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Reportaje:

El comunista heterodoxo

El camarada Mateo Balbuena continúa escribiendo sus reflexiones políticas mientras cultiva frutales en Lezama

MATEO BALBUENA vive en un caserío del barrio Latatu de Lezama (Álava), entre su biblioteca y sus árboles frutales. Lejos de cualquier nostalgia, mantiene su espíritu crítico con el ideario comunista, pero no abandona la relación con el PC, partido en el que milita desde su adolescencia en Gijón, cuando participó en la revolución del 34. Espectador y protagonista de los principales sucesos del siglo XX, a sus 92 años corrige su último libro, un estudio sobre la superación del capital.

Un cuadro con la hoz y el martillo y la estrella roja domina la biblioteca de Mateo Balbuena, que reúne un compendio bibliográfico de la mejor literatura. En la sala donde recibe, repartidos por la mesa y las sillas, se encuentran los volúmenes que ha consultado para su último libro, cuyas pruebas de imprenta corrige estos días: desde la Historia de Herodoto a El 18 de brumario de Luis Bonaparte de Karl Marx. Pero también hay recortes de periódico, el suplemento cultural de La Vanguardia de Barcelona, diario al que está suscrito desde hace decenios, o las ponencias del último congreso del PCE, debidamente subrayadas. Mateo Balbuena se mantiene en buena forma intelectual... y física: el periodista le ha encontrado podando los manzanos, sierra y tijeras en mano.

"Todavía no tengo decidido el título, quizás Doble encrucijada. Es una mirada al conjunto de la naturaleza y cómo ha soportado a lo largo del tiempo la acción humana. Se habla del hombre social y el hombre individual; se proponen otras formas de organización... Está claro que estamos al final de un ciclo. El sistema capitalista está agotado. Y la clase trabajadora lo único que quiere ahora es jubilación anticipada". Mateo Balbuena resume algunos aspectos de este su nuevo libro, que seguirá a otros como El por qué del eurocomunismo, El sovietismo o Tercer milenio: fuerzas que operan en la Historia.

Los dos últimos los ha escrito en su caserío de Lezama, cerca de Amurrio, donde se instaló hace más de veinte años procedente de Barakaldo, localidad en el que había residido desde mediados de los cuarenta. Su llegada a la localidad fabril ocurrió después de un largo decenio de vinculación con las armas, de uno u otro modo. La primera vez que recuerda fue en Gijón, donde se había criado, cuando la famosa revolución en Asturias de 1934. "En Gijón dominaba la CNT. Nosotros [los comunistas] les conocíamos muy bien. Por la mañana dicen: 'jaleo', y al momento, se sientan a descansar. Tuve ocasión de comprobarlo también aquí, durante la guerra, en mayo de 1937, cuando tuvimos que ir de Orduña a Amurrio porque habían abandonado la posición".

Al ver que los anarquistas no resolvían la situación a su gusto, Balbuena y los suyos se fueron a Oviedo. "Sabíamos que los socialistas tenían fusiles, que estaban mejor organizados. Una vez con ese respaldo, tomamos la fábrica de armas, cogimos 10.000 fusiles y 200 ametralladoras okis, de las pesadas, fabulosas". Mateo Balbuena no ejerce la corrección política en ningún momento: si hay que hablar de armas, se valora su calidad; si hay que criticar a Stalin, cuando éste era un referente indiscutible para los comunistas, se le critica.

El dirigente de la URSS es el protagonista de una obra de teatro de este escritor, que llegó a ser finalista del Premio Planeta en 1964. La obra Stalin (relato escénico del sovietismo en tres tiempos) está escrita en 1998, pero su consideración sobre el personaje ya la tenía clara medio siglo antes. Nunca le idolatró, aunque si valora su capacidad administrativa, que no oratoria o militar. Así le respondió a un camarada que alababa las cualidades de Stalin como militar en tiempos en los que la heterodoxia te podía costar la vida. "¡No me digas que un seminarista es capaz de adquirir los conocimientos estratégicos que puede tener un estado mayor germano que, de siglos atrás, viene acumulando experiencia!".

Son episodios que no se olvidan, como aquella ocasión en que se salvó de una detención porque se quedó charlando más tiempo de lo esperado con un amigo, antes de llegar a una cita. Eran los años en que este perito industrial ya había abierto una academia en Dos Caminos (Basauri), junto con su mujer, maestra. A pesar de las nefastas consecuencias de la guerra -"Dos camaradas íntimos, de la misma célula a la que yo pertenecía, murieron: uno lo ahorcó Franquito, el otro se ahorcó sólo", cuenta-, recuperó la vinculación con los antiguos compañeros y regresó a la actividad política, en la clandestinidad.

La academia también servía como tapadera para la instrucción de cuadros. Con el consabido riesgo. Balbuena lo aclara sin pelos en la lengua: "El artículo 222 del Código Civil reformado por Franquín significaba que los que eran descubiertos en la clandestinidad serían tratados como bandoleros: pena de muerte. Era serio, sí".

Quizás por rebajarle la importancia que tuvo en la vida de España durante tantos años, Mateo Balbuena siempre habla del dictador en diminutivo, frente a la grandeza del Partido Comunista, cuya acción en aquel tiempo siempre valora con afecto y encomio. "Los camaradas llegaron a tener hasta 120 afiliados en Vitoria", recuerda orgulloso. La decepción con el sistema soviético no congeló su lucha, pero el desencanto en España tiene una fecha clara. "Me acuerdo cuando, en uno de los primeros mítines, en Valladolid, aparecieron banderas republicanas y las retiraron por orden del propio partido. Fue un acto trascendental: quería decir que nos habíamos rendido, nos habíamos plegado. El ejército estaba lleno de franquistas, pero aquel gesto...", se lamenta.

Escribir y andar

Mateo Balbuena nació en Villamartín de don Sancho (León) en 1913. Se crió con unos amigos de sus padres en Gijón, donde adquirió, además de su formación académica, su vinculación con el pensamiento comunista. Casado, tiene una hija y tres nietas que le visitan los domingos, el único día de la semana que descansa.

De lunes a jueves, escribe. El viernes, baja de paseo desde Lezama hasta Amurrio (siete kilómetros), de donde regresa también andando con las provisiones básicas de la semana. Una disciplina que le ha permitido vivir más que la Unión Soviética. "Es que el principio de su decadencia se confirma en 1920, cuando se deciden nombrar a dedo a los directores de las empresas", dictamina.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de febrero de 2006

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