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domingo, 9 de julio de 2006

El estilo Ségolène

A nueve meses de las presidenciales francesas y a cuatro de que los socialistas elijan candidato, Ségolène Royal destaca como favorita. Criticada y envidiada hasta en su propio partido, para muchos es sólo un producto mediático; para otros, la gran esperanza de cambio. Madre de cuatro hijos, Royal ha convertido su desventaja, ser mujer, en su mejor arma política

Gimnasio Jean Jaurès, París. El 20 de junio, Ségolène Royal reunía a los militantes del distrito 19, uno de los feudos socialistas de la capital francesa. El ambiente es cálido. El público se ha colocado sobre la pista, con las sillas formando un círculo en cuyo centro está ella, micrófono en mano, vestida con uno de sus clásicos trajes de chaqueta blancos, con zapatos de tacón bastante alto. Las gradas también rebosan. De pronto, un joven se levanta y le dice: "No sé si es correcto lo que voy a decirle, pero es usted incluso más bella en la realidad que en los medios". Silencio. Sin inmutarse y mirándole directamente a los ojos, ella le responde: "Pues usted tampoco está nada mal".

Ovación sentida. Al joven se le humedecen los ojos. Royal deja pasar unos segundos. Domina completamente el ritmo del momento. Y con voz clara, pronunciación impecable nada amanerada, reanuda el debate. Insiste en la necesidad de luchar contra la inseguridad y la delincuencia. No es un tema exclusivo de la derecha, explica. No hace ni dos semanas que sus declaraciones sobre los delincuentes juveniles, proponiendo que se controlen las ayudas sociales de las familias que no ejercen la autoridad sobre sus hijos conflictivos e incluso sugiriendo que se utilice el ejército para encuadrar a los reincidentes, han levantado ampollas entre los barones del Partido Socialista (PS), que acusan a Royal de querer "militarizar" la sociedad e incluso de querer "calzarse las botas de Le Pen".

Pero muchos le dan la razón. Las encuestas le ofrecen una ventaja astronómica en el campo de la izquierda frente a los demás candidatos a la presidencia francesa. Mientras ella se sitúa sistemáticamente por encima del 60%, el primero de sus seguidores, el ex ministro de Economía Dominique Strauss-Khan, no llega al 20%. Y últimamente incluso supera al candidato de la derecha, Nicolas Sarkozy, en intención de voto directa.

En un país en el que declararse socialdemócrata es colocarse en la derecha del espectro político, Royal no ha tenido ningún reparo en moverse entre líneas, sorteando el campo de minas ideológico de la política francesa, siempre con un punto de ambigüedad; con respuestas brillantes, pero enigmáticas, como, por ejemplo, cuando le preguntan si es partidaria de la discriminación positiva, un inconfesable pecado del liberalismo anglosajón, contrario al espíritu republicano. "¿Discriminación positiva? No, igualdad real", responde. Y así con todos los tabúes.

A nueve meses de la primera vuelta de las presidenciales y a cuatro de la votación interna por la que los socialistas elegirán a su candidato, Royal está rompiendo todo pronóstico. En realidad, está dinamitando el modelo clásico que ha imperado en la V República. Si gana las elecciones, el debate sobre si es el modelo constitucional el que está obsoleto no tendrá sentido.

La pasada primavera, en plena crisis del contrato laboral para jóvenes, mientras sindicatos y estudiantes se movilizaban contra la precariedad, en una entrevista del Financial Times, preguntada sobre la reforma laboral, se mostró partidaria de cierta souplesse, lo que fue traducido como flexibility, y los rugidos en el seno del PS se oyeron en Londres. En lugar de desmentirlo, de intentar explicar la traición de la traducción, cambió de término: ya no habla de souplesse, sino de agilité.

Pero nada es improvisado. Esta mujer es una corredora de fondo. Cuentan que en el verano de 2002, el líder ultraderechista Jean-Marie Le Pen, conversando con unos periodistas tras su derrota frente a Chirac por la presidencia, les espetó: "Dentro de cinco años, el candidato socialista a la elección presidencial será Ségolène Royal". La anécdota -apócrifa o no, pero recogida por alguna prensa francesa- forma parte de una serie que dibuja un manto de predestinación o una estrategia muy bien diseñada.

Le Pen fue profeta porque su nombre no empezó a aparecer en los sondeos hasta el verano pasado y su imparable despegue se ha producido este invierno. Pero este corresponsal ya escuchó en otoño de 2004 el nombre de Royal como posible candidata en un almuerzo con un miembro del Cuerpo Diplomático. Para entonces, Ségolène había conseguido hacerse con la presidencia de la región de Poitu-Charentes, feudo del aún primer ministro conservador Jean-Pierre Raffarin, lo que le proporcionaba una importante base logística y de poder. El diplomático la ensalzó como rara avis de gran calado político y buena estratega; apuntó que podría ser una de las sorpresas de la izquierda, pero quiso curarse en salud y pasó a describir los muchos obstáculos que encontraría su candidatura. Los dos primeros: ser mujer y además compañera y madre de los hijos del primer secretario del PS, François Hollande. Por este orden.

Signo del cambio de los tiempos, estos inconvenientes se han convertido en sus mejores bazas para derrotar a los viejos elefantes del partido, tipos con la piel dura, curtidos en mil batallas y convencidos de que el mundo sigue igual que donde lo dejaron en 2002 tras la derrota de Jospin en la primera vuelta frente a Le Pen. "Votar por una mujer significa, simbólicamente, deshacerse de los demás políticos, porque el sistema es exclusivamente masculino", asegura el sociólogo Alain Touraine. La filósofa Julia Kristeva asegura que "el país se prepara para ser gobernado en femenino". En cuanto a su relación de pareja con el primer secretario del PS, empieza a ser difícil negar que entre ellos hay algo más que simple complicidad. Por más que sea cierto que Hollande es ambicioso y mantiene sus aspiraciones, que la situación actual le obliga a bailar en la cuerda floja, que debe ser muy difícil sortear los relinchos de tantos egos lastimados por el éxito de su compañera, a estas alturas resulta imposible no pensar que esta pareja funciona como un equipo.

François y Ségolène se conocieron en la Escuela Nacional de la Administración (ENA), la fábrica de élites de la República Francesa. Ambos formaban parte de la promoción Voltaire (1978-1980), al igual que el actual primer ministro, Dominique de Villepin, aunque parece que no se relacionaban demasiado. Se enamoraron, se convirtieron en pareja estable -nunca se han casado-, tienen cuatro hijos que mantienen al margen de su agenda política, y siguen juntos. En los últimos meses se ha hablado varias veces de crisis en la pareja. Pero lo que más sorprende de ellos es su forma de mantener la apariencia de estabilidad al tiempo que conservan sus diferencias fundamentales. Él es "reactivo, jugador de equipo, incapaz de callarse un comentario preciso y siempre bienintencionado cuando cree que puede aportar algo", explica un alto cargo socialista. Ella, silenciosa, algo reservada, elegantemente distante, exhuma confianza en sí misma y transmite tranquilidad.

Hay quien dice que el éxito de uno supondrá el fin político del otro, pero de momento parece que la familia funciona. El hijo mayor, Thomas, se ha implicado en la página web de su madre, un laboratorio de ideas que nutre la campaña y que se convertirá en libro a finales del verano. El manuscrito verá la luz primero en formato electrónico para poder así incorporar las reacciones de los militantes en la edición final.

Hija y nieta de oficiales del ejército francés, Royal nació en 1953 en Dakar, capital de Senegal, cuando aún era colonia francesa. Es la cuarta de ocho hermanos y fue bautizada con el nombre de pila de su madre, Marie Ségolène, un patronímico no muy común, lo que ha contribuido al hecho de que sea la única figura política a la que se llama por su nombre de pila. La suya no fue una infancia feliz. Su padre no era precisamente cariñoso; llevaba monóculo y el pelo al cepillo, ultraconservador, tremendamente castrense. En su casa reinaba la disciplina absoluta, aunque las mujeres escapaban a los rigores que sufrían los varones, sometidos a constantes castigos físicos. La familia siguió la vida itinerante típica de militar. Finalmente, su padre los abandonó. Una versión dice que se fue en bicicleta y no regresó. Su madre asegura que fue ella la que se marchó con sus hijos.

Pero al margen de malos recuerdos, la educación castrense, los valores militares y la disciplina conforman su personalidad y son parte de su atractivo político, porque le otorgan solidez y credibilidad entre las clases medias. La misma Kristeva, para retratarla cita a Colette (1873-1954): "La única virtud de la que me jacto: ser escrupulosa", escribe. "Más circunspecta cada día ante mi trabajo, y puntual como si hubiera sabido que el reglamento lo cura todo".

En los últimos meses, François y Ségolène se cruzan constantemente. "Autónomos, pero irremediablemente ligados", sintetizaba el periodista François Bazin. "Cómplices y competidores", añadía otro. Su carrera política no puede ser más contrastada. Ella, casi siempre en la política de gestión, en el Ejecutivo, como ministra -cuatro veces- o ahora, en Poitiers, presidiendo la región de Poitu-Charentes. Él, en el partido, en la cocina, hasta llegar a primer secretario. Cuando, a principios de este año, Royal empieza a crecer en los sondeos, desde el PS se la ningunea. Se la desprecia con exabruptos machistas. "¿Quién cuidará de los niños?", dice uno. "¿Ya se lo ha preguntado a su marido?", apunta otro. "Esto no es un concurso de belleza", sentencia Laurent Fabius. Pero a mediados de enero, cuando la familia socialista se reúne en el cementerio de Jarnac para conmemorar el 10º aniversario de la muerte de Mitterrand, Ségolène se desmarca abiertamente y emprende un simbólico viaje a Chile para apoyar a la candidata socialista Michele Bachelet, que acabará consiguiendo la presidencia de su país. Es un momento decisivo. Royal se mira en el espejo Bachelet. Dos hijas de militares.

Los grandes barones del PS, los Fabius, Dominique Strauss-Khan, Henry Emmanuelli, Jack Lang, e incluso mujeres como Martine Aubry, no se cortan. "Es una burbuja mediática", dicen. "No tiene programa", añaden. Hollande toma un perfil bajo e intenta suavizar la situación. Pero la eclosión de Ségolène podría bien definirse como la irrupción de una porcelana en un almacén de elefantes. Nadie recuerda entonces que la presidenta de Poitu-Charentes lleva meses y meses haciendo campaña, metódica, directa. Cada fin de semana, pueblo a pueblo, visita las agrupaciones socialistas de toda Francia, saluda y charla personalmente con militantes y vecinos. Verla en acción sobre el terreno desvela parte del secreto de su éxito.

El largo puente de la Ascensión, a primeros de mayo, lo aprovechó bien. El jueves estuvo en la zona de Burdeos, luego viajó hacia el centro, y el sábado, a Lorgues, departamento del Var, en la Provenza. Una localidad de unos 8.000 habitantes bañada por un sol mediterráneo, tierra de viñas y retaguardia de la Costa Azul. Territorio de la derecha dura desde los años setenta. Quedan núcleos socialistas, pero minoritarios. La agrupación local del PS celebra la Fiesta de la Rosa, ocasión para invitar a una personalidad del partido y poner medallas a los viejos militantes. La cita es a mediodía bajo un sol de plomo en el Espacio François Mitterrand, a las afueras: el clásico polideportivo multiusos de factura socialista. Los militantes han colocado tenderetes con parafernalia y literatura política. Las miradas se dirigen hacia la carretera por la que debe llegar Ségolène.

No hay cortejo. Un simple monovolumen aparca frente a la puerta, y baja ella. Viste traje de chaqueta de colores claros y zapatos granates de tacón alto. Ya desde la puerta saluda a cada persona que se le acerca. Se mantiene tranquila, relajada, ajena a la nube de fotógrafos y cámaras que ha despertado de pronto y la atosiga. Ella los mira con aire severo, pero correcto; lo suficiente para que se esponje el espacio a su alrededor y la gente pueda acercarse a saludarla.

La comida reúne a un millar de personas en el polideportivo. Largas mesas con manteles rojos. El vino de la región ha sido etiquetado como Couve Ségolène; blanco y tinto. La edad media de los asistentes es elevada. Suena Bella ciao, que es seguida con palmas. En los postres, Royal impone las medallas del centenario del PS a los viejos militantes. En público es capaz de mantener una sonrisa creíble durante horas. Luego desaparece.

A las cinco de la tarde está previsto su discurso. El fotógrafo la localiza en el pequeño camerino contiguo a la sala de actos. Sentada frente a la pequeña mesa, frente al clásico espejo festoneado de bombillas, Royal repasa el texto. Toma notas, tacha, corrige. Se detiene y deja que se pierda su mirada como si buscara la palabra exacta. La escena fascina. Hace como si no nos viera. ¿Nos ignora? De ningún modo. Es obvio que está pendiente de la cámara y de lo que sucede a su alrededor.

El alcalde de Lorgues reconoce que nunca la Fiesta de la Rosa había reunido a tanto público. Habla sobre la crisis de las barriadas, el desempleo y el fallido intento del Gobierno conservador de imponer el famoso contrato precario para jóvenes. Es clara, concisa. Se atreve a entrar en el tema europeo. "Sí, yo hice campaña por el sí", admite, "pero los franceses dijeron que no por muchas razones, entre otras por mostrar su rechazo al Gobierno y al presidente Jacques Chirac". "El descrédito de los gobernantes está ligado a la falta de respeto", añade, "yo propongo rescatar la Francia del respeto". Y aprovecha para ajustar cuentas con sus compañeros de partido. "Me abstengo de responder a las pequeñas frases, a los ataques miserables, porque los socialistas tienen que dar ejemplo de respeto". "Entiendo lo que dice; me gusta porque habla con claridad, no se anda por las ramas ni larga discursos incomprensibles", explica una mujer de mediana edad, maestra. "Nos respeta", le responde otro vecino, "porque usa palabras simples que todo el mundo entiende para explicar los temas importantes".

Su mal carácter es legendario. Como también su disponibilidad y su accesibilidad, una actitud con la que consigue que todo el mundo crea que le escucha, que se preocupa de sus problemas, incluso sin tener que contárselos. Pero a lo largo de su carrera política, desde sus comienzos en la pequeña Trouville sur Mer, en la región de Calvados, ha dejado amores y odios en igual cantidad y recuerdos que mezclan lo bueno y lo malo: su carácter agrio, su agresividad, sus constantes sermones a los compañeros de partido o su rigidez en temas morales. "Seduce de lejos, irrita de cerca", dijo de ella el ex primer ministro Jean-Pierre Raffarin.

Hay varios relatos de Ségolène, y ni todos provienen de admiradores, ni son positivos. Los peores, de subalternos: secretarias llorosas y chóferes indignados por su actitud fría y despótica. Entre sus detractores destaca el filósofo Alain Etchegoyen, ex consejero del ministro de Educación Claude Allegre cuando Royal era ministra delegada, y que ha publicado un libro, Su deber es callarse, sobre su experiencia en el Gobierno de Jospin. En él dedica un capítulo a explicar anécdotas que retratan un personaje obsesionado por su imagen pública; buscando siempre un golpe de efecto brillante, pero incapaz de debatir un tema en profundidad. Detesta el lenguaje soez: son muchos los que explican cómo les ha reprendido por una broma escatológica o machista. Y es tremendamente pudibunda. Famosos son sus comentarios contra una publicidad de una marca de cosméticos consistente en la imagen de unas nalgas perfectas que, en su opinión, "provocaban el deseo de sodomizarlas". Este conservadurismo en la moral sexual le ha llevado a resbalar en la cuestión del matrimonio homosexual. Cuando el alcalde de Bègles ofició una boda gay en 2004 escribió: "Se trata de una señal equivocada y de una provocación injustificada de las convicciones familiares y religiosas".

Ahora ha rectificado. Primero, porque el programa del PS establece la legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo y la posibilidad de adoptar; pero además porque es evidente que, entre los votantes de izquierdas, éste es un tema definitorio. En una reciente entrevista revisaba su concepto de familia, matizando que había que defenderla "en su diversidad: nuclear, recompuesta, monoparental y homoparental". Se trata, dijo, de la igualdad de derechos dentro de la eclosión de las "nuevas libertades". Detrás de la cuestión del matrimonio homosexual está "la cuestión esencial de la discriminación dentro de la República". Pero quienes pretenden acusarla de homófoba olvidan que fue ella quien, como ministra de la Familia, adoptó en 2001 una ley sobre la autoridad paternal que beneficiaba a los homosexuales. Sus amigos salen en su defensa y explican que cuando se produjo la boda de Bègles, simplemente no lo entendió. "¿Por qué quieren casarse?", aseguran que dijo sorprendida, ella que nunca lo ha hecho. Su feminismo tiene un tinte muy particular. Una de sus frases famosas es: "¿Le preguntaría usted eso a un hombre?". Y uno de los mayores errores de sus rivales en el PS ha sido precisamente intentar descalificarla por serlo. Se lo pusieron en bandeja. "Aunque la igualdad aún no ha sido conseguida del todo, ya no hay que avergonzarse de reafirmar los valores femeninos", explica. Y añade: "El deseo de ser madre ha reemplazado a la interrupción voluntaria del embarazo, y la moral de la libertad de opciones reemplaza el igualitarismo obsesivo".

Prefiere el consejo de amigos y compañeros que el recurso a profesionales. Aun ahora, cuando compite por el primer premio, su campaña es artesanal (incluso banal, apuntan algunas voces críticas de su partido, como la fabiusiana Marie Noëlle Lenemann, que la acusa de "repetir banalidades amables que generarían políticas que nos pondrían contra la pared").

Pero Royal siempre ha preferido la vía directa, incluso a costa de la confrontación. Cuando salió de la ENA, tras su debú como concejal de la oposición en Trouville -que no debió de ser muy satisfactorio: ni lo menciona en su currículo-, trabajó en la campaña electoral que llevó a Mitterrand al Elíseo, y tuvo la suerte de que éste se acordara de ella y de su compañero y les llamara para su equipo. Pero ella estaba dispuesta a abrirse camino de manera más sólida, de modo que quiso asegurarse un escaño en el Parlamento y forzó que el partido la designara para la circunscripción de Deux-Sevres, un lugar del que lo desconocía todo. Para entonces ya tenía tres hijos, pero no se arredró. Dejó a los pequeños a cargo de la madre de Hollande, cogió el tren, llegó justo a tiempo para inscribir su candidatura y se lanzó de cabeza a aprender, a hablar con la gente y darse a conocer. Ganó el escaño. Cuentan que a los agricultores les prometió que organizaría clases de inglés para permitirles así vender mejor su famoso queso de cabra, el chabichou. Cuando la derrota socialista de 2002, Royal no quiso quedar en manos del partido, con un simple escaño de diputada. Se hizo con el feudo de Raffarin -nada menos que el primer ministro- en Poitu-Charentes. Una apuesta clave, porque es desde allí desde donde ha organizado la campaña a la presidencia; con su gente, al margen de la calle Solferino, donde, por si acaso, ya está François.

Algunos analistas políticos consideran que Ségolène Royal está empezando a aplicar el método Mitterrand (prescindir del partido, incluso de forma ostentosa), y recuerdan lo sucedido en 1971, cuando Mitterrand tomó el poder en el PS y mandó al foso de la historia a los viejos caimanes de la SFIO. Su mejor alumna -fue él el primero en encomendarle responsabilidades políticas- tampoco tiene miedo de ir a contracorriente del partido y, como él, domina el arte de desmarcarse sin dar la sensación de que es prisionera de algo o de alguien. También sabe que la niebla, la ambigüedad, es una táctica excelente, y que, a falta de convicciones, es necesario mostrar que se tienen.

"Aprendió de Mitterrand la manera de gobernar y la necesaria primacía de la política sobre la tecnocracia, y también que la política es cuestión de voluntad", señala un antiguo dirigente socialista que la recuerda en sus primeros pasos. Se la compara con el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero -ha sido incluso bautizada como "la zapatera"-, porque parece encarnar en Francia una renovación de la izquierda socialista. Pero lo que en realidad les une es la reivindicación de la política con mayúsculas, "su capacidad y su determinación de hacer política", explica esa misma persona.

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