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Tribuna:

Galbraith y el sentido común

Un grupo de colegas, familiares y amigos de John Kenneth Galbraith se reunió recientemente en la capilla de la Universidad de Harvard para honrar a este hombre que murió el 18 de abril, a los 98 años. Consejero de presidentes y, en especial, de John F. Kennedy, embajador de Estados Unidos en India, crítico implacable de las opiniones convencionales (una expresión que él acuñó, como su inolvidable oposición entre "la opulencia privada y la miseria pública"), siempre insistió en la ineludible dimensión moral y política del análisis económico. Fue el heredero legítimo de Adam Smith y John Maynard Keynes. Para desolación de los economistas que se ocultaban detrás de crípticas técnicas pero no podían disimular su papel como apologistas del capitalismo, él fue el crítico más elocuente del capitalismo y, al mismo tiempo, el economista más leído del mundo.

El funeral tuvo un significado político, e incluso varios. La Universidad estaba representada por su antiguo rector, Derek Bok, que es ahora rector en funciones después de que el claustro obligara a dimitir a un tecnócrata dogmático, Lawrence Summers (un economista incapaz de criticar el reparto actual del poder y riqueza). Bok habló largo y tendido sobre la magnética presencia de Galbraith en Harvard, con un hogar que era una posada universal y unas cenas que constituían un foro permanente. Lo que Bok no mencionó fue que, en los años treinta, Harvard no quiso renovar el contrato al joven Galbraith: sus opiniones keynesianas y su apoyo al New Deal de Franklin Roosevelt no estaban bien vistos. Diez años después, después de la guerra, estuvieron a punto de negarle una cátedra. Había analizado los efectos de los bombardeos por saturación llevados a cabo por Estados Unidos en Alemania y Japón y había llegado a la conclusión de que habían destruido todo menos la capacidad de dichos países de seguir fabricando armas. El grupo que en aquel momento preparaba con intensidad eclesiástica la guerra fría no quería que se proclamaran tales herejías desde un púlpito tan prominente. En años posteriores, Galbraith (a quien el primer ministro indio calificó, al expresar su pesar por su muerte, "un hombre de paz") criticó con la misma fuerza el afán aventurero y militarista de Estados Unidos y los costes sociales del capitalismo sin regular.

Los oradores eran personas que habían encabezado, durante dos generaciones, la lucha para prolongar el New Deal. El gran historiador y colega de Galbraith en la Universidad y en el Gobierno de Kennedy, Arthur Schlesinger Jr., estaba demasiado enfermo para asistir, pero envió un espléndido homenaje. George McGovern, candidato presidencial derrotado en 1972 y un símbolo vivo de la tradición del New Deal, recordó la tutela que le había proporcionado, cuando era un congresista desconocido, el que entonces era el líder intelectual de los demócratas. McGovern procedía de un Estado agrario, y Galbraith se había educado en la tradición del radicalismo agrario canadiense, que nunca olvidó. El senador Edward Kennedy habló en nombre de toda su familia. El silencio invadió de forma especial la capilla cuando expresó su pesar porque sus hermanos, el presidente y el senador Robert Kennedy no pudieron disfrutar durante más tiempo de los consejos de Galbraith. Gloria Steinem habló del constante apoyo de Galbraith al movimiento feminista. Amartya Sen mencionó la enorme influencia de Galbraith en economistas de mucho más allá de nuestras fronteras y cómo, para muchos, representaba el lado más noble de Estados Unidos.

Los hijos de Galbraith nos recordaron su preocupación por los demás, su generosidad de espíritu y su forma de disfrutar de la condición humana. Yo tengo muchos recuerdos de él, pero el más agudo es el de una visita que hice, un verano, a su granja de Vermont. Nos acercamos a nadar al estanque que tenía y, de camino, pasamos junto a un caballo que pacía en la hierba. Me detuve a admirar el animal y Galbraith comentó: "Norman, si hubieras crecido en una granja en Ontario en vez de las calles del Bronx, serías mucho menos entusiasta de los caballos".

Al acabar la ceremonia, salimos a los sones del poema escocés de Burns, Auld Lang Syne, un canto a la necesidad de la memoria. Dada la edad de Galbraith, no muchos de los presentes pertenecían a su generación. La siguiente (Schlesinger tiene 88 años, el senador Kennedy 74) estaba bien representada, así como la inmediatamente posterior. ¿Y qué hay de nuestros nietos? ¿Qué sitio tiene, en la política estadounidense, un pensamiento crítico con connotaciones prácticas? El otro día asistí a un debate sobre política económica en el Centro para el Progreso Americano, un instituto próximo a los Clinton, que pretende ofrecer ideas a los demócratas con vistas a las elecciones presidenciales de 2008. El ex asesor económico de Clinton Gene Sperling era uno de los oradores. Hizo lo imposible para no dar la impresión de que estaba en contra del capital, con lo que consiguió parecer una buena imitación de un famoso senador que, al preguntarle sobre la inflación, declaró que estaba contra la inflación y contra la deflación pero a favor de la flación. Por lo visto, la vieja Tercera Vía -un camino a ninguna parte- sigue abierta para los viajeros que huyen de tener que asumir una postura política. No obstante, también participaron Jared Bernstein, presidente de un instituto relacionado con los sindicatos, y el catedrático de Princeton y columnista de The New York Times Paul Krugman, que se mostraron mucho más combativos y cuyas palabras y actitudes -muy apreciadas por los jóvenes presentes entre el público- fueron la prueba de que algunos han aprendido las enseñanzas de Galbraith. Los que luchan para que se produzcan grandes transformaciones institucionales no deben permitir que sus adversarios conservadores marquen la pauta del conflicto.

En el horizonte de Estados Unidos no hay ningún gigante, pero eso no significa que vivamos en una era de pigmeos intelectuales. En las universidades y en el ámbito de la cultura, en cientos de iniciativas locales, en el Grupo Progresista de la Cámara de Representantes y en la labor de una veintena, al menos, de nuestros 100 senadores, cobran vida los textos de Galbraith. Al fin y al cabo, era el concepto de ciudadanía lo que él propugnaba en oposición a la reivindicación exclusiva del homo economicus. Galbraith, un calvinista escocés con gran sensibilidad ante los fallos humanos, no proponía transformar Estados Unidos en una comunidad sagrada. Pero sí pensaba que, con energía, inteligencia y persistencia, la condición humana mejoraría, incluso -o sobre todo- en Norteamérica, y nos dio una gran lección sobre el uso del sentido común. El sentido común en el que Galbraith nos insistía es común en un sentido muy tradicional: el de la participación en un proyecto político y espiritual que comienza por recuperar los campos de nuestra aldea.

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Norman Birnbaum es profesor emérito en la Facultad de Derecho de Georgetown. Autor, entre otros libros, de Después del progreso: reformismo social estadounidense y socialismo europeo en el siglo XX. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de junio de 2006