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Crónica:LA CRÓNICA

Un placer no compartido

Si caminamos tranquilamente por la calles de Camboya, podemos encontrarnos con la mirada tierna de una niña cargando un cesto repleto de naranjas. Por favor, no sonrían, no caigan en el error de creer que es una estampa pintoresca de la zona, la niña no carga las naranjas para hacerle un zumo a su madre, ni siquiera las carga para venderlas en el mercado, en realidad, cuando la niña pasea su frágil cuerpo de gorrión entre los coches, cuando expone la cesta ante los ojos de los transeúntes, en realidad lo que está ofreciendo es un cambio: el hombre que compre las naranjas acabará por sacarle todo el jugo a la niña.

Esta es una de las muchas imágenes que podremos descubrir si vistamos la exposición: Esclavas: Las vendedoras de naranjas, que el Parlamento de Andalucía acoge del 7 al 30 de noviembre. Ciento cincuenta instantáneas tomadas por Isabel Muñoz, la fotógrafa galardonada con el World Press. Ella asegura que hace fotos para hablar, para escribir en un lenguaje que no es el de las palabras porque está convencida de que su posibilidad para expresarse es algo que sólo le ha dado la fotografía. Isabel Muñoz ha terminado enamorada de Camboya, por eso ha decidido colaborar con la causa de sus mujeres y con la AFESIP, la organización sin ánimo de lucro fundada por Somalí Mam, Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 1998 por su lucha contra el tráfico y la explotación sexual de mujeres y niñas. Somaly Mam, originaria de la minoría étnica Phnong, de Camboya, fue obligada a ejercer la prostitución cuando era una niña. Como ella misma cuenta en su biografía, se llama Somaly ahora, porque, como todo el mundo en Camboya, ha tenido varios nombres ya que un nombre no es más que el resultado de una elección provisional que se cambia como se cambia de vida. Somaly Mam dice haber olvidado los nombres que llevó de niña, supongo que por ese extraño subterfugio que utiliza nuestra mente para salvarnos del dolor de los malos recuerdos y que nos obliga a arrinconar lo negativo. Estoy segura de que no quiere recordar cómo la llamaban en cada uno de los burdeles a los que fue vendida como esclava sexual.

Y es que para nosotros es difícil imaginar que, a la vuelta de la esquina, a unas cuantas horas de avión, miles de niñas y adolescentes de Camboya, Vietnam y Laos, se venden como mercancía a burdeles de países más prósperos sin que las autoridades, la comunidad internacional o las ONG puedan evitarlo. Pocas de esas jóvenes escapan a las drogas, la tortura o el sida. Pero no nos atrincheremos en la cómoda excusa de que eso nada tiene que ver con nosotros. Cada año, miles de hombres de esos que caminan por el primer mundo henchidos de integridad, con la frente alta, escondiendo su indecencia tras el nudo de una corbata o tras el cristal de un cochazo de lujo, se embarcan en viajes organizados especialmente para ellos. Ellos fomentan un turismo sexual que cada día demanda a niñas más pequeñas cuya virginidad garantice no padecer el sida y sobre las que pesa un aberrante fetichismo que asegura que traen buena suerte a quien las compra. Supersticiones igual de estúpidas que aquellas que impulsaban hace un siglo a convertir en harina los pliegues pergaminosos y los huesecillos de las momias egipcias porque se decía que el polvo de "mummia" tenía la propiedad, entre otras cosas, de curar las úlceras, los huesos rotos, la epilepsia y el dolor de muelas. Así que, ahí tenían ustedes a nuestros antepasados, volviendo del revés las tumbas de los pobres difuntos milenarios para desvendarlos y rayarlos como el queso para pizzas, empaquetándolos luego para que gente de tan alta alcurnia como Francisco I de Francia siempre llevara encima un saquito con picadura de momia. Ahora lo que está de moda entre los machotes más poderosos es conseguirse a una virgen del sudeste asiático como amuleto, ¡qué cosas!

En los burdeles de Phnom Penh, hay niñas de cuatro y cinco años, hijas de las prostitutas, que crecerán en un ambiente que acabará por convertirlas en vulnerables, posibles víctimas del mañana. Las niñas y adolescentes terminan atrapadas en una red de tráfico de esclavas, engañadas. En alguna foto de la exposición se puede ver a jóvenes con una banda de miss en la que figura el nombre de conocidas marcas de cerveza internacional. Los dueños de los negocios las convencen para que trabajen allí, les dicen que sólo tendrán que hacer promoción de la espumosa bebida a lo largo de una fiesta. Poco después descubren que, con el precio de la jarra, también van incluidos los movimientos de sus caderas.

Recorrí la galería mirando las fotografías con el corazón encogido, asomándome a algunas con miedo de descubrir cicatrices en los brazos de las adolescentes y que mi mente terminara por jugarme una mala pasada, obligándome a preguntarme quién y cómo les habría hecho esas marcas. Posé mis ojos en los ojos de una niña de cinco años que cargaba en sus brazos a un cachorro de perro, aferrándolo como si él pudiese defenderla de la infamia. Caminé despacio y vi mi cara de mujer occidental mezclándose con las suyas en el reflejo del cristal que protegía sus fotos, un cristal de unos milímetros que separaba nuestros dos mundos. A un lado ellas, con sus ojos profundos de laguna negra, sumergidas en el terror simplemente por haber nacido en un determinado lugar del planeta. Y al otro lado yo, amparada por la suerte de vivir en este cómodo primer mundo en el que la mujer es considerada un ser humano, y no un objeto sin alma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006