Reportaje:ESCAPADAS | El alcázar de Segovia

La proa de Castilla

El enclave fortificado fue la primera residencia de los Reyes de Castilla desde 1135

Excepto Diego de Colmenares, que en su famosa historia de Segovia atribuye la erección del alcázar a Hércules egipcio, hijo de Osiris faraón en 1706 antes de Cristo, nadie sabe quién ni cuándo comenzó obra tan formidable, digna de un dios forzudo, a fe. Lo que sí sabemos es que fue la primera residencia de los Reyes castellanos, al menos desde 1135, dos siglos antes que el palacio de Tordesillas y el alcázar sevillano. Luego sería cárcel de Estado, Real Colegio de Artillería y, tras el devastador incendio de 1862, Archivo General Militar y monumento, el más galano de la ciudad.

Fernando Chueca Goitia lo definió como "proa de Castilla y solar de su monarquía". Lo segundo ya ha quedado explicado. Para entender lo primero, en cambio, hay que rodear la ciudad vieja por los valles del Clamores y del Eresma, y observar, desde su confluencia, cómo se yergue el alcázar sobre una peña tajada a pico entre ambos barrancos, cual gigantesca nao aproada hacia poniente; una nao que, en vez de palos y velas, luce picudos chapiteles y tejados de pizarra, y una torre de 90 metros, la de Juan II, como castillo de popa.

De las 11 dependencias que se visitan, la más antigua es la sala del Palacio Viejo, con sus ventanas geminadas del siglo XII. La más importante es la de Reyes, donde se reunían las Cortes bajo la mirada de todos los monarcas que hay esculpidos en el friso, desde don Pelayo hasta Juana la Loca. Y la más curiosa, la del Cordón, decorada con un cordón franciscano que mandó colocar Alfonso X en señal de penitencia; días antes, El Sabio había dicho que "de haberle consultado el Sumo Hacedor, de otra manera hubiera organizado el Universo", y casi lo mata un rayo.

En la aneja capilla se puede admirar el único cuadro que se salvó del incendio del marras, la Adoración de los Magos, de Bartolomé Carducho. A continuación, se pasa revista a la sala de Armas, donde se ve lo piltrafillas que eran los hombres medievales, que cabían en tan exiguas armaduras. Y, por último, se recorre el Museo del Real Colegio de Artillería, que rememora los casi 100 años de estancia en el alcázar segoviano, entre 1764 y 1862, de la academia militar que formó, entre otros, a Daoiz y Velarde, los héroes del Dos de Mayo. De forma opcional, por un módico sobreprecio, se puede subir a la torre de Juan II -152 peldaños, según la versión oficial; 148, según nuestro recuento- y, desde su azotea, orlada de almenas y escaragüítas, contemplar la hermosa estampa que ofrece la ciudad apiñada en torno a la catedral, a caballo entre la verde sierra pinariega y la gualda llanura de pan llevar. Otra opción, gratuita, es bajar por la calle del Pozo de la Nieve y la cuesta de la Zorra a los jardines del alcázar, donde, a la sombra del castillo y a la vera del Eresma, los Reyes de Castilla celebraban sus torneos, tan fresquitos.

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