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La Polonia furiosa

Polonia ha sido muchas veces en el pasado todo un símbolo de las grandes encrucijadas de Europa. Lo ha sido en momentos trágicos de división y desaparición como Estado, como primera gran víctima de los totalitarismos y como vanguardia épica en la lucha por la libertad y la democracia desde detrás del telón de acero y principal artífice de su caída. Precisamente por eso, resulta especialmente doloroso que de un tiempo a esta parte -desde la llegada al poder en el Gobierno y la jefatura del Estado del populismo derechista del Partido Ley y Justicia (PiS) de los gemelos Lech y Jaroslaw Kaczynski-, Polonia sólo genere noticias inquietantes e irritantes para Europa y para la ciudadanía polaca que apuesta por una democracia plural, laica y liberal.

No es un gran consuelo que el derechismo clerical de los Kaczynski sea más democrático que el autoritarismo bonapartista de su vecino ruso y enemigo favorito Vladímir Putin. Como miembro de la UE, Polonia tiene que cumplir unas condiciones que su país acató cuando ingresó en el club europeo en 2004, que a sus actuales líderes parecen no gustarles prácticamente nada y a las que creen poderse sustraer. Propuestas excéntricas como plantearse la reinstauración de la pena de muerte, agitar la bandera de la homofobia desde la autoridad o del neocreacionismo en versión nacionalcatólica polaca resultan ante todo amenazantes para los propios polacos.

Pero hay más cosas que comienzan a generar problemas mayores. El revés que el PiS de los gemelos Kaczyinski cosechó en las elecciones municipales del pasado 12 de noviembre, que el domingo próximo podrían zanjarse con la pérdida de la alcaldía de Varsovia, demuestran que al menos los votantes más informados en las ciudades comienzan a reaccionar ante unos gobernantes que intentan compensar su incompetencia técnica manifiesta con la búsqueda permanente de enemigos internos y externos.

Polonia tiene razones para ser sensible a los intentos de Moscú de acuerdos especiales, por ejemplo, energéticos con algunos países y especialmente con Alemania. Pero la decisión polaca de amenazar con bloquear los acuerdos de Moscú con la UE en energía y comercio son otra sobreactuación de un populismo incompetente que nada tiene que ver con la mesura y madurez de los líderes que hicieron la transición desde el Pacto de Varsovia a la UE, sin esgrimir los espantajos de los enemigos internos ni externos y sin afanes de revanchismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 19 de noviembre de 2006.

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