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VÍCTOR GÓMEZ PIN, PREMIO ESPASA DE ENSAYO 2006

Tecnolobos

Gómez Pin desarrolló una brillante trayectoria académica en París y Dijon en los años setenta. Doctor de Estado por la Sorbona, se confrontó a fondo con Platón, Aristóteles, Descartes, Hegel, Marx, Proust y Chomsky, así como con Freud y Lacan, en este caso tanto en teoría como en la práctica. Su Drama de la ciudad ideal (1974) es un clásico de la filosofía española del siglo XX. A principios de los ochenta se involucró plenamente en una singular aventura institucional, la creación de la Facultad de Filosofía en la colina de Zorroaga (San Sebastián). Allí convivieron académicos y poetas, chicos y chicas, psicólogos, pedagogos y filósofos, terroristas y agentes secretos, euskaltzales e hispanófilos, titiriteros, sacerdotes y cantantes de rock. Gómez Pin pensaba entonces que la contradicción es el motor del mundo.

Luego aprendió matemáticas, física, biología, e incluso tauromaquia. Como autor, obtuvo el Premio Anagrama en 1989 con un libro quijotesco, Filosofía, el saber del esclavo. Retornó a Barcelona, su ciudad natal, sin dejar de ser judío errante, sevillano y veneciano. Se fue a la Universidad Autónoma de Barcelona como catedrático de Filosofía, pero algo de su pathos quedó en la Universidad del País Vasco, donde ha creado una escuela de jóvenes pensadores, Industrias Cartesio. En los últimos años se ha involucrado decididamente en dos de los grandes temas de nuestro tiempo: ecología, tecnología. Ha reaparecido en la arena pública en su papel de siempre, filósofo comprometido y que toma partido, partido hasta mancharse. Desde que se pronunció sobre cuestiones éticas (La dignidad, 1995) es kantiano militante. Con igual decisión defiende ahora un humanismo basado en la dignidad y el respeto mutuo.

Los ojos del murciélago (2000) aportó una primera crítica a algunos evangelistas de las tecnologías de la información y la comunicación. Un animal singular (2005) abrió la polémica con defensores de los derechos de los animales y ecologistas profundos. Entre lobos y autómatas: la causa del hombre (premio Espasa de Ensayo 2006) retoma ambas cuestiones.

Gómez Pin afirma un antropocentrismo sin complejos. El centro de la cultura, el pensamiento y la ética, es el ser humano. La tecnocracia y la primacía de lo animal son dos formas de antihumanismo, complementarias entre sí. Los lobos fueron domesticados por los seres humanos, ahora hay que enfrentarse a los tecnolobos (cyborgs, inteligencia artificial, sensores digitales y demás simulacros). Gómez Pin denuncia la sustitución de los cuerpos de carne y hueso por artefactos digitalizados, evocando la alegoría platónica de la caverna. Clama al público, a veces indignado, al comprobar que nunca ha habido tantos millones de pobres e indigentes en la especie humana, ni tanto paternalismo a favor de algunos animales domésticos, que viven como curas. El animalista radical no busca tanto ser consecuente como tener de sí mismo imagen de redentor, afirma en un pasaje. No hay diálogo posible entre animales, ni tampoco entre máquinas -remacha Gómez Pin- porque los primeros carecen de concepto y las segundas de pathos.

La polémica está servida, pero jugando a dos bandas. Hay que humanizar los entornos tecnológicos, por una parte. Además, se trata de humanizar la ecología, en lugar de animalizarla. El hombre es el fundamento de la ecología y la tecnología, no los lobos ni los autómatas. Somos animales singulares, un misterio de la evolución, porque no sólo tenemos voz, sino además lenguaje. Defender la causa del hombre implica volver a situar los problemas de las personas en el centro de la política, la economía y el derecho, incluyendo las cuestiones tecnológicas y ecológicas.

Protágoras lo dijo: el hombre es la medida de todas las cosas. Gómez Pin añade: también es la palabra de todas las cosas, lobos y autómatas incluidos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de octubre de 2006