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PRIMERA PARTE

"No quiero matar inocentes"

Miles de soldados estadounidenses se han convertido en desertores tras vivir la dura experiencia de la invasión de Irak. Son objetores de conciencia de una guerra que ha dividido a la opinión pública de su país. Refugiados en Canadá, repudian los métodos contra la población iraquí

Cuando Ehren Watada, teniente del ejército de Estados Unidos, tuvo que enfrentarse a un consejo de guerra en agosto por negarse a ir a Irak aduciendo motivos morales, en los periódicos de su Estado natal de Hawai abundaban las cartas que le acusaban de "traidor". Watada afirmó que había llegado a la conclusión de que la guerra es un error moral y un horrible quebrantamiento de la ley estadounidense. Participar en ella, aseguraba, le haría cómplice de "crímenes de guerra". Watada es sólo uno de los objetores de conciencia de una guerra que ha dividido a la sociedad de Estados Unidos, posiblemente incluso más que la guerra de Vietnam.

No se conocen cifras exactas del número de soldados estadounidenses que han abandonado el ejército a consecuencia de la intervención de EE UU en Irak. El Pentágono afirma que son 40.000 soldados desde el año 2000 y que en este número se incluye a muchos que se ausentaron sin autorización por motivos familiares. Portavoces del Pentágono señalan que el número de desertores se ha reducido desde que comenzaron las operaciones en Afganistán e Irak, pero día a día se produce un goteo constante de desertores que cruzan la frontera y se instalan en Canadá. Jeffry House, un abogado de Toronto (objetor de conciencia en la guerra de Vietnam), calcula que han pasado a la clandestinidad 200 soldados desde que estalló la guerra en Irak.

Ser tachado de desertor es exponerse a ir a la cárcel. Optar por el exilio puede significar una separación de por vida de la familia y los amigos. Muchos de los desertores no son pacifistas que estén contra la guerra en sí, sino que consideran que el conflicto de Irak es un error. El teniente Watada, por ejemplo, dice que preferiría ir a la cárcel a servir en Irak, aunque estaba dispuesto a irse a Afganistán para luchar en una guerra que creía justa.

Hace una generación, Canadá acogió a quienes eludían la llamada a filas de la guerra de Vietnam. Actualmente, el clima político es distinto, y la veintena de desertores estadounidenses que se encuentran al norte de la frontera solicitan la condición de refugiados, aunque hasta el momento el Gobierno canadiense se la ha denegado.

No hay garantías de que estos exiliados finalmente encuentren refugio seguro en Canadá. Si los tribunales federales fallan en contra de los soldados y éstos agotan todas las posibilidades judiciales, puede que sean deportados a Estados Unidos, algo que quizá no sea lo que los estadounidenses quieren. Su presencia en Estados Unidos supondrá otro dolor de cabeza para las relaciones públicas de la Administración de Bush.

Darrell Anderson

"No puedo asesinarlos. No son terroristas. Son chicos de 14 años"

24 años. Primera División Blindada, Artillería de Campaña. Giessen (Alemania).

Darrell Anderson se enroló en el ejército de EE UU justo antes de que comenzara la guerra de Irak.

"Necesitaba asistencia sanitaria, dinero para ir a la universidad, y ocuparme de mi hija. El ejército era la única forma de lograrlo", me dice. Mientras charlamos, disfrutando del sol en una tranquila calle de Toronto, Anderson toquetea su reloj de bolsillo, que luce una bandera canadiense en la esfera. Lleva un collar con el símbolo de la paz.

Después de combatir durante siete meses en Irak -llegó a casa con un Corazón Púrpura, la condecoración que demostraba su sacrificio-, se le abrieron los ojos. "Cuando me alisté, quería luchar", afirma. "Quería entrar en combate y ser un héroe. Quería salvar a gente y proteger a mi país". Pero poco después de llegar a Irak, recuerda, se dio cuenta de que los iraquíes no le querían allí, y escuchó historias tan duras que le sorprendieron e inquietaron.

"Unos soldados me describieron cómo habían golpeado a prisioneros hasta matarlos", asegura. "Eran tres, y uno dijo: 'Yo le daba patadas por un lado mientras otro le pateaba la cabeza y otro le daba puñetazos, y se murió'. Era gente a la que conocía. Se estaban jactando de ello, de cómo habían golpeado a gente hasta matarla". Son asesinos consumados. Sus amigos habían muerto en Irak, así que ya no eran las mismas personas que antes de ir allí.

Anderson dice que incluso las conversaciones banales eran difíciles de soportar. "Odio a los iraquíes", afirma que decían sus compañeros. "Odio a estos malditos musulmanes". Al principio esas conversaciones le extrañaban. "Al cabo de un tiempo empecé a comprenderlo. Yo mismo comencé a sentir aquel odio. Mis amigos estaban muriendo. ¿Qué pinto yo aquí? Vinimos a luchar por nuestro país, y ahora luchamos sólo por seguir vivos". Anderson dice que, además de ser alcanzado por la metralla de una bomba que estalló en una cuneta -la herida que le valió el Corazón Púrpura--, con frecuencia se veía envuelto en tiroteos. Pero el trabajo en el punto de control fue lo que le hizo pensarse seriamente su función. Cuenta que él custodiaba la "parte trasera" de un control callejero de Bagdad. Si un coche pasaba por un determinado punto sin detenerse, se suponía que los guardias debían abrir fuego.

"Un coche pasó y se detuvo frente a mi posición. Saltaban chispas porque los frenos estaban en mal estado. Todos los soldados se pusieron a gritar. Era mi zona, así que la responsabilidad era mía. No disparé. Un superior me dijo: '¿Por qué no lo ha hecho?'. Y yo le respondí: '¡Era una familia!'. Se podía ver a los niños en el asiento trasero. Le dije: 'He hecho lo correcto', y me contestó: 'No, no lo ha hecho. El procedimiento es disparar. Si no lo hace la próxima vez, será castigado".

Sacude la cabeza al recordarlo. "Ya no estaba conforme con esta guerra. No quería matar a gente inocente, no podía matar a niños". Dice que se puso a mirar a su alrededor, al ruinoso paisaje de la ciudad y a los iraquíes heridos, y poco a poco empezó a comprender la respuesta iraquí. "Si alguien le hiciera esto a mi calle, cogería un arma y lucharía. No puedo asesinar a esta gente. No son terroristas, son niños de 14 años, ancianos. Estamos ocupando las calles. Asaltamos casas y nos llevamos a gente. Los mandamos a Abu Ghraib, donde son torturados. Es gente inocente. Detenemos coches y entorpecemos la vida cotidiana. Si hiciera esto en Estados Unidos, me encerrarían en la cárcel".

Los pájaros cantan dulcemente mientras habla, lo que contrasta enormemente con su relato de las atrocidades en Irak. "Fuimos a Nayaf, disparamos racimos de obuses y matamos a cientos de personas. Yo maté a cientos de personas, pero no cuerpo a cuerpo".

Anderson se fue a casa por Navidad, convencido de que volverían a enviarle a la guerra. Sabía que no podría vivir consigo mismo si regresaba a Irak conociendo lo que estaba sucediendo allí. Decidió que ya no podía ser parte de ello, y sus padres -que ya se oponían a la guerra- apoyaron su decisión. Canadá parecía la mejor opción. Tras la Navidad de 2004, se fue de Kentucky a Toronto.

Ahora dice que le han entrado dudas sobre el exilio. No es que le preocupe que le deporten: recientemente contrajo matrimonio con una canadiense, lo cual probablemente le garantizará la residencia permanente, pero tiene planes de regresar a EE UU, y cree que le detendrán en la frontera. "La guerra sigue adelante", me dice. "Si vuelvo, quizá todavía pueda influir en algo. Mi lucha es contra el Gobierno estadounidense".

Supone que le condenarán por desertor, y asegura que utilizará su juicio y el tiempo que pase entre rejas para seguir protestando contra la guerra. Piensa que sólo con que le vean con uniforme de gala y cubierto de las medallas que ganó combatiendo en Irak será una poderosa declaración. "No puedo trabajar cada día y pretender que todo va bien", dice sobre su vida en Toronto. "Esta guerra está acabando conmigo. No he tenido más que pesadillas desde que llegué a Canadá. Me reconcome el hecho de fingir que todo va bien, cuando no es así".

Ivan Brobeck

"Es duro ver que tu mejor amigo ha matado a gente inocente"

21 años. 2º Batallón, 2º Regimiento de Marines. Camp Lejeune, Carolina del Norte.

"Sabía que no podría soportarlo más", dice Ivan Brobeck, un ex cabo de 21 años, sobre su decisión de desertar a Canadá. Joven, fuerte y con una sonrisa atractiva, habla relajado en un parque situado cerca de su nuevo hogar en Toronto. "Necesitaba marcharme, porque estaba previsto que mi unidad regresara una segunda vez a Irak y ya no podía más". Brobeck decidió que no aceptaría volver a Irak, y la deserción le pareció su única alternativa. Pasó buena parte de 2004 destacado en Irak. Combatió en Faluya, y perdió a amigos en varios atentados. "Cuando estás allí sueles estar muy enfadado, porque estás luchando por algo en lo que no crees", dice.

Sus relatos sobre la guerra parecen estar fuera de lugar en el pacífico y lujoso barrio de Toronto en el que hablamos. En las batallas, dice que actuaba "con el piloto automático", luchando por sobrevivir. "Empecé a pensar en lo que estaba mal cuando estuve allí, pero no me afectó de veras hasta que finalizó mi estancia en Irak y regresé a casa".

De vuelta en Camp Lejeune, en Carolina del Norte, Brobeck empezó a plantearse "las cosas totalmente negativas que no deberían haber ocurrido" mientras él estaba de guardia. "He visto cómo golpeaban a prisioneros inocentes", afirma. "Recuerdo oír cómo lanzaban algo desde la parte trasera de un camión de siete toneladas. La plataforma de esos camiones probablemente tenga dos metros y medio de altura. Desde allí lanzaron a un detenido, con las manos atadas a la espalda y un saco de arena en la cabeza, de modo que no pudiera frenar el impacto. Recuerdo que empezó a tener convulsiones después de chocar contra el suelo y nos pareció que roncaba. Le quitamos el saco de la cabeza y tenía los ojos cerrados por la hinchazón y la sangre le taponaba la nariz y apenas podía respirar".

Además de los abusos a prisioneros, la regularidad con la que se asesinaba a civiles en los controles frustraba al joven infante de Marina. "Mis amigos han hecho esas cosas, y después siempre dicen: 'Hoy fulanito está un poco deprimido: ha asesinado a un hombre delante de sus hijos', o: 'Ha matado a un par de niños'. Los marines que tuvieron que hacer eso eran amigos míos. Es duro ver que tu mejor amigo ha tenido que matar a gente inocente".

Brobeck empezó a desarrollar una cierta simpatía por el enemigo. "Muchos de los que nos devuelven los disparos no son mala gente. Son personas cuyas esposas o hijos han sido asesinados y sólo quieren vengarse y matar a la persona que ha acabado con la vida de su hijo. Son personas inocentes que han perdido mucho y no tienen nada más que perder".

Brobeck fue infante de marina durante un año antes de ser destinado a Irak. "Siempre escuchaba las grandes cosas que ha hecho el ejército de Estados Unidos a lo largo de la historia. Yo estaba dispuesto a jugarme la vida por una causa real", reflexiona, "si es que había una".

¿Por qué causa valdría la pena morir? "Por una buena causa", es su respuesta. "Pero esta guerra no beneficia a nadie. No beneficia a los estadounidenses, y ni siquiera a Irak. No es algo por lo que alguien deba luchar y morir. Yo tenía sólo 17 años cuando firmé el contrato, y me pasé toda mi infancia jugando a videojuegos y practicando deporte. No prestaba atención a las noticias, me resultaba aburrido. Pero ahora lo conozco de primera mano".

El pasado mes de julio, su unidad partió sin él. "El día en que decidí marcharme lo hice de improviso. Lo había deseado durante tanto tiempo que no podía hacerlo de otra forma, porque ausentarse sin permiso supone desperdiciar buena parte de tu vida".

La noche antes de marcharse, Brobeck le confió sus intenciones a otro marine. "Me dijo: 'Tú has estado en Irak, yo no. Tienes tus motivos para ausentarte sin permiso y yo no voy a impedírtelo". La huida de la base de Carolina del Norte fue sencilla. "Me dirigí a una estación de autobuses y pasé esa noche en un hotel. La única forma de llegar a casa era en autobús, y la estación estaba cerrada. A la mañana siguiente compré el billete y me marché a Virginia. Estaba nervioso, porque el toque de diana, la hora a la que nos levantamos, es a las cinco y media de la madrugada, y ya se habrían percatado de mi ausencia. Pensé que rastrearían la estación de autobuses, cercana a la base, pero no lo hicieron. No me fui a casa de mi madre, porque temía que la policía estuviese allí. Me quedé con un amigo".

Veintiocho días después de fugarse, Brobeck se dirigió a Canadá. Descubrió la página web de War Resisters Support Campaign, un grupo de canadienses que organizan ayudas para los desertores estadounidenses, y se enteró de que le echarían una mano si huía hacia el norte, a Toronto. Llamó a su madre y juntos cruzaron la aduana de las cataratas del Niágara. "No le gusta que yo esté en Canadá y no pueda visitarla", dice, "pero es mejor eso que tener que regresar a Irak por segunda vez".

A Brobeck le gusta el exilio en Canadá. "Aunque no hubiera desertado, para mí la vida es más libre aquí que en Estados Unidos. Todo el mundo es muy educado y amable en Canadá". En el año transcurrido desde que cruzó la frontera, ha conocido a Lisa y se ha casado con ella. Se le ha negado su solicitud para la condición de refugiado, pero tiene esperanzas de ganar la apelación. "Sólo he dejado atrás a mi familia y a mis amigos", afirma. "Así que es lo único que voy a echar de menos de Estados Unidos: la gente".

"Estados Unidos era algo de lo que podías decir que estabas orgulloso", añade. "Ahora vas a otro país y dices que eres de allí, y probablemente no veas caras felices o brazos abiertos, por culpa del hombre que está al mando. Es increíble lo que puede hacer una persona". Su rechazo a la política de EE UU en Irak le está haciendo replantearse su idea de la identidad nacional. "En el fondo de mi corazón no soy estadounidense… si eso supone que tengo que cumplir con lo que ellos defienden", dice sobre la Administración de George Bush. "No soy estadounidense porque el país ha perdido el contacto con lo que era. Los padres fundadores sin duda estarían cabreados si vieran en qué se ha convertido Estados Unidos".

Ryan johnson

"Es traumático tener que matar a alguien"

22 años. 211º Regimiento de Caballería Acorazada. Barstow, California.

Ryan Johnson, de 22 años, se reúne conmigo en su albergue juvenil católico de Toronto vestido con una camiseta negra y vaqueros, y calzado con unas deportivas. Cuando Ryan se ausentó sin autorización en enero de 2005, se fue a su casa de Visalia, en California. "Fue muy estresante", cuenta. "Vivía a sólo cuatro horas de mi base de operaciones. Imaginaba que podían venir a por mí en cualquier momento, pero nunca fueron a buscarme. Me enviaron algunas cartas, eso fue todo".

El ejército no dedica unos recursos humanos importantes a perseguir a soldados que se han ausentado o desertado, aparte de emitir una orden federal de arresto. Quienes son atrapados, normalmente son detenidos por algo fortuito, y su condición de desaparecidos se descubre cuando la policía local introduce su nombre en la base de datos del National Crime Information Center, un procedimiento rutinario que se practica en todo Estados Unidos.

Johnson se trasladó a Canadá porque tenía miedo de que al presentar una solicitud de empleo, la comprobación de antecedentes significara una detención y un historial delictivo que complicara todavía más la búsqueda de trabajo en el futuro. El haberse entregado voluntariamente al ejército estadounidense tampoco habría mejorado sus posibilidades. "Tenía dos opciones: ir a Irak y arruinarme la vida, o ir a la cárcel y que ocurriera lo mismo. Así que me vine a Canadá a probar".

En su base al sur de California, Johnson había escuchado atentamente las historias que narraban los soldados que volvían de la guerra. "No quería formar parte de aquello", señala. Le recuerdo que, a diferencia de la época de Vietnam, no hubo llamamiento a filas cuando cumplió los requisitos para unirse al ejército. Acudió a la oficina de reclutamiento y se alistó, simplemente. ¿Realmente no sabía entonces que el ejército se dedicaba a matar gente? "Sí, eso es cierto, así es", reconoce. "Pero lo que no entendía es lo traumático que era matar a alguien o ver cómo asesinaban a uno de tus amigos. Nunca he visto morir a nadie".

"Cuando me alisté", prosigue, "lo hice porque era pobre". Según Johnson, era difícil encontrar trabajo en Visalia y no tenía dinero para ir a la universidad. Se sintió atraído por el cartel que había en la oficina de reclutamiento del centro comercial. "Hablé con los reclutadores", recuerda Johnson. "Les dije: '¿Qué posibilidades tengo de ir a Irak?'. Y me respondieron: 'Depende del trabajo que elijas. Y les pregunté qué trabajos podía elegir que no me llevaran a Irak, y mencionaron algunos. Escogí uno de ellos y me dijeron que probablemente no iría a Irak".

Johnson era demasiado ingenuo y no cuestionó muchas de las respuestas que recibió. "Yo tenía 20 años y creía que íbamos a reconstruir Irak. Pero estamos bombardeando mezquitas, museos, las casas de la gente, y toda su cultura. Ni siquiera era consciente de que Irak era Mesopotamia. La mayoría de los soldados que van a Irak no son patriotas, vamos porque nos lo ordenan y porque nuestros colegas también van".

Le invade la nostalgia cuando le pregunto cómo se siente en la pacífica Toronto mientras esos amigos luchan y mueren en el desierto: "Cada día entro en Internet y leo la lista de fallecidos para ver si aparecen mis amigos. Y, hasta ahora", hace una pausa, "han muerto siete personas de mi unidad, y conocía a cuatro de ellas".

Johnson no quiere plantearse el volver a Estados Unidos y cumplir una condena de cárcel. "Me parece demencial", asegura. "Meten a alguien en la cárcel cinco años por no querer matar a una persona. Estoy tratando de evitar matar a gente. Sé que si fuera a Irak mataría a alguien. Si me mandaran a patrullar, probablemente dispararía a alguien. Y los iraquíes piensan lo mismo. Si no mato a esos tipos, ellos me matarán a mí".

Su entrada en Canadá fue inesperadamente cálida. Intentó mostrar su carné de identidad a la guardia de aduanas, pero ésta se limitó a decir: "Bienvenido a Canadá'. Yo le di las gracias, y luego cruzamos la frontera y mi esposa, Jennifer, se puso a gritar". Sin embargo, ahora Johnson está apelando, ya que su petición inicial para que le concedan la condición de refugiado en Canadá ha sido rechazada por las autoridades del país.

Joshua key

"Me entrenaron para ser un asesino total"

28 años. 43ª Compañía de Ingenieros de Combate. Fort Carson, Colorado.

"Íbamos junto al río Éufrates", cuenta Joshua Key, narrando con todo detalle una pesadilla recurrente en la que aparece una escena con la que se tropezó poco después de la invasión estadounidense de Irak en marzo de 2003. "En una carretera de la ciudad de Ramadi giramos bruscamente a la izquierda y lo único que veía eran cuerpos decapitados. Pensé: Dios mío, ¿qué ha pasado aquí? Nos largamos y alguien gritó: '¡Joder, se nos ha ido de las manos!". Key dice que le ordenaron que buscara pruebas de un tiroteo, algo que explicara qué les había ocurrido a los iraquíes decapitados. Miró a su alrededor y entonces observó la imagen que todavía le produce pesadillas: "Vi a dos soldados chutando las cabezas como si fueran pelotas de fútbol". Key está convencido de que no hubo ningún tiroteo. "Muchos amigos míos se quedaron allí en busca de casquillos. Nunca los hubo". Todavía es incapaz de dejar de pensar en ello. "Ves cabezas por todas partes". Su mujer, Brandi, dice que Key llora en sueños.

Mientras desempeñaba labores de seguridad en las calles de Irak, Key hablaba con la gente de la localidad. Le sorprendió cuántos hablaban inglés, y se sintió frustrado por las normativas militares que le prohibían aceptar invitaciones a cenar en sus casas. "No soy la máquina de matar perfecta", reconoce. "Ahí es donde infringí las normas porque tengo conciencia". Y cuanto más tiempo pasaba en Irak, más se desarrollaba su conciencia. "Me entrenaron para ser un asesino total. Me prepararon para usar minas y explosivos, para que hiciera todo lo que hace un terrorista". La deserción parecía la única alternativa viable, señala Key. Lo hizo, insiste, porque su "presidente" le engañó.

Key cree que algunos compañeros de su unidad eran de gatillo fácil. Recuerda otro incidente que le obsesiona. Se encontraba en un vehículo blindado de transporte cuando un iraquí que conducía una camioneta les cortó el paso al realizar un giro incorrecto. Un soldado de su pelotón abrió fuego contra la camioneta. "Tras el primer disparo, la camioneta empezó a ir más lentamente", cuenta Key. "Luego lanzó un segundo disparo, y cuando hizo ese segundo disparo, la camioneta explotó". Key vio cómo la camioneta quedaba reducida a chatarra. Key todavía parece conmocionado por el sinsentido de todo aquello. "¿Por qué ocurrió y cuál fue la causa? Cuando formulé esa pregunta, sencillamente se me respondió: 'Tú no has visto nada, ¿entendido?'. Nadie hizo preguntas". A Key le asignaron asaltar casas, y pronto se sintió horrorizado por el trabajo. Calcula que ha participado en unas 100 redadas. "Nunca he encontrado nada en una casa. Jamás vi los grandes alijos de armas que se suponía que había. Nunca encontré a miembros del partido Baaz, ni a terroristas o insurrectos. Nunca encontramos nada de eso".

Tras ocho meses de combate se le concedió un permiso de dos semanas en EE UU. Después le esperaba otro destino en Irak. Key no se presentó. Él y su mujer hicieron las maletas, cogieron a sus cuatro hijos y huyeron lo más lejos posible de su base en Colorado. Llevaron una vida clandestina durante más de un año. "Estaba paranoico", afirma Key, y fue entonces cuando decidió desertar y pasar a Canadá.

© The Sunday Times Magazine

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de octubre de 2006