Combates en Afganistán

La OTAN lucha en territorio talibán

Más de 50.000 civiles de la provincia afgana de Kandahar huyen de la Operación Medusa

Los viñedos de Panjwai nunca han producido vino. Sería anatema en esta comarca de la provincia afgana de Kandahar, habitada por conservadores pastunes. Sin embargo, las pasas que elaboran con sus uvas garantizaban ingresos a varios miles de familias. Hoy la cosecha está arruinada. Los bombardeos de la OTAN contra la insurgencia talibán dentro de la Operación Medusa, la más ambiciosa hasta ahora, han expulsado de sus hogares a 50.000 personas, una cuarta parte de los habitantes de la zona. Más de 500 talibanes han muerto y los afganos temen que la milicia se desplace hacia provincias vecinas.

"Lo hemos perdido todo", afirma Qadratullah en Kandahar, donde ha encontrado refugio con 16 de los suyos. "Nada más que empezaron los bombardeos, decidimos irnos", dice este muchacho de 18 años que aparenta el doble. "Nuestra huerta, nuestra casa, el pueblo entero está destruido. Dejamos todo; justo nos dio tiempo a escapar". Dos tíos suyos se retrasaron recogiendo uvas y murieron en uno de los ataques; un tercero resultó herido. No fueron los únicos. En total 13 civiles han perecido en los combates, según fuentes policiales, aunque la Comisión Independiente de Derechos Humanos investiga 40 casos.

"Los talibanes lograron el control en la zona porque el Gobierno era débil", dice un jefe local

Qadratullah procede de Siachi, un pueblo agrícola de 7.000 habitantes. La experiencia ha sido similar en Pashmul, Zangabad, Talokan, Mushan o Spirwan, localidades de la comarca de Panjwai, a 25 kilómetros al oeste de Kandahar. Unas 50.000 personas, una cuarta parte de quienes residían allí antes de que la OTAN lanzara su Operación Medusa contra los talibán el 2 de septiembre, han abandonado sus casas, según datos oficiales.

El objetivo era expulsar a los talibanes de Panjwai, donde se habían hecho con el control. Aunque desde mayo ha habido diversas operaciones contra el resurgimiento de esa milicia en las vecinas provincias de Oruzgan y Helmand, Medusa es la más ambiciosa y la primera operación de la OTAN, que el 31 de julio relevó a EE UU en el sur de Afganistán. En Panjwai, donde los talibanes siguen gozando de simpatías, los 2.000 soldados movilizados, incluidos cientos de afganos, han encontrado más resistencia de la esperada.

"Los talibanes lograron el control no por que sean fuertes sino porque el Gobierno era demasiado débil en esa zona", manifiesta el gobernador provincial, Assadullah Khalid. "Con 40 policías, mal equipados y con poca munición no se puede controlar una comarca", admite. Ahora se muestra convencido de que, tras esta operación, "el Gobierno va a dejar una mayor presencia policial, se quedarán las tropas extranjeras y se podrá empezar la reconstrucción".

El malestar que expresan los desplazados pinta una situación algo más complicada. El martes, 10 días después de que empezara el éxodo, la mayoría no habían recibido ayuda y sobrevivía gracias a sus ahorros o a la ayuda de familiares.

En uno de los primeros repartos del Programa de Alimentación Mundial (PAM) se percibe la humillación de tener que recurrir a la caridad. Hombres cuyos turbantes indican que tenían cierta posición económica acuden con la mirada gacha a recoger unos sacos de trigo y unas latas de aceite marcadas donativo de EE UU. "Sienten vergüenza", señala Hamid, uno de los empleados del PAM.

"La gente apoya a los talibanes porque los americanos disparan a los civiles cuando están tratando de poner a salvo a sus familias", dice Mahmud, un joven procedente de Pashmul. "Han bombardeado nuestros secaderos de uvas, han destruido nuestra vida". De nada sirve apuntar que los soldados de esta campaña son en su mayoría canadienses y afganos. "Canadienses, británicos, americanos, qué más da, nosotros no les distinguimos. Todos son extranjeros", interviene su vecino Abdul Qawil.

"No es tanto que estén a favor de los talibanes como que no pueden rechazarles, porque son pastunes, porque están armados y porque saben que eventualmente las fuerzas gubernamentales se irán y los talibanes seguirán aquí", explica Omar Shah, representante local de una ONG internacional. La idea de que "no tienen otra elección" se repite en las conversaciones. Además Shah añade otra razón: "El maldito opio". Tras una década de sequía no existe otro cultivo que permita cubrir gastos.

"Entonces vienen los agentes del Gobierno, cortan las amapolas y se van, sin preocuparse por cómo vas a alimentar a tu familia el próximo año", subraya este hombre originario de Panjwai. Shah está convencido de que los responsables se quedan con el dinero destinado a compensar a los agricultores que, crecientemente, apoyan a los talibanes para que les protejan.

Ninguno de los entrevistados admite tal cosa. "Los talibanes estaban fuera del pueblo, a veces pasaban por allí, pero no interferían en nuestras vidas", coinciden Qadratullah y Mahmud. La operación militar puede haber matado a medio millar de insurgentes y debilitado su estructura en la zona, tal como anuncian los portavoces de la OTAN, pero para los habitantes de Panjwai sólo ha logrado dejarles sin su principal fuente de ingresos. Los racimos de uvas que se secaban para convertirse en pasas se han echado a perder.

Desconfianza, miedo y propaganda

Abdel Kayun Benawa acaba de perder un hijo de 20 años en un ataque suicida de los talibanes. El joven se encontraba en el bazar de Panjwai cuando un miliciano se lanzó contra una patrulla de soldados extranjeros. Los 21 muertos fueron afganos.

Cabría esperar que este agricultor de 52 años despotricara contra los insurgentes, pero cuando se le pregunta qué juicio le merecen estos atentados, se sale por la tangente. "Me siento confundido. Unos dicen que lo hicieron los americanos, otros que fue otro grupo, que si se trató de un misil lanzado desde un avión. No sé por qué lo hacen", declara

Abdel Kayun Benawasin que su cara traicione sentimiento alguno.

Al mencionarle que los talibanes se habían responsabilizado del ataque, añade: "No tengo ni idea, a veces dicen que lo han hecho y a veces lo niegan".

Aunque el caso de Benawa es llamativo, la mayoría de los desplazados por los combates entrevistados en Kandahar, eluden la menor crítica a los talibanes. Algunos incluso defienden que hay alevosía por parte de las fuerzas de la OTAN.

"Lanzaron octavillas en pastu que decían que si nos quedábamos en casa, estaríamos seguros y luego nos bombardearon", asegura Mahmud tergiversando las instrucciones de abandonar la zona.

"Existe una terrible desconfianza entre los afganos", coinciden varios observadores locales y extranjeros.

Después de 30 años de guerra, el instinto de supervivencia hace desconfiar de todo y de todos. La debilidad del Gobierno central ha convencido a muchos de que los talibanes pueden regresar, así que, sobre todo delante de otros afganos, ocultan sus sentimientos como protección. El miedo se mezcla con la propaganda que difunden los simpatizantes de la milicia.

"Somos pobres, no tenemos armas. Si alguien viene a nuestro pueblo, no nos queda otra que ayudarle porque somos débiles", es todo lo lejos que llega Benawa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 13 de septiembre de 2006.

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