas de evacuación, pero insistí en quedarme para dar agua a los desplazados que llegaban a Goz Beida. Encontrar agua en Chad es muy difícil. Y sólo éramos dos expatriadas de Unicef: Paola, responsable de la suboficina en funciones, y yo. A pesar de los pocos que estábamos en Goz Beida, conseguimos que todas las agencias de Naciones Unidas y ONG interviniéramos conjuntamente.

Tras mi percance, días después de un coma inducido, vi la cara de mis padres y mis hermanos. Mi brazo todavía corría peligro, pero había salvado la vida. Después de seis meses en los que pasé 17 veces por el quirófano y perdí todas mis fuerzas, conservé mi brazo y las ganas de seguir luchando.

Han pasado siete meses y sigo en Percy haciendo la rehabilitación de mi brazo. Pero no he perdido mi pasión por trabajar en África; por trabajar en Unicef por los derechos de millones de niños y niñas olvidados en su miseria diaria. He ganado mucho: el apoyo de toda mi familia, de montones de amigos que vienen a soñar conmigo. Soñar que otro mundo es posible. Soñar que todo nuestro esfuerzo vale la pena y tiene un impacto en esos niños. Y que a pesar de las dificultades, siempre habrá una chispa en sus ojos y millones de sonrisas.

Por Silvia Gaya.

Tripulación del 'Francisco y Catalina': R. Marcote, J. Durá, A. Baeza, J. Valero, B. Molina, J. N. Antelo, J. Toba, J. P. Lafuente, A. Domínguez y M. P. Vallón.

"Hicimos lo que nos salió del corazón"

Rescataron a 51 inmigrantes de una patera a la deriva, sin comida ni agua, el 14 de julio en el mar de Malta, a 100 millas de la costa. Desde entonces, la tripulación del 'Francisco y Catalina' no ha cesado de recibir premios y condecoraciones.

"José me dice: 'Tú estás en tierra y yo en el mar; si pudiera iría yo… Pero no lo tengo tan claro", bromea Pepi Irles. Ella es la mujer de José Durá, de 40 años, patrón del Francisco y Catalina y natural de Santa Pola (Alicante). Se ha convertido en una especie de representante en tierra de la popular tripulación, que pasa apenas 50 días al año en casa. Pepi recita de carrerilla los trofeos de la odisea: "La medalla de oro de la Cruz Roja, la del Mérito Civil...". La lista es interminable.

No es que no estén agradecidos; es que no comprenden el revuelo provocado por un rescate que ellos siguen atribuyendo al código del mar, que obliga a socorrer al que está en peligro. "Sea blanco, negro, vaya en yate o en patera", aclara Jaime Valero, el cocinero del barco. "No somos héroes: somos pescadores de gambas", insiste Bautista Molina, el segundo patrón. "Hicimos lo que teníamos que hacer, lo que nos salió del corazón", añade José Durá. No consideran como proeza los siete días y medio de espera que pasaron con 51 inmigrantes a bordo. Paralizados por el sol abrasador, la falta de espacio y una patrullera maltesa que no les dejaba arrancar el motor, llegar a puerto y desembarcar a los náufragos. Mientras media docena de países echaban un pulso diplomático y regateaban el número de sin papeles de los que se iba a hacer cargo. España acogió a 29 de ellos.

"Sabíamos que sería un problema, aunque no tan complicado", recuerda José Durá desde el barco. Ahora está de nuevo pescando en aguas de Malta. Cada día sin pescar suponía unos 6.000 euros de pérdida -el consejero de Agricultura y Pesca, Juan Cotino, les prometió una ayuda de 50.000 euros. "Pero nos dicen que Hacienda aún no ha abierto la caja", afirma Pepi-. Podrían haber pasado de largo, como otro barco maltés que ni siquiera llamó a las autoridades del puerto. Pero desde el Francisco y Catalina vieron agitarse sobre la patera aquellos brazos, incluidos los de una niña de dos años, y los acogieron en su pequeña embarcación.

La tripulación se organizó como pudo para convivir con 51 náufragos. Hace poco, algunos de ellos que ahora viven en un centro de acogida de Sevilla y aprenden castellano visitaron a la tripulación en Santa Pola. Jaime Valero, el cocinero, confiesa que les preguntó si habían comido bien en el barco. Le contestaron, entre risas: "¡Mucho mejor que en el centro!". Durá, el patrón, concluye: "De lo que más satisfecho estoy es de haber visto que ahora están bien y que les hemos dado una oportunidad. Lo demás queda para recordar entre nosotros algún día, cuando estemos en el mar, y sentirnos bien".

Por Natalia Junquera

María José Alonso 48 años Catedrática de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Santiago de Compostela.

"La financiación para investigar es todavía escasa"

Ha sido elegida por la Fundación Bill y Melinda Gates como un 'cerebro con corazón'. El matrimonio filántropo ha galardonado sus investigaciones para el suministro de la vacuna contra la hepatitis B a los habitantes más desfavorecidos del planeta.

Su padre tuvo que leerle la cartilla en primero de bachillerato. Con 10 años, esta hija de tenderos de Carrizo de la Rivera (León) suspendió todas las asignaturas. Si sus padres hubiesen sabido entonces el futuro académico de su pequeña, no se habrían inmutado. Pasados 35 años de aquello, esta catedrática de Farmacia, fascinada de pequeña por la botica de su pueblo, trabaja hoy en el diseño de una vacuna especial contra la hepatitis B en la Universidad de Santiago de Compostela. Para sanar a los países más pobres del planeta. María José Alonso indaga la solución en las nanopartículas, unas pizcas de materia que miden la millonésima parte de un milímetro.

La Fundación Bill y Melinda Gates ha elegido este año a la profesora Alonso para trabajar en el programa científico para curar los graves problemas de salud que matan al Tercer Mundo. Ella y su equipo compostelano se exprimen las neuronas para que la vacuna de la hepatitis B pueda ser suministrada por la nariz gracias a las nanopartículas. Las jeringuillas en esta parte del planeta son un peligro.

La profesora Alonso conoció las nanopartículas en la Universidad de París Sur. Corría la década de los ochenta y la investigación en España estaba en pañales. La aguerrida berciana volvió a Compostela, con el profesor José Luis Vila Jato. Considera que la investigación científica en España ha progresado desde la transición de forma "espectacular"; pero recuerda que la financiación es aún "muy inferior" a la de otros países europeos: "Antes hacíamos posdoctorados espectaculares en el extranjero; algunos de aquí no tienen hoy nada que envidiar a los de fuera".

Esta catedrática de 48 años dedica buena parte de su tiempo a intentar saldar la deuda de las multinacionales farmacéuticas con los más necesitados. La Fundación Bill y Melinda Gates ha puesto en sus manos más de 600.000 dólares para seguir investigando y la ha incluido en su equipo de "cerebros con corazón". A ella, la muchacha que se fascinó por la botica de Carrizo de la Rivera.

Por Sonia Vizoso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 31 de diciembre de 2006.

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