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VIAJES CON HISTORIA

Aventura en el frío

El director del programa de TVE 'Al filo de lo imposible' nos lleva al sitio del planeta donde podemos sentir la belleza más desnuda y la soledad más absoluta, la Antártida. Luz, hielo y temperaturas de 50 grados bajo cero en verano. Un lugar adonde sólo se puede ir con una pasión: la de llegar al límite

Desde siempre, el Sur ha ejercido una fascinación absoluta en el alma humana. Del mismo modo que una aguja magnética señala al Norte, nuestro horizonte mental parece imantado por esas tierras que apenas son tierra, ese gran continente helado y misterioso donde el hombre apenas ha puesto el pie. Fueron los griegos -que no lo visitaron, ni tuvieron oportunidad alguna de visitarlo- quienes lo bautizaron. En un armonioso ejercicio de simetría, supusieron que debía de existir una masa de tierra fría similar a la del norte (Arktós, el Ártico), pero en el polo opuesto de la Tierra. La denominaron Ant-Arktos: la Antártida.

La Antártida es el continente de los superlativos: el más frío, el más desolado, el más inaccesible, el más remoto. En los mapas no aparece más que una inmensa masa de hielo de 14 millones de kilómetros cuadrados (el tamaño de EE UU y México juntos) que en invierno prácticamente duplica su extensión al congelarse el mar que la circunda. Antes incluso que los griegos, el misterioso autor del Libro de Job parecía referirse a la Antártida cuando escribió estos versos: "¿De qué vientre sale el hielo? ¿Y la escarcha del cielo, quién la da a luz cuando las aguas se endurecen como piedra y se congela el haz del abismo?".

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Para empezar nuestro viaje al frío, debemos acercarnos hasta la punta sur del continente americano. Allí se extiende la Patagonia, una tierra de extremos, de frío y calor alternos, de lluvias torrenciales y ásperos vientos, de desiertos helados y montañas salvajes, que atrajo a aventureros de toda especie y condición: pistoleros míticos, aviadores, héroes, villanos, locos y hombres que quisieron ser reyes. Más allá, en la Tierra de Fuego, se unen las dos masas de agua más grandes del planeta, el océano Atlántico y el Pacífico, empeñados en desgarrar ese remate del continente americano hasta convertirlo en una maraña de canales, glaciares y montañas. Es un paisaje hermoso y torturado, sojuzgado por huracanes continuos y temibles tormentas. Una tierra de contrastes categóricos: en ningún otro lugar del planeta, ni siquiera durante las tormentas monzónicas en el Himalaya, he padecido los infinitos cambios de la naturaleza que sacuden esta región del fin del mundo. La lluvia y el viento, las nubes y el sol, se suceden como en un juego de ruleta. El mar furioso que bate estos arrecifes recuerda el coraje de aquellos grandes navegantes que se atrevieron a cruzar estos mares: el portugués Magallanes, el inglés Drake, los españoles Ladrillero y Sarmiento de Gamboa.

En uno de esos canales, el de Beagle, nos están esperando nuestros amigos de La Sourire. Confiamos en ellos para navegar por los mares más arriesgados de la Tierra. Su capitán, Hugo Delignieres, fue el primer navegante en solitario que invernó todo un año en la Antártida.

A bordo de La Sourire, el elegante velero con el que cruzamos el estrecho de Drake, resuenan, en el golpe de las olas contra los costados del barco, las historias de los navegantes que las cabalgaron mucho antes que nosotros. Envueltas en su espuma están la leyenda del célebre pirata inglés, que da su nombre a estos mares tormentosos, y la del capitán Cook, quien, a finales del siglo XVIII, traspasó por primera vez el Círculo Polar Antártico. La historia de la aventura, la Historia en general, no siempre es justa. No lo fue con Ladrillero ni con Sarmiento de Gamboa ni tampoco con Cook. El marino inglés se merece más que nadie el título de descubridor de la Antártida. Pero, a pesar de su tenacidad y eficiencia, no lo fue. Cook llegó a acercarse a cien kilómetros de la costa antártica, pero la niebla le impidió ver el continente y los témpanos de hielo le hicieron desistir. A su vuelta a Europa aseguró que nadie podría aventurarse más lejos. Se equivocaba. Es más, a partir de entonces se iniciaría una carrera de viajes y exploraciones que tendrían como objetivo ver quién llegaba más al "extremo sur".

La majestuosa danza de los icebergs, flotando sobre un océano increíblemente azul, da la impresión de un paisaje imposible, un espacio soñado únicamente por el poeta visionario del Libro de Job. A medida que navegamos hacia el continente blanco, la Antártida nos muestra toda su despiadada desmesura, una suma viva de contradicciones absolutas (la belleza y el frío, la vida y la muerte) flotando entre los grandes témpanos a la deriva. De cuando en cuando, el chorro de una ballena o el vuelo de los albatros gigantes nos acompañan en nuestra travesía. Si en el interior del continente nada se mueve, excepto el viento, en cambio, el mar que lo baña, el océano Antártico, es el más rico de todos los océanos del planeta: biológicamente es seis veces más productivo que el resto de los mares del mundo juntos.

En nuestro particular viaje al frío, mis amigos Carmen Portilla y Josep Maria Castellví bucearon bajo los témpanos de hielo para descubrir un reino de luces increíbles. Para disfrutar de este espectáculo único se necesita no sólo un equipo técnico de primera categoría, sino una amplia experiencia en inmersiones a gran profundidad. El traje estanco y los diversos artilugios que llevan encima dan a nuestros amigos el aspecto de astronautas dispuestos a conquistar un nuevo mundo. Y así es, en cierto modo, puesto que las profundidades submarinas forman uno de los últimos reductos que se resisten a la curiosidad innata del ser humano. Internarse en las honduras de los mares antárticos, buceando en aguas cuya temperatura apenas sobrepasa los cero grados, es como introducirse en un agujero negro: no sabes qué vas a encontrarte, ni dónde vas a ir a parar, ni los peligros a los que vas a enfrentarte. En el azul purísimo de los hielos antárticos, chapoteando junto a las focas, redescubrimos un lugar hecho para la aventura, un lugar donde el hombre, como depredador y destructor, todavía está ausente.

No siempre fue así. La abundancia de focas y ballenas llevó a los audaces balleneros a seguir el rastro del capitán Cook y a afrontar los peligros de la navegación austral. Las matanzas indiscriminadas de animales que tuvieron lugar durante todo el siglo XIX y la mitad del XX, estuvieron a punto de extinguir varias especies, desde focas, lobos y elefantes marinos hasta los animales más grandes del planeta, las ballenas. Pero, al lado del mal, el ser humano también mostraba su otra cara: la rapacidad incontrolada que obligó a estos marinos a surcar estos mares también les llevó a escribir algunas de las páginas más importantes de la navegación antártica. Hoy en día, a pesar de la prohibición estricta, que ha sido vital para que algunas de aquellas especies amenazadas se hayan recuperado, las flotas noruega y japonesa siguen depredando estas aguas.

James Cook, que no llegó a ver siquiera la costa antártica, describió la Antártida como un mundo de aspecto terrible, estéril y sin provecho alguno. El capitán Robert Falcon Scott, uno de sus grandes exploradores, la definió con una frase breve y tremenda: "¡Dios mío, este lugar es horrible!". Scott encontró la muerte junto a cuatro de sus compañeros en la pugna más trágica de toda la historia de la exploración polar. Después de perder la carrera por el Polo Norte, los británicos se volvieron hacia el Polo Sur. Pero esta vez se les adelantó un noruego que también se había visto obligado a cambiar sus planos de punta a punta del globo terráqueo. "Nunca he conocido a nadie que se haya visto tan diametralmente opuesto a sus deseos", escribió Roald Amundsen. "Desde niño he soñado con llegar al Polo Norte, y heme aquí, en el Polo Sur".

Desde la costa, la visión de esas llanuras desoladas, recorridas por vientos feroces y defendidas por murallas de hielo, es un espectáculo sobrecogedor. Durante seis meses al año, el gran desierto helado yace cubierto por la oscuridad de la noche polar. Los otros seis meses, una fría claridad de acero lo ilumina sin descanso. Resulta un espectáculo sin igual, un regalo que la naturaleza se ha hecho a sí misma.

Pero es el frío, un frío inmisericorde, aterrador, que en pleno verano puede llegar a 50º bajo cero (en la larga noche polar la temperatura media es de 70º bajo cero, y en la base rusa de Vostok se ha llegado a medir la temperatura más baja de la Tierra: 89,3º bajo cero), lo que convierte a la Antártida en el continente inhóspito por excelencia. Si la vida hierve en la costa e infesta las aguas del océano austral, en cambio el interior no es más que una gran meseta muerta. Un clima rigurosísimo ha exiliado del interior a todos los seres vivientes. La Antártida es sólo el quinto continente más extenso del planeta, pero, sin embargo, es el más alto, el más seco, el más frío y el más ventoso. Todo es desmesurado y hasta la ausencia de vida viene determinada por un elemento: el hielo. El 99% de su superficie está cubierta por el hielo y es culpable de la tremenda paradoja de que, a pesar de tener unas precipitaciones comparables al desierto del Sáhara, atesore en sus entrañas la mayor reserva de agua dulce del planeta.

Esta terrible verdad la corroboran de inmediato todos aquellos que, desafiando las tempestades del estrecho de Drake, se atreven a poner el pie en el continente antártico. En este lugar todos los humanos somos visitantes de paso. Scott y sus hombres lo descubrieron de golpe, después de ver ondear la bandera noruega en ese punto que había permanecido oculto a los ojos de la humanidad durante milenios. Los noruegos, capitaneados por Amundsen, se les habían adelantado por unas pocas semanas: un puñado de días en el cómputo de la eternidad, como escribió Stefan Zweig. Desalentados, los británicos dieron media vuelta arrastrando ellos mismos los trineos, sin ponis ni perros que les ayudaran a transportar sus equipos y su inútil cargamento de piedras. A Scott le parecía una crueldad trabajar con perros en la Antártida; sin embargo, no le importó sacrificar una recua de ponis escogidos en Manchuria, mucho peor adaptados a las condiciones climáticas del continente blanco. El fair play que practicaban los ingleses, a la postre les resultaría fatal. Fueron pereciendo uno a uno, durante la marcha de regreso, en la espantosa soledad.

Uno de los integrantes más jóvenes de la expedición de Scott, Apsley Cherry-Garrard, escribió a su regreso una crónica del viaje que acabaría transformándose en la obra maestra de las exploraciones polares y aun de la literatura de viajes. Con un sentido del humor típicamente británico, Cherry-Garrard la tituló El peor viaje del mundo, y es difícil que alguien pueda sintetizar mejor en una sola frase las penalidades que supone una travesía en la Antártida. El libro, escrito con la emoción de un protagonista en primera persona, también refleja la fascinación por un paisaje al margen de los hombres. Pude contemplarlo personalmente en 1994. Fue mi primera experiencia en la Antártida, y, como la primera vez que fui al Karakorum, aquel viaje transformó mi percepción de los paisajes y mi forma de entender la aventura. No me fue fácil adaptarme a un entorno tan duro, sobre todo teniendo en cuenta que acabábamos de regresar de una expedición al K2 donde habíamos perdido a nuestro amigo Atxo Apellaniz. Nuestro objetivo principal era una caminata de más de 1.200 kilómetros en busca del Polo Sur, esa quimera que marca el límite del globo terráqueo y también las cimas más elevadas del continente antártico. Desde el momento en que pisamos la base de Patriot Hills, muy cerca de la costa, sufrimos todas las penalidades imaginables: la ventisca que dificulta cada paso, los pies y las manos insensibles, las gafas empañadas a cada rato que difuminan el paisaje circular en una blanquecina papilla de leche. Los días en que sopla el viento, el frío se multiplica exponencialmente: por cada 3 km/h. de fuerza eólica, la temperatura desciende un grado. Así, 30 grados bajo cero, si se unen a un viento de 40 km/h. pueden provocar una sensación térmica real de 60 bajo cero. En esas condiciones, el riesgo de congelación es extremo.

Al igual que los británicos, tampoco llevábamos perros. Como ellos, somos partidarios del juego limpio, pero, además, una normativa internacional prohíbe introducir especies animales o vegetales en la Antártida. Hoy no sería aceptable maltratar a los perros y condenarlos a la muerte. Al final, después de tres meses de expedición conseguimos nuestro objetivo: ese punto quimérico que marca los cero grados de latitud Sur, el vértice donde se dan todas las horas a la vez y donde se anudan todos los meridianos del planeta Tierra. El lugar donde puede darse la vuelta al mundo, o cambiar de día, con sólo dar unos cuantos pasos. Por supuesto, en vez de la tienda hecha jirones de los noruegos, nos encontramos con la enorme cúpula metálica de la base Amundsen-Scott, el complejo científico que los estadounidenses han montado en el mismísimo fin del mundo.

Nuestra relación con la Antártida dura más de una década y se ha traducido en expediciones muy diversas, pero sólo es posible entenderla desde la pura pasión. En mi opinión, un medio tan duro y tan hostil exige la entrega de un amante. En nuestra expedición de 1994 no sólo alcanzamos el Polo Sur, sino que rematamos la faena con la ascensión del monte Vinson, la cima más alta de la Antártida, y de otras dos montañas vírgenes que bautizamos con los nombres de monte Jaca y monte Príncipe de Asturias. Tras 16 horas de durísima ascensión, soportando siempre temperaturas por debajo de los 30 grados bajo cero, la cámara se congeló, el mecanismo de arrastre quedó bloqueado y no pudimos rodar un solo plano en la cumbre. Aquel paisaje sólo impresionó el negativo de nuestra retina. Tanto el Vinson como el Jaca nos regalaron el espectáculo de días que no acababan nunca, de atardeceres rojizos que hacían arder el hielo.

Seis años después volvimos a una zona conocida como la Tierra de la Reina Maud, un sector explorado por los noruegos en diversas expediciones desde 1927 a 1967. El lugar parece surgido de un sueño: bestiales y colosales colmillos de piedra que surgen de la llanura helada como pináculos de una catedral inconcebible. No es de extrañar que los noruegos bautizaran este conjunto espectacular de picos como Fenriskjefta, la Mandíbula del Lobo, en honor de Fenris, el gran lobo de la mitología noruega que una vez se tragó el sol.

En pocos lugares como en la Tierra de la Reina Maud uno alcanza a comprender que la Antártida, más que una geografía, es un espacio mental, el escenario de un sueño compuesto de líneas imaginarias, de entelequias, de quimeras. Al fin y al cabo, una quimera es el Polo Sur, y otras tantas quimeras eran las cumbres que nuestros amigos José Carlos Tamayo, Ferrán Latorre y Mikel Zabalza se propusieron alcanzar. A las dificultades de una escalada en vertical capaz de competir con las más exigentes paredes de los Alpes y a las condiciones detestables de la meteorología, pronto hubo que sumar un tercer factor: los dientes de Fenris el Lobo estaban cariados. Debido a la acción del hielo y a la erosión constante del viento antártico, la roca de los pilares estaba prácticamente descompuesta y muchas veces se deshacía entre las manos, con el consiguiente peligro de caídas y desprendimientos. La tensión era constante. Aun así, los dientes fueron cayendo uno a uno ante la tenacidad de nuestros amigos.

Pero ni la llegada al Polo Sur ni las escaladas en las montañas antárticas saciaron nuestra pasión por el continente blanco. Se equivocan quienes dicen que la aventura en la Tierra ya no es posible. Los que afirman esto suelen ser aventureros de poltrona que no salen de casa ni para dar un paseo a la sierra el fin de semana. El día en que no queden retos en la Tierra se nos hará inhabitable. Aparte de las profundidades submarinas (la gran aventura pendiente para el siglo XXI), quedan centenares de montañas vírgenes en el Himalaya, y el cañón más profundo del planeta, el Yarlung Tsangpó, todavía está esperando al hombre capaz de recorrerlo de principio a fin. Y en la propia Antártida quedaba una colosal franja de terra incógnita: la zona oriental del continente donde se encuentra el mismísimo polo sur de la inaccesibilidad, un lugar tan vasto y misterioso como la cara oculta de la Luna.

El hombre siempre ha soñado con ir más allá. Casi desde el mismo momento de la conquista del Polo Sur, un explorador que se había visto relegado en la pugna entre Scott y Amundsen ideó una aventura más ambiciosa aún: atravesar la Antártida de lado a lado. No lo consiguió (es más, no llegó siquiera a pisar el continente helado), pero, durante tres años, Shackleton y sus hombres protagonizaron la más heroica gesta de toda la historia de las exploraciones polares, un duelo mano a mano con la naturaleza más hostil, sin darse por vencidos nunca y sin perder una sola vida humana.

El artífice de aquella hazaña asombrosa fue un hombre al que todo le salió mal (fracasó no sólo en todas sus expediciones, sino también en todos los negocios que emprendió después), y al que, sin embargo, se le recuerda como el más grande de todos los exploradores polares. Raymond Prestley, un geólogo que conoció a los tres grandes exploradores polares, definió así las virtudes de cada uno: "Como jefe de una expedición científica, elegiría a Scott; para un raid polar rápido y eficaz, a Amundsen; pero en medio de la adversidad, cuando no ves salida, ponte de rodillas y reza para que te envíen a Shackleton".

Su sueño de cruzar la Antártida de lado a lado debió esperar hasta 1990. Esa temporada, el gran alpinista Reinhold Messner y el navegante Arved Fuchs lograron la proeza de atravesar la Antártida a pie. Pero sólo recorrieron 2.800 kilómetros y contaron con ayudas exteriores en algún punto del recorrido. Así que el gran desafío del continente seguía intacto: cruzar su zona oriental, conocida como "la zona de inaccesibilidad", un enorme espacio en blanco de 5.000 kilómetros de largo y apenas explorado por el hombre. Siendo fieles al espíritu de los pioneros de aquella época heroica, Amundsen, Scott, Shackleton y otros pocos, decidimos hacerlo sin medios mecanizados ni ayudas exteriores. Con ello, nuestra expedición se encontraría en un verdadero aprieto si algo se torcía, ya que no contábamos más que con nuestros propios medios. Por fortuna, teníamos un vehículo completamente novedoso, una verdadera revolución en el campo de la exploración sobre hielo: el catamarán polar. Ideado y desarrollado por Ramón Larramendi, nuestro mayor experto en expediciones de este tipo, el catamarán polar consiste en un trineo impulsado por una cometa. Unimos dos ideas sencillas que conocíamos perfectamente: el trineo esquimal y las cometas que vuelan en las playas, para conseguir un vehículo eficaz y respetuoso con un medio ambiente tan frágil y delicado como la Antártida. La fuerza del viento se encargaría de remolcarnos a través de la llanura helada.

Dicho así, parece fácil, pero necesitamos seis años de preparativos y pruebas para acometer una empresa tan arriesgada como la Travesía Transantártica 2006. Entre ellas, nada menos que varias carreras a tumba abierta por las mesetas heladas de Groenlandia, donde Larramendi se reencontró con algunos de sus viejos amigos esquimales. Él ha aprendido del pueblo mejor adaptado al frío todo lo necesario para sobrevivir en un entorno tan severo. Pero las travesías en Groenlandia serían un juego de niños comparadas con los peligros a los que íbamos a enfrentarnos en la Antártida: distancias enormes, vientos huracanados, frío extremo, soledad absoluta. Además, había que contar con los célebres sastruguis, barreras de olas congeladas que impiden el avance del catamarán y que provocaron varias roturas, amén de grietas donde el propio Dante hubiera situado las puertas del infierno, o el white out, una espesa niebla que produce una desorientación total.

Nuestra expedición polar más ambiciosa dio comienzo el 10 de noviembre de 2005 y contaba con tres miembros: Ramón Larramendi, Juanma Viu e Ignacio Oficialdegui. Durante 63 días, nuestros amigos recorrieron más de 4.500 kilómetros ayudados por el viento, o, como hicieron Scott y sus hombres, arrastrando ellos mismos su trineo a través de un desierto inmaculado, con el sol colgado eternamente del cielo y un frío que no parece de este mundo. Al mismo tiempo, en la costa antártica, realizamos otra aventura extraordinaria al combinar una navegación por el estrecho de Gerlache, inmersiones debajo de icebergs gigantescos y escaladas a los montes Scott, Mill, Shackleton y Wandell. A cambio, todos comprendimos la belleza esencial del planeta en que vivimos, la grandeza de esos paisajes que, como dice el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, son "de antes o de después del hombre".

Esta travesía con el catamarán polar cierra un capítulo de la historia de Al Filo, pero nuestro idilio con el continente blanco no ha concluido aún. La aventura definitiva no existe: cada una es un eslabón que nos une al pasado y nos compromete con el futuro. Es imposible olvidar que es el único continente todavía no mancillado por la mano del hombre y que aún permanece virgen a la contaminación ambiental; depende de nosotros conservarlo tal cual, no sólo como un regalo para nuestros hijos, sino quizá como la última oportunidad de la especie humana sobre la Tierra.

En ningún lugar como en la Antártida es visible esa contradicción que emana de los grandes espacios salvajes, la belleza y el peligro supremos, un ansia de pureza y de soledad que representa, tal vez, lo mejor de nosotros mismos. En Frankenstein, Mary Shelley escribió: "En vano trato de convencerme de que el Polo es un lugar de hielo y desolación: siempre se me aparece, en la imaginación, como un sitio de encanto y belleza. Allí el sol siempre es visible… ¿Qué puede ser imposible en una tierra de luz eterna?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de agosto de 2006