Crítica:Crítica
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Economía global, pensamiento local

Cunde cierto desconcierto tras la lectura del último libro de Stiglitz, pues sus aportaciones resultan escasamente novedosas. Cómo hacer que funcione la globalización es la última parte de una trilogía compuesta por El malestar en la globalización (Taurus, 2002) y Los felices noventa (Taurus, 2003). Pero lo que en los dos tomos anteriores había de audacia, de propuestas transgresoras y escasamente conocidas, ahora deviene en una especie de dejà vu. Muchos de los análisis que se hacen en este tercer tomo han conformado ya numerosísimos debates, ampliamente difundidos a nivel planetario precisamente por las facilidades que dan las nuevas tecnologías tan familiares a la globalización. Ello no significa que el texto haya de darse por descontado, pues lo importante muchas veces son los detalles, la concreción de las ideas, y en ello ha centrado este último libro de divulgación el premio Nobel de Economía del año 2001.

CÓMO HACER QUE FUNCIONE LA GLOBALIZACIÓN

Joseph E. Stiglitz

Traducción de Amando Diéguez y Paloma Gómez Crespo

Taurus. Madrid, 2006

433 páginas. 22 euros

Por ejemplo, hay dos propo

siciones de una gran actualidad. La primera tiene que ver con la cumbre sobre el cambio climático que se ha celebrado recientemente en Nairobi (Kenia) para dar continuidad al Protocolo de Kioto. Stiglitz duda de que haya estímulos suficientes para que se adhieran a éste tanto Estados Unidos como los países en vías de desarrollo -que, por motivos opuestos, no quieren dejar de emitir a la atmósfera dióxido de carbono- y propone como alternativa la imposición a todos los países del mundo de una tasa común sobre esas emisiones o, de forma alternativa, un impuesto al petróleo, el carbón y el gas que refleje las emisiones que estos combustibles generan. Empresas y hogares responderían a esa tasa reduciendo el consumo y, por tanto, las emisiones. Ese impuesto debería ser lo suficientemente elevado para conseguir una reducción global de las emisiones equivalente a la que figura en los objetivos del Protocolo de Kioto.

La segunda iniciativa es de otra categoría: cree nuestro economista que ante la inestabilidad de la economía es necesario que la comunidad internacional recupere la idea de Keynes de adoptar una divisa fuerte como una nueva modalidad de moneda fiduciaria. Keynes la llamó bancor y Stiglitz habla del dólar global, una nueva divisa de reserva mundial. Todos los países del mundo coincidirían en el cambio de esa moneda fiduciaria por su propia moneda. Por ejemplo, en épocas de crisis.

Que la globalización tal y como la conocemos genera un déficit democrático que afecta a la calidad del sistema en el que pretendemos vivir; que faltan reglas del juego para aplicarla con justicia; que el Fondo Monetario Internacional ha tenido un papel retardatario en muchas de las crisis financieras que ha intermediado; que la globalización económica va a un ritmo mucho más rápido que la globalización política; que este marco de referencia de nuestra época multiplica exponencialmente las desigualdades; o que se abusa de la creación de organismos ademocráticos (por ejemplo, los bancos centrales) en los que los tecnócratas toman decisiones políticas que afectan al bienestar cotidiano de los ciudadanos, son críticas conocidas que han desarrollado antes que Stiglitz muchas ONG e instituciones y personas críticas con esta clase de globalización. En este caso, el valor del libro es el aval que un premio Nobel, con la carga académica que se le supone (y que de hecho tiene Stiglitz), añade a la legitimación técnica en que se sustentan esas críticas. Cada capítulo del libro (dedicados a la teoría del comercio, a la propiedad intelectual, a los recursos escasos, a la responsabilidad social de las empresas multinacionales o a la carga de la deuda externa para los países en desarrollo) tiene dos partes: cómo funcionan las cosas y cómo deberían funcionar para que la globalización fuese inclusiva y no generase el enorme descontento e inseguridad que ha introducido en muchos más ciudadanos de los que a priori podría deducirse leyendo los cuentos de los hagiógrafos de la globalización feliz. Desde el punto de vista literario hay que destacar el enorme esfuerzo que hace este economista notable para que todo el mundo pueda entenderlo; siendo un libro de economía, es muy accesible por el logrado tono didáctico y pedagógico que incorpora.

Es muy sobresaliente, asimismo, el intento que Stiglitz aborda para disponer de un punto de vista global en cada tema que aborda. Cree que los ciudadanos, cada uno de nosotros, nos hemos adaptado en lo material al mundo de la globalización, pero no así en nuestro pensamiento. Formamos parte de una economía global, pero tenemos un sistema de pensamiento asombrosamente local. Parte de la mentalidad de pensar desde un punto de vista local (valoramos más un puesto de trabajo perdido en nuestra comunidad que dos ganados en el extranjero) nos lleva a no analizar con coherencia de qué modo las políticas que defendemos pueden afectar a los demás y a la economía global. Concentramos nuestra atención en el efecto directo de nuestro bienestar. Y ésta es la mayor virtud de Cómo hacer que funcione la globalización: cada página contrasta una idea con lo que cada uno pensamos de ella. No se puede hacer una lectura pasiva del libro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 24 de noviembre de 2006.

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