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Reportaje:Tres años de ocupación

Sadam temía más la revuelta chií que a EE UU

Las tropas de EE UU ya se acercaban a Bagdad, pero Sadam Husein seguía centrado en cómo abortar una posible rebelión chií. Lo revela, coincidiendo con el tercer aniversario de la guerra, un informe secreto publicado por The New York Times, que se completa, mañana, con otra entrega sobre la división entre los altos mandos estadounidenses que planificaron la invasión.

Mientras los aviones militares estadounidenses pasaban como un rayo dos semanas después del comienzo de la invasión, el teniente general Raad Majid al Hamdani se dirigía hacia Bagdad para participar en una reunión crucial con líderes iraquíes. Suplicó refuerzos para endurecer las defensas de la capital y permiso para volar el puente del río Éufrates al sur de la ciudad para bloquear el avance enemigo. Pero Sadam Husein tenía otros planes. Convencido de que el principal peligro provenía de dentro, pretendía mantener intactos los puentes para poder trasladar rápidamente las tropas hacia el sur si los chiíes se rebelaban. La decisión a regañadientes de volar el puente llegó tarde. Los iraquíes dañaron sólo uno de los dos tramos y los estadounidenses pronto empezaron a cruzarlo en tropel.

"El presidente creía que EE UU no lucharía por tierra porque era caro", afirmó Tarek Aziz

Husein desconfiaba de sus tropas regulares y por ello las desplegó lejos de la capital

Los mandos iraquíes se desmoralizaron al saber que no había armas de destrucción masiva

El episodio fue sólo uno de los muchos incidentes descritos en un informe militar clasificado de EE UU y otros documentos y entrevistas, que demuestran que Husein, de la minoría suní, estaba tan preocupado por la amenaza que existía dentro del país que inutilizó a su Ejército en el combate contra la amenaza exterior. Sólo una de sus defensas -los fedayín- resultó ser eficaz. Más tarde se unieron a la insurgencia, pero eso se debió a la falta de alternativas y no porque se hubiera planeado.

Siempre alerta a los golpes de Estado y temeroso a una revuelta, Husein desconfiaba de sus comandantes y soldados. Tomaba él mismo las decisiones cruciales, confiaba en sus hijos para el asesoramiento militar e imponía medidas que tenían el efecto de perjudicar a sus fuerzas. Lo hacía de varias formas:

- El dictador iraquí era tan reservado y mantenía la información tan compartimentada que sus altos mandos quedaron asombrados cuando les dijo, tres meses antes de la guerra, que no tenía armas de destrucción masiva, y se sintieron desmoralizados.

- Puso a un general al que normalmente se consideraba un borracho incompetente al cargo de la Guardia Republicana y le confió la protección de la capital porque se le consideraba leal.

- Se entrometió en los pormenores de la guerra no permitiendo a los comandantes que trasladaran a las tropas sin el permiso de Bagdad y bloqueando las comunicaciones entre los mandos.

- No se hacía partícipe de las operaciones de los fedayín a los mandos de las fuerzas convencionales. No se permitía a las divisiones de la Guardia Republicana que se comunicaran con las unidades hermanas. Los comandantes ni siquiera podían recibir mapas precisos del terreno cercano a los palacios del líder iraquí.

Gran parte de este material se incluye en una historia secreta preparada por el Ejército de EE UU sobre cómo Irak libró la guerra. Haciéndose pasar por historiadores militares, analistas estadounidenses interrogaron a más de 110 oficiales y funcionarios militares iraquíes, invitaron a algunos a copiosas cenas e interrogaron a otros en centros de detención. Además, se analizaron más de 600 documentos iraquíes requisados.

Bajo la supervisión del Mando Conjunto del Ejército, pronto se hará pública una versión desclasificada. En abril de 2005 se preparó una versión clasificada. El estudio Perspectivas iraquíes sobre la Operación Libertad Iraquí. Principales operaciones de combate demuestra que Husein descartaba la posibilidad de invasión a gran escala. "Pocas semanas antes de los ataques, Sadam aún pensaba que EE UU no utilizaría fuerzas de tierra", declaró Tarek Aziz, ex viceprimer ministro iraquí. "Creía que no librarían una batalla por tierra porque les resultaría demasiado cara".

A pesar de la desproporcionada derrota que sufrieron sus fuerzas en 1991, Husein no veía a EE UU como su principal adversario. Su mayor temor era un levantamiento chií, como el que sacudió a su Gobierno tras la guerra de 1991. Su preocupación por las amenazas internas entorpeció sus esfuerzos por defenderse de un enemigo externo, como se hizo patente en 1995 durante un análisis de planificación hasta ahora desconocido. Los funcionarios propusieron una nueva estrategia para defender la patria, basada en armar a las tribus locales. Husein rechazó la recomendación: armarlas era demasiado arriesgado para un Gobierno que vivía con el temor de un levantamiento popular.

Aunque la planificación militar convencional languidecía, la atención de Husein a las amenazas internas condujo a una importante innovación: la creación de las fuerzas paramilitares fedayín. Equipadas con granadas autopropulsadas y armas ligeras, uno de sus papeles principales era proteger los cuarteles generales del Partido Baaz y mantener a raya a los chiíes. Controlados por Uday Husein, hijo del líder iraquí, los fedayín eran tan vitales para la supervivencia del Gobierno que "acapararon a soldados" que de otro modo habría utilizado el Ejército.

A Husein también le preocupaba su vecino del Este. Al igual que la Administración de Bush, sospechaba que Irán estaba desarrollando un arsenal nuclear. Cada día, el Ejército iraquí realizaba una maniobra cuyo nombre en clave era Halcón Dorado y que se centraba en la defensa de la frontera con Irán. EE UU era percibido como una amenaza menor.

La principal preocupación de Husein sobre un posible ataque estadounidense era que podía inducir a los chiíes a coger las armas contra el Gobierno. Miembros de su círculo íntimo creían que si los estadounidenses atacaban se limitarían a una intensa campaña de bombardeos y a apoderarse de los campos petrolíferos del sur.

Con la intención de disuadir a Irán e incluso a los enemigos internos, el dictador iraquí se propuso cooperar con los inspectores de la ONU y al mismo tiempo conservar cierta ambigüedad respecto a sus armas no convencionales, una estrategia que el general Hamdani denominaría posteriormente "disuasión basada en la duda". Esa estrategia dio pie a un equívoco mutuo. Cuando el secretario de Estado, Colin L. Powell, se dirigió al Consejo de Seguridad en febrero de 2003 presentó fotografías y comunicaciones interceptadas como prueba de que los iraquíes se estaban apresurando a descontaminar las instalaciones donde se suponía que estaban las armas. Los estadounidenses interpretaron los esfuerzos de Husein para eliminar cualquier vestigio de los antiguos programas de armamento no convencional como un intento de ocultar los arsenales. Los pasos que el Gobierno iraquí estaba dando para reducir la perspectiva de una guerra se usaron contra él.

A medida que se aproximaba la guerra, Husein tomó medidas para reprimir cualquier levantamiento. Dispersó por el sur unidades de fedayín. Dividió al país en cuatro sectores, cada uno dirigido por un miembro de su círculo más cercano. La maniobra pretendía ayudar al Gobierno a rechazar cualquier acometida contra el régimen. Como reflejo de la desconfianza que inspiraba en Husein su propio Ejército, las tropas regulares fueron desplegadas lejos de la capital.

Husein no apreció la gravedad de la amenaza ni siquiera cuando los estadounidenses avanzaban rápidamente hacia el norte. En una reunión celebrada el 2 de abril, el general Hamdani vaticinó acertadamente que EE UU tenía planes de avanzar por el Paso de Kerbala hacia Bagdad. El general Tai, ministro iraquí de Defensa, no se dejó convencer. Sostuvo que el ataque en el sur era un truco y que la principal ofensiva estadounidense procedería del oeste, quizá con la complicidad de los israelíes. El 6 de abril, al día siguiente del primer ataque del Ejército estadounidense sobre Bagdad, Husein empezó a percatarse de su desesperante situación. En un refugio de Mansur, un barrio de Bagdad, se reunió con sus colaboradores más cercanos y pidió a Aziz que leyera una carta de ocho páginas. Husein no manifestó ninguna emoción mientras se leía la carta. Pero Aziz dijo más tarde que parecía un hombre derrotado, y la carta parecía ser su despedida. Su régimen estaba llegando a su fin.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 20 de marzo de 2006