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COLUMNA

Mis manos, mi capital

Estados Unidos se convirtió el martes, a las 7.43 de la mañana (hora de la costa Este; las 14.43 en España), en un país de 300 millones de habitantes. Detrás sólo de China (1.300) e India (1.100). La Unión Europea tiene 457 millones y a partir del 1 de enero, con el ingreso de Bulgaria y Rumania, tendrá 487, pero no es un país sino 25, y pronto 27. Aunque su tasa de natalidad es débil, su crecimiento se produce por ampliación de un proyecto cada vez más volátil, con tantas políticas de población (y de casi todo) como países socios. Es obvio que si la UE fuera un país, EE UU no sería la tercera potencia demográfica.

No hay forma de saber quién es este nuevo americano que redondea la cifra. La Oficina del Censo calculó que se alcanzaría ayer por la mañana, cumpliendo la cadencia de nacimientos, fallecimientos y entrada de inmigrantes. A las 7.43, pudo llegar a un aeropuerto o cruzar clandestinamente la frontera mexicana. Se conoce el nombre de tres recién nacidos, que vieron la luz a la hora en punto: Emmanuel Plata, Zoe Emille Hudson y Kiyah Lanaé Boyd, que nacieron respectivamente en Queens, Manhattan y Atlanta. Según el periodista Sam Roberts de The New York Times, de donde he extraido estos datos, no hay periódico, radio o televisión local que no haya intentado localizar a un recién llegado que signifique la feliz y millonaria cifra. Dos de los tres candidatos más conocidos son hijos de hispanos, dos son de sexo femenino y dos han nacido en el área de Nueva York, todo muy elocuente de la nueva demografía norteamericana.

Hace 39 años, la desaparecida revista Life hizo un ejercicio idéntico, entonces en solitario, y localizó al americano 200 millones, Robert Woo, abogado de Atlanta de 39 años, hijo de emigrantes chinos. Nada se sabe ya del americano 100 millones y de si alguien tuvo la ocurrencia de buscarlo: llegó en 1915, durante la guerra mundial, como el de los 200 que llegó durante la guerra de Vietnam y el 300 durante la de Irak. Cuando nació Woo los hispanos eran ocho millones y medio y representaban el 4%. Con el nacimiento de Emmanuel Plata son 44,7 millones y representan el 14,9%.

Según un estudio del Instituto de Estudios de Seguridad de la UE (El nuevo puzle global. El mundo al que se enfrentará la UE en 2025), EE UU seguirá siendo la principal economía en 2025, con el mayor PIB del mundo y per cápita. Este país ahora tan mal gobernado cuenta con muchas ventajas comparativas que le "llevarán probablemente" -dice el informe- "a mantener su actual posición", gracias al "crecimiento continuo de la población, en combinación con la alta calidad del capital humano, la flexibilidad del mercado laboral y la alta productividad laboral". A lo que cabe añadir "una sólida cultura de la innovación, combinada con altas inversiones en sectores clave para el futuro, como las tecnologías de la información, la biotecnología y la nanotecnología y la capacidad de trasladar rápidamente las nuevas tecnologías a las aplicaciones comerciales".

En las dos próximas décadas, Europa recibirá entre 600.000 y un millón de inmigrantes por año, mientras que EE UU recibirá 1,2 millones, según el mismo estudio. Para preservar la fuerza de trabajo en las proporciones actuales y garantizar el futuro del sistema de pensiones, Europa necesitaría en cambio 1,6 millones de inmigrantes anuales, una proporción sensiblemente superior a la actual y a la que recibe EE UU. El crecimiento de la población mundial en los próximos 20 años será del 23,4%: la mayor presión demográfica se producirá en el África subsahariana, donde el incremento será entre el 43% y 48,4%. EE UU crecerá un 17,4% y la UE sólo un 2%. Será muy difícil que la vigilancia de fronteras consiga frenar la avalancha que se nos viene encima, sobre todo ante la evolución de la pobreza en el vivero humano que es África: el 38% de la población se hallará en situación de pobreza extrema dentro de 10 años.

La demógrafa norteamericana Tamar Jacoby (Inmigration Nation, en Foreign Affairs, noviembre / diciembre 2006), ferviente partidaria de la inmigración controlada pero a gran escala, considera que los extranjeros hacen crecer la tarta de la riqueza, crean lugares de trabajo donde no los hay, trabajan más y mejor, son más jóvenes y tienen más movilidad, y resultan más útiles cuanto más distintos son respecto a la población autóctona. Su fórmula es clara y sirve para la reflexión europea: controlar las fronteras, multiplicar los cupos por cien (de 5.000 al año hasta 400 o 500 mil) y regularizar a los que ya están. El reto, para América y para Europa, es contar con buenos sistemas de integración. Según Jacoby, todo lo otro es poner puertas al campo y perder una oportunidad de oro. Para el país receptor y para los inmigrantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de octubre de 2006