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Editorial:

El tiempo se acaba

Condoleezza Rice ha viajado inesperadamente a Bagdad para advertir a sus políticos de que el tiempo se acaba. En medio de una violencia incontenible y casi cuatro meses después de las elecciones legislativas, el nuevo Parlamento no ha sido capaz de nombrar un primer ministro y un Gobierno representativos. Las consecuencias de este progresivo descenso al abismo son perceptibles a diario en el país árabe. Los ajustes de cuentas se han disparado, especialmente tras la destrucción en febrero de un venerado santuario chií en Samarra; las milicias de secuaces obedientes a jefes políticos actúan con impunidad; Bagdad es un matadero cotidiano; más de 30.000 personas han sido expulsadas de sus hogares en poco más de un mes, incipiente versión iraquí de limpieza étnica o religiosa.

La visita urgente de la secretaria de Estado, junto a la de su homólogo británico Jack Straw, supone una desautorización específica del primer ministro interino Ibrahim Yafari. Desde que fuera designado en febrero por la Alianza Unida chií -el bloque parlamentario más numeroso-, ha dado sobradas muestras de sectarismo e incapacidad para aglutinar en un proyecto de futuro al caleidoscopio de fuerzas que conforman el paisaje iraquí. Las críticas contra Yafari no sólo provienen de suníes y kurdos; se extienden ya, con consecuencias imprevisibles, a algunos sectores del propio campo chií, hasta ahora alineado en este terreno.

La confirmación de Yafari por el Parlamento sería una tragedia añadida para un país cada vez más cerca del enfrentamiento civil. El jefe del Gobierno ha demostrado una alarmante ineptitud -teñida de complacencia con los escuadrones de la muerte chiíes- para frenar la sangría cotidiana. Es, además, un estrecho aliado político del exaltado clérigo Múqtada al Sáder, enemigo frontal de Washington y jefe de una temida milicia fundamentalista. Al Sáder, demasiado tiempo ignorado por EE UU por su presunta irrelevancia, es hoy un actor decisivo en las componendas partidarias iraquíes. Ya es demasiado fuerte y popular como para que las tropas estadounidenses puedan ir contra él sin arriesgarse a incendiar Irak irreparablemente.

La evolución de Irak supera el escenario más pesimista que Bush pudiera haber avizorado, aunque nunca lo reconocerá. Allí han muerto 2.300 soldados de EE UU y permanecen otros 140.000 encenagados en una estrategia sin salida militar ni política, y económicamente ruinosa. Washington no tiene en este momento un socio claro entre los chiíes que dominan políticamente el país. Incluso si Yafari se ve obligado a tirar la toalla, su sustitución al frente del Gobierno no es fácil en un Irak sin aspirantes claros y progresivamente centrífugo y agarrotado. Llegado el caso, todo sugiere que la alianza chií tendrá que pactar con otros grupos de su mismo credo y con los partidos suníes y kurdos un candidato de aceptación mínima. Nada sería más grave en este incierto proceso que el colapso del centro chií en favor de los radicales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de abril de 2006